jueves, 24 de septiembre de 2026

Vuelta a la vida sencilla

Quedó atrás la resaca de las fiestas de San Mateo, de esos días en los que dejamos en pausa nuestros trajines y afanes cotidianos para entregarnos, simplemente, a la diversión y la alegría de compartir.

Quedó atrás, un año más, con todas las expectativas cumplidas: abrazos, reencuentros, algunas amistades nuevas, bailes, jarana y música. Y alguna cerveza de más.

Quedan también para el recuerdo las divertidas anécdotas de Javi Cendón y del resto del grupo de compañeros del instituto: Emilio, Santi, Josemi, Pilar y tantos otros. Y esa costumbre que empieza ya a convertirse en tradición, tan conquense para nosotros como la propia vaquilla: cerrar las fiestas cantando canciones de Perales en el bar.

Nos despedimos hasta el año próximo, cuando, si Dios quiere, todavía tendremos un día más de celebración con motivo del 850 aniversario de la conquista de Cuenca por Alfonso VIII.

Y ahora, recién estrenado el otoño, toca volver a la normalidad.

Volver, después de unos días aparentemente improductivos, alejados de las obligaciones cotidianas, a las actividades y rutinas que componen nuestros días.

A poco de marcharse, Javier, el marido de Pilar, me escribió para darme las gracias. Me decía que había sido muy gratificante ver a sus hijas y a Pilar sonreír, reencontrarse con sus amigos de toda la vida y recuperar unas tradiciones que lleva «grabadas a fuego en el corazón». Terminaba diciendo que aquellos días ya formaban parte de ellos.

Eso es lo que queda, después de unos días tan intensos, en los que suspendemos el reloj de lo ordinario. Nos acostamos tarde, comemos cuando podemos, aplazamos tareas, abandonamos horarios y nos abandonamos al más puro disfrute. Aparentemente no resulta nada productivo, y, sin embargo, pocas cosas pueden ser más productivas que volver a casa con un buen puñado de nuevos recuerdos de viejos amigos.

Inevitablemente, llegó el lunes, día de San Mateo. Y llegó el otoño.

Y, a continuación, regresamos al trabajo, a los proyectos pendientes, a retomar el ejercicio, a leer, a escribir, a ordenar la casa, a contestar mensajes, a pasear por los mismos lugares de siempre. Regresamos a las pequeñas cosas que justifican, sobradamente, una fiesta al año.

Mi padre escribió una vez, en un soneto titulado Barco sin norte:

En este breve espacio que me resta,

vuelva a la mar la calma y la bonanza,

vida sencilla y, por demás, honesta.

El poema nacía de un momento mucho más sombrío. Hay en él conciencia del paso avanzado del tiempo fugaz, desconcierto y hasta cercanía de la muerte. Volveré a esos temas en otro momento, porque a mi edad ya, poco a poco, empiezo a mirar hacia atrás más que hacia delante. Pero hoy me quiero quedar con que la calma le lleva, en sus versos, simplemente, a una vida sencilla y, por demás, honesta.

No es que necesitemos escapar de la rutina para sentir que estamos viviendo. Al menos, no en mi caso.

Disfrutamos la fiesta, por supuesto. Bailar, desgañitarnos con Perales, reencontrarnos con quienes llevábamos demasiado tiempo sin ver y regresar, durante unos días, a aquel adolescente que fuimos.

Pero luego hay que volver, discretamente, a nuestros ritmos. La fiesta tiene un último día, como lo tiene la propia fiesta de la vida.

Quedan las fotografías, las anécdotas que recordaremos durante meses y algún abrazo que llevaba demasiados años pendiente. Y regresamos a esa otra vida menos ruidosa en la que, al final, transcurre casi todo lo importante.

Una vida sencilla.



miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que no decaiga la fiesta

Hay personas a las que uno ve todas las semanas y otras con las que, curiosamente, parece bastar encontrarse una vez al año para que el tiempo intermedio desaparezca.

San Mateo tiene en Cuenca algo de eso.

Durante unos días de septiembre, la ciudad cambia de ritmo. Las peñas toman el casco antiguo, las calles se llenan de pañuelos, música, zurra, vaquillas y gente que sube y baja entre la Plaza Mayor y sus alrededores. Se come cuando se puede, se duerme menos de lo aconsejable y uno acaba encontrándose con personas a las que quizá no veía desde el San Mateo anterior.

Mi padre lo contó a su manera en una Trova juglaresca:

«Siguiendo la tradición,
que no conviene olvidar,
previo desfile de peñas,
de grande vistosidad,
el pregón del pregonero
de un ingenio singular,
y estallido del cohete,
que la fiesta va a empezar.»

Hay poemas de mi padre en los que buscaba la trascendencia, el sentido de la vida o lo que pudiera existir más allá de la muerte. En éste, sencillamente, quería que empezara la fiesta. Y me alegro.

San Mateo conserva, por supuesto, una memoria mucho más antigua. Cada septiembre Cuenca recuerda aquel 21 de septiembre de 1177 en que Alfonso VIII conquistó la ciudad, y alrededor de ese acontecimiento histórico ha crecido una celebración que, muchos siglos después, pertenece ya tanto a la historia como a la memoria sentimental de quienes vivimos aquí.

Pero para mí San Mateo significa también otra clase de historia. La de las personas que vuelven.

Uno de esos reencuentros tiene nombre propio: Javi Cendón. Compartimos pupitre durante buena parte de nuestra juventud, primero en el instituto y después en la facultad de Derecho. Si hago la cuenta, fueron nueve años. Nueve años son muchos años sentándose, a diario, al lado de alguien.

Durante ese tiempo uno cree que ciertas personas formarán inevitablemente parte del decorado permanente de su vida. Las ve cada mañana, comparte profesores, apuntes, exámenes, bromas y horas muertas. Resulta casi imposible imaginar que llegará un momento en que dejarán de verse con aquella naturalidad. Pero llega.

Cada uno toma su dirección. Aparecen el trabajo, las relaciones, la familia, las obligaciones, nuevos amigos y nuevas vidas. Lo que durante años fue cotidiano pasa a convertirse en recuerdo.

Y después, algunas veces, ocurre algo curioso: uno vuelve a encontrarse.

Con Javi, San Mateo se ha convertido en uno de esos lugares de regreso. Podemos haber pasado meses sin vernos y, sin embargo, es de esas relaciones que conservan una extraña facilidad para saltarse las presentaciones. No necesitan reconstruirse desde el principio. Continúan.

Quizá la amistad tenga también sus propios calendarios.

Este año, además, San Mateo tendrá para mí otro significado. Lo compartiré de una manera especial con Pilar y su familia.

A Pilar la conocí también en el instituto. Después, la vida nos mantuvo separados durante más de treinta años, que se dice pronto, hasta que volvimos a encontrarnos. Tres décadas deberían ser tiempo suficiente para convertir a dos personas en completos desconocidos y, sin embargo, hay veces en que el reconocimiento sucede con una facilidad desconcertante.

No se recuperan los años perdidos. Tampoco tendría sentido intentarlo. Cada uno ha vivido durante ese tiempo una vida que el otro apenas empieza a conocer. Pero algunas amistades permiten algo diferente: incorporar todo lo que ha ocurrido entretanto y continuar desde el presente.

Por eso me hace especial ilusión compartir con ella y con su familia estas fiestas. No porque San Mateo necesite proporcionar ninguna gran enseñanza. Bastará con estar allí. Ponerse el pañuelo. Encontrarse con los amigos. Subir hacia la Plaza Mayor entre la gente. Escuchar la música que sale de las peñas. Comer cuando corresponda —o bastante más tarde—, tomarse unas cervezas o unas zurras, reírse, contar historias repetidas, probablemente, más de una que todos conocen de memoria.

Mi padre continúa su trova:

«Plaza Mayor y aledaños
ven a la gente pasar,
las multicolores peñas
pronto quieren merendar,
copioso y rico festín,
y zurra por recalar.»

Las fiestas de San Mateo pertenecen a ese tipo de experiencias cuyo valor consiste, simplemente, en que nos hacen felices mientras suceden.

Una conversación con un amigo antiguo. Una carcajada. Una mesa llena de gente. Una canción conocida. El abrazo de alguien a quien hacía tiempo que no veíamos. El placer de comprobar que una relación sobrevivió al paso de los años.

Es momento, simplemente, de celebrar.

Y quizá eso explique, en parte, por qué las fiestas populares sobreviven durante siglos. Cambian las personas, cambian las peñas, cambian las músicas y –seguramente- también cambia la forma de divertirse, pero seguimos necesitando determinados momentos en los que la vida cotidiana quede temporalmente suspendida y podamos reunirnos.

San Mateo empezó recordando una conquista medieval y ha terminado acumulando millones de pequeñas historias que no aparecerán jamás en ningún libro de Historia.

Primeros amores. Amigos que regresan. Compañeros de juventud. Hijos que empiezan a participar en la fiesta que sus padres conocieron antes que ellos. Personas que se prometen verse más a menudo, y, probablemente, vuelven a dejar pasar otro año.

Eso también es una ciudad. No sólo sus edificios, sus monumentos o los grandes acontecimientos que aparecen grabados en las placas. Una ciudad es también la suma de los encuentros que suceden dentro de ella.

Quizá por eso me gusta pensar que, durante San Mateo, Cuenca practica cada año una especie de reencuentro consigo misma.

La ciudad recuerda a Alfonso VIII y 1177, el año de la Reconquista, pero nosotros recordamos otras fechas mucho más pequeñas. Un curso del instituto. Una facultad. Un pupitre compartido durante nueve años. Una amistad recuperada después de más de treinta.

Y durante unos días todas esas épocas caben juntas en las mismas calles.

Mi padre termina su poema después de haber hecho desfilar por él vaquillas, peñas, comida, zurra, toro de fuego y verbena. Antes de despedirse como «humilde juglar», deja una recomendación difícil de discutir:

«Que no decaiga la fiesta,
que no rige el madrugar.»

En esto, al menos, no tengo intención de llevarle la contraria.

Este San Mateo quiero encontrarme con los amigos que estaban entonces y con los que están ahora. Con quienes han recorrido a mi lado algunos tramos largos de la vida y con quienes han vuelto a ella después de muchos años. Quiero disfrutar y dejar, durante unos días, que Cuenca haga lo que lleva haciendo cada septiembre desde hace siglos: llenarse de ruido y de gente. Brindar por seguir aquí, seguir encontrándonos y tener todavía motivos para celebrar.

Que no decaiga la fiesta. 

lunes, 14 de septiembre de 2026

¿A qué se parece una piedra?

Cuando era niño, visitar la Ciudad Encantada tenía algo de juego familiar. Las rocas ya tenían nombres. Alguien había decidido mucho antes que aquello era un perro, un barco, un puente o el rostro de alguna criatura, y los carteles ayudaban a orientar la imaginación. Pero nosotros no siempre estábamos de acuerdo.

Había figuras que aparecían enseguida, como si la piedra hubiera estado esperando millones de años a que llegáramos para reconocerlas. Otras exigían cierta colaboración: había que retroceder unos pasos, cambiar de posición, ladear la cabeza o aceptar las indicaciones de quien insistía en que desde allí se veía perfectamente. Y a veces, pese a todos los esfuerzos familiares, uno seguía viendo solamente una roca.

También ocurría lo contrario. Donde ya existía una figura reconocida, alguno encontraba otra. Entonces empezaba realmente el juego.

No recuerdo quién tenía más imaginación ni cuáles fueron todas aquellas criaturas que descubrimos. La memoria ha borrado buena parte de los detalles, pero ha conservado algo más importante: la disposición a mirar. No bastaba con pasar delante de una piedra. Había que detenerse y preguntarse a qué se parecía.

Muchos años después encontré ese mismo juego en un poema de mi padre dedicado a la Ciudad Encantada. Curiosamente, no comienza describiendo lo que hay. Comienza preguntando:

«¿Te gustó la ciudad que gota a gota

labró el agua en el centro de los pinos?
¿Viste sueños y rostros y caminos…?»

Sueños y rostros y caminos. Están allí y no están.

La piedra es piedra. El agua, el viento y el tiempo explican sus formas sin necesidad de recurrir a ningún encantamiento. Pero, después, llegamos nosotros y una roca se convierte en rostro. Otro ve un animal. Alguien descubre un barco. Un niño encuentra algo que ningún adulto había advertido y, durante unos minutos, consigue que los demás también lo vean.

Aprender con los años cómo se formaron aquellos paisajes nunca me estropeó el juego. Al contrario. Siempre me ha parecido que comprender cómo suceden las cosas proporciona otra forma de asombro. Saber que el agua puede trabajar pacientemente sobre la caliza durante un tiempo que apenas somos capaces de imaginar no hace menos extraordinaria una roca. Simplemente cambia la clase de maravilla que encontramos en ella.

Quizá ésa sea una de las cosas de aquel niño que mejor he conservado.

He cambiado en casi todo lo demás, como es inevitable, pero todavía me cuesta pasar por el mundo sin hacer preguntas. Quiero saber cómo funcionan las cosas, por qué un animal se comporta de determinada manera, qué planta crece junto a un camino, qué historia guarda un lugar, cómo viven personas de culturas muy alejadas de la mía o qué quiso decir un escritor en una página que atrapa mi atención y me obliga a detenerme.

A veces esa curiosidad me ha llevado a lugares inesperados. He aprendido sobre asuntos que terminaron formando parte de mi trabajo, o de alguno de mis proyectos, y sobre otros que, contemplados desde un punto de vista estrictamente práctico, no me han servido absolutamente para nada. También esto último me parece importante.

Los adultos adquirimos una cierta necesidad de justificar aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo. Estudiamos para conseguir un título, hacemos un curso para aprender una profesión, leemos para adquirir conocimientos que puedan resultarnos útiles. Incluso el ocio parece necesitar a veces una finalidad.

Un niño puede pasarse media tarde observando unas hormigas. No necesita saber para qué.

Creo que siempre he conservado algo de esa forma poco rentable de aprender. Durante distintas épocas de mi vida me he interesado por la naturaleza, los animales, la historia, la psicología, la espiritualidad, otras culturas y un buen número de asuntos que han ido apareciendo por el camino. Algunos permanecieron. Otros dieron lugar a proyectos. Bastantes se quedaron simplemente en unas semanas o unos meses de lecturas y descubrimientos, antes de que otra cosa despertara mi atención.

Durante mucho tiempo quizá pensé que esa dispersión era un defecto. Ahora no estoy tan seguro. Hay conocimientos que no necesitan llevarnos a ninguna parte. Basta con que ensanchen un poco el mundo.

Esa curiosidad explica también, probablemente, mi afición a las historias. Puedo encontrar una noticia sobre una costumbre de un pueblo que apenas conozco y acabar buscando dónde está ese lugar, quiénes viven allí, de dónde procede aquella tradición, qué paisaje lo rodea y qué sentiría una persona que participara en ella. A veces, después de muchas preguntas, aparece un relato.

Pensándolo bien, no es tan diferente de lo que hacíamos en la Ciudad Encantada. Hay algo delante de nosotros y nos preguntamos qué más podría ser.

Mi padre llevó el juego todavía más lejos en aquel poema. No encontró solamente figuras en las rocas. Preguntó por «sueños y rostros y caminos» y dejó que el paisaje se llenara de cosas que sólo podían existir en la mirada de quien lo contemplaba.

Pero lo que más me interesa ahora no es lo que vio. Es que siguiera preguntando.

Los niños hacen preguntas constantemente. Algunas son extraordinarias y otras pueden llevar a un adulto al borde de la paciencia. Quieren saber por qué el cielo es azul, dónde termina una carretera, qué come un insecto, de dónde viene una palabra o qué hay detrás de una montaña. Todavía no han aprendido a clasificar las preguntas entre importantes e inútiles.

Después crecemos y sucede algo extraño. Vamos acumulando respuestas y, al mismo tiempo, disminuye nuestra capacidad para sorprendernos. Llegamos a un lugar y sabemos lo que estamos viendo. Conocemos su nombre, quizá hemos leído la explicación y hacemos una fotografía. El asunto parece resuelto.

Jesús dijo que teníamos que hacernos como niños.

Es una de esas afirmaciones que resultan paradójicas cuando uno lleva toda la vida intentando precisamente lo contrario: crecer, aprender, adquirir experiencia, formarse un criterio, dejar atrás la ingenuidad. No creo que aquellas palabras nos inviten a renunciar a nada de eso. Hay una inocencia que merece conservarse y una ingenuidad que conviene perder.

Pero quizá haya algo en la mirada de un niño que sí merece acompañarnos hasta el final. Un niño todavía no ha decidido que el mundo es un lugar conocido. Para él casi todo conserva la posibilidad de ser descubierto.

Me gustaría hacerme aún mayor sin perder del todo esa disposición. Seguir queriendo saber qué hay detrás de una montaña, por qué alguien escribió determinado verso, cómo funciona una colmena o qué historia se cuenta desde hace siglos en un pueblo remoto. Abrir un libro sobre algo de lo que no sé absolutamente nada. Escuchar a alguien cuya vida es muy diferente de la mía. Cambiar de opinión cuando descubra algo que ignoraba. Y seguir haciendo preguntas que no sirvan para nada.

No sé si todo eso me hará más sabio. Tampoco importa demasiado. Hasta ahora, al menos, ha conseguido que el mundo me parezca un lugar bastante más grande de lo que sería si me limitara a reconocer aquello que ya conozco.

Quizá por eso me sigue gustando la Ciudad Encantada.

Puedo volver sabiendo lo que es la erosión de la roca caliza, cuánto ha trabajado allí el agua y que aquellas figuras que reconocíamos de niños nunca fueron realmente aquello que imaginábamos.

Pero basta detenerse delante de una de ellas durante un momento. Mirarla. Cambiar un poco de posición. Y hacerse de nuevo la pregunta.

¿A qué se parece?

viernes, 11 de septiembre de 2026

El escenario del tiempo

Hay cosas que sólo se entienden cuando te alejas.

No me refiero necesariamente a la distancia que se mide en kilómetros. A veces basta que hayan pasado unos años para que una experiencia que ocupaba todo nuestro campo de visión reduzca su tamaño y encuentre, por fin, un lugar dentro del paisaje.

Mi padre escribió en Mirador de Mirabueno:

«Allá arriba en las alturas
se oye la voz del silencio,
un balcón que abre los ojos
al escenario del tiempo.»

Desde este mirador y el del Socorro, Cuenca se contempla de otra manera. Las casas que desde abajo parecen grandes se reúnen en una misma panorámica; las calles dejan de ser recorridos y se convierten en líneas; lugares que caminando parecen separados descubren desde arriba su proximidad. La ciudad sigue siendo exactamente la misma. Lo único que ha cambiado es la perspectiva.

Con algunas experiencias de mi vida me ha sucedido algo parecido.

Hubo una época en la que una ruptura podía ocupar prácticamente todo el paisaje. Lo ocurrido, lo que no había comprendido, las palabras que faltaron, aquello que habría querido preguntar y quizá también las respuestas que imaginaba. Cuando estamos dentro de una historia resulta difícil distinguirla de la totalidad de nuestra vida. Caminamos por sus calles y cada esquina conduce otra vez al mismo lugar.

Durante mucho tiempo creí que comprender era importante para cerrar las cosas.

Todavía lo creo, hasta cierto punto. Las personas nos debemos explicaciones. Una despedida honesta siempre me parecerá preferible al silencio. Hay dolores que serían innecesarios si fuéramos capaces de mirarnos a los ojos y decirnos la verdad.

Pero el tiempo me ha enseñado algo que entonces no sabía: no todas las explicaciones llegan. Y uno puede quedarse esperando ante esa puerta durante años.

En mi caso existía además algo que confundí muchas veces con una virtud, sin advertir del todo su reverso. Siempre he valorado la lealtad, la permanencia, el estar cuando las cosas se ponen difíciles. Sigo valorándolo. No quiero convertirme en alguien que abandona con facilidad aquello que ama.

Pero he aprendido que permanecer tampoco puede ser una obligación absoluta. Hay momentos en que seguir sosteniendo algo que ya no existe deja de ser fidelidad y empieza a convertirse en otra cosa. Amar no obliga a impedir que todo termine. He aprendido a soltar.

A lo largo de mi vida, he sido muchas veces el que permanece. El que intenta entender. El que busca una solución antes de aceptar una despedida. Hay algo hermoso en esa forma de estar en el mundo y no quisiera perderlo. Pero toda cualidad proyecta también una sombra, y quizá la sombra de la fidelidad consista, precisamente, en permanecer demasiado tiempo ante puertas que ya se han cerrado.

De vez en cuando vuelvo, mentalmente, a ese mirador del que hablaba mi padre.

Desde allí no desaparece lo sucedido. Tampoco cambia de forma para convertirse mágicamente en algo bueno, aunque se llame Mirabueno. Hay pérdidas que continúan siendo pérdidas y comportamientos que, con veinte años de distancia, siguen pareciéndonos equivocados.

Lo que cambia es la proporción. Aquello que ocupaba el horizonte entero pasa a formar parte del paisaje.

Y alrededor aparecen otras cosas que entonces estaban ocultas: personas que permanecieron, lugares a los que regresé, trabajos, amistades, animales, nuevos afectos, decisiones que jamás habría tomado si la vida hubiera seguido exactamente como yo había imaginado.

El tiempo no sólo es el verdugo que se lleva las cosas, sino el extraño arquitecto que modifica la perspectiva desde la cual las contemplamos.

Mi padre habla de Mirabueno como de un lugar de calma, quietud y sosiego. No sé si la vida proporciona realmente una cumbre desde la que todo termina por comprenderse. Quizá no. Hay historias cuyo sentido cambia varias veces según envejecemos y otras que nunca terminaremos de descifrar.

Quizá tampoco haga falta.

He necesitado respuestas que no llegaron. Con el tiempo he descubierto que podía seguir viviendo sin ellas. Y no es indiferencia. No significa que aquello dejara de importar ni que el dolor fuese imaginario. Significa, solamente, que ya no necesito resolver cada misterio del pasado para continuar mi camino.

Y en ese punto encuentro otro sentido en los versos de mi padre.

El mirador no cambia la ciudad. Abre los ojos.

Tal vez la madurez tenga algo de eso: aprender que, para mirar bien algunas cosas, tenemos que dejar de estar en medio de ellas.

Desde arriba siguen reconociéndose las calles por las que caminamos. Sigue ahí la casa en la que fuimos felices, el lugar donde alguien nos dijo algo que no hemos olvidado, la esquina en la que comenzó una historia y aquella otra en la que terminó.

Pero ya podemos ver también el resto de la ciudad. Y comprendemos, por fin, que siempre hubo mucho más paisaje.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

El noveno día de la creación

 

Conocí a Jesús Mateo mucho antes de que pintara aquellos muros.

Fuimos compañeros en la escuela, después en el instituto y también en la universidad. Durante años compartimos esa parte de la vida en la que uno empieza a descubrir quién es sin tener todavía demasiada idea de quién llegará a ser. Mucho tiempo después entré en la antigua iglesia de San Juan Bautista de Alarcón -atalaya del medievo que corona los meandros del Júcar-, y me encontré rodeado por más de mil metros cuadrados de su imaginación.

He visitado las pinturas varias veces. Quizá por conocer a quien las había creado, mi primera impresión no fue exactamente la misma que habría tenido ante la obra de un desconocido. Resultaba extraño relacionar aquella inmensidad con el muchacho al que había conocido tantos años atrás, aunque, desde bien niño, ya expresaba su don con el pincel.

En 1994, con apenas veintidós años, descubrió la iglesia, prácticamente abandonada y utilizada como almacén. Sus grandes muros blancos despertaron en él una idea desmesurada: cubrirlos con su pintura. Acabaría dedicándole ocho años, buena parte de ellos trabajando solo sobre los andamios.

El resultado cuesta abarcarlo de una sola mirada.

No hay santos, vírgenes ni escenas de la vida de Cristo. San Juan Bautista era ya una iglesia desacralizada, y Jesús llenó aquel antiguo espacio religioso con un mundo completamente diferente. Las formas parecen pertenecer unas veces al interior de un organismo y otras al nacimiento de un planeta. Hay algo vegetal, animal y mineral que se mezcla sin terminar de adquirir una identidad precisa. Pueden aparecer células, entrañas, criaturas, cavernas, meteoritos, raíces. O quizá ninguna de esas cosas. Buena parte de ese universo remite, deliberadamente, a un mundo anterior a la presencia humana, a los orígenes de la vida y de la materia.

Los muros y las bóvedas te rodean hasta hacer desaparecer gran parte del blanco que un día encontró el pintor, ahora relegado a columnas y nervaduras. Y, mientras contemplaba la obra, sumergido en ella, me pregunté de dónde habían salido realmente todas aquellas formas.

La respuesta inmediata parece sencilla: de Jesús. Pero no explica demasiado.

Un pintor decide pintar. Elige colores, prepara materiales, sube a un andamio, rectifica una forma que no le convence, conserva otra. Hay voluntad, aprendizaje y técnica. Ocho años de trabajo no pueden explicarse tan solo apelando a una inspiración misteriosa.

Sin embargo, antes de todo eso tuvo que aparecer algo. Una imagen. Una intuición.

El presentimiento de una forma que todavía no existía sobre el muro.

Siempre me ha interesado ese territorio anterior a la obra, quizá porque nunca he creído que nuestra conciencia sea la única habitación de la casa. Hay mucho más debajo, hasta la profundidad de nuestra alma. Recuerdos que creíamos olvidados, temores, deseos, imágenes recibidas durante toda una vida –o quizá, incluso, de otras vidas de nuestros ancestros-, asociaciones que no sabemos que hemos hecho y formas que emergen sin que podamos reconstruir el camino que las llevó hasta nosotros.

Lo llamamos inconsciente. Pero para mí tampoco termina ahí.

Creo en un Creador. No como una hipótesis que necesite introducir cada vez que trato de comprender el mundo, sino como fundamento de todo lo que existe. Y creo que aquello que llamamos inconsciente no está separado de Él por una frontera impermeable.

Dios crea de la nada. Nosotros no. Nosotros recibimos.

Recibimos un mundo que ya existía antes de nosotros: la materia, el color, el sonido, las palabras, los cuerpos, los árboles, el miedo, el amor, la memoria. Recibimos también una vida que va depositando dentro de nosotros mucho más de lo que alcanzamos a comprender. Y con todo ello hacemos algo que antes no estaba allí.

Quizá una parte de ser creados a imagen y semejanza de Dios tenga que ver con esa capacidad. No somos creadores en el mismo sentido que Él. Tenemos que trabajar con lo recibido. Pero podemos convertirlo en algo nuevo.

Jesús convirtió una iglesia vacía en aquel universo.

Mi padre lo hacía con palabras.

Al releer sus poemas, después de visitar las pinturas, encontré uno que parecía acercarse especialmente a esta idea. Lo tituló sencillamente La poesía:

«Yo cultivo la poesía
en el jardín de mi alma.
¡Qué dulce sentir la calma
en mi jardín cada día!

Me florece día a día
cuando comienzo a soñar…»

Cultivar un poema que florece cuando comienza a soñar… Como el jardinero que prepara la tierra, abona, riega, poda y espera. Y, sin embargo, sabe que una parte esencial del proceso no depende de él.

Quizá la creación humana se parezca un poco a eso. Algo emerge y nosotros le damos forma.

Después interviene la libertad. El pintor puede seguir una imagen o descartarla. El escritor puede aceptar una palabra o buscar otra. Podemos desarrollar lo que surge de nuestro interior, corregirlo, deformarlo, abandonarlo. La existencia del inconsciente no elimina nuestra voluntad; le entrega materiales con los que trabajar.

Mi padre era muy consciente de la materia que había elegido. En la introducción de Camino del despertar. Luces y sombras explicó que siempre se había sentido atraído por una forma de creación cuyo fin era la «expresión plástica por medio de la palabra». Quería servirse de ella para reflexionar sobre la trascendencia de la existencia, las alegrías y las penas y, según escribió, «la íntima esencia de las cosas».

Expresión plástica por medio de la palabra... Me gusta encontrar esa frase suya después de haber estado ante las pinturas de Jesús. Porque quizá la distancia entre ambos lenguajes no sea tan grande.

Uno necesita pigmentos y paredes. Otro necesita palabras. Pero ambos intentan realizar el mismo tránsito imposible: sacar algo de dentro y conseguir que exista fuera.

Pensé en los ocho años que Jesús había pasado frente a aquellos muros. Al principio sólo había una iglesia vacía y una idea. Después aparecieron las formas, unas detrás de otras, hasta ocupar un cuadrado de más de mil quinientos metros. El universo interior se había hecho materia.

Con mi padre sucedía algo diferente y semejante. Lo que había dentro acababa convertido en versos. Él mismo escribió que la palabra era un «logro sin igual del ser pensante» y, sobre todo, «el vínculo de encuentro humanizado».

Tal vez ahí se complete la creación. No cuando la obra termina, sino cuando alguien la encuentra.

Una imagen que sólo existe en la mente del pintor pertenece todavía al pintor. Cuando llega al muro, otro puede contemplarla. Una intuición permanece encerrada en quien la siente; convertida en poema, puede atravesar una vida distinta de aquella en la que nació.

Por eso yo podía entrar muchos años después en San Juan Bautista y recorrer el mundo interior de alguien con quien había compartido pupitres y aulas. Y por eso puedo abrir ahora los libros de mi padre y encontrar pensamientos que él tuvo mucho antes de que yo supiera que algún día iba a necesitarlos.

Pensé entonces en el lugar donde me encontraba. Aquello había sido una iglesia.

Durante siglos sus paredes habían estado destinadas a hablar de Dios mediante imágenes reconocibles. Después el templo perdió su función religiosa, quedó vacío y terminó convertido en almacén. Hasta que un muchacho de veintidós años entró allí, contempló sus paredes desnudas e imaginó otra cosa. Ahora las paredes volvían a hablar.

No me correspondía decidir qué relación tenía el universo de Jesús con Dios. Esa era su búsqueda, no la mía. Pero sí podía preguntarme qué me decía a mí aquella obra.

Y a mí me resultaba difícil contemplar aquel estallido de materia, organismos, formas, oscuridad y vida dentro de una antigua iglesia sin pensar en la Creación.

En el Génesis, Dios crea y después contempla lo creado.

El hombre llega más tarde.

Quizá desde entonces no haya dejado de hacer lo mismo a su escala: mirar lo recibido, introducirlo en ese lugar misterioso que llevamos dentro y devolverlo transformado al mundo.

Alguien llamó a las pinturas de Alarcón El noveno día de la creación. Sugiere que la Creación no terminó completamente cuando el relato bíblico cerró sus jornadas. El universo siguió produciendo galaxias y estrellas; la vida continuó multiplicando sus formas; y el ser humano, dotado de conciencia y libertad, comenzó también a imaginar lo que todavía no existía.

No para completar la obra de Dios. Mucho menos para sustituirlo. Quizá, simplemente, porque había sido creado a su imagen.

Recorrí una vez más aquellas paredes intentando reconocer algo entre sus formas. Dejé de hacerlo al cabo de un rato. Tal vez no fuera necesario poner nombre a todo.

Mi padre escribió que cultivaba la poesía en el jardín de su alma y que ese jardín florecía cuando comenzaba a soñar. Jesús había hecho florecer otra cosa sobre los muros de San Juan Bautista.

Pensé en ellos dos, cada uno entregado a su lenguaje, y durante un instante me pregunté qué habría dentro de mí esperando todavía encontrar el suyo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Al filo de la roca y el vacío

 

Hacía poco que había vuelto a la Catedral de Cuenca. Esta vez no iba solo. Me acompañaban Pilar y una de sus hijas.

Conozco la Catedral desde niño, como se conocen tantos lugares de la ciudad en la que uno ha vivido casi toda su vida: lo suficiente para reconocerlos y quizá demasiado para seguir mirándolos siempre con atención. Su fachada forma parte de la Plaza Mayor, de las procesiones de Semana Santa, de las fotografías de turistas y los paseos por el casco antiguo. Está ahí, incorporada al paisaje cotidiano, y, precisamente por eso, resulta fácil olvidar que, al cruzar sus puertas, entramos en un edificio de ocho siglos que ha visto pasar muchas más vidas de las que somos capaces de imaginar.

Fuimos recorriendo las capillas sin demasiada prisa, deteniéndonos ante retablos, imágenes, sepulcros, rejas y detalles arquitectónicos que seguramente había tenido delante otras veces sin prestarles atención. Pero hubo algo que acabó imponiéndose sobre todo lo demás: la luz.

Entraba por las vidrieras y se descomponía en múltiples colores sobre la piedra. Rojos, azules, amarillos, naranjas y verdes aparecían en los muros, en las columnas, en algún rincón del suelo. Bastaba desplazarse unos metros para que cambiaran. La misma piedra que desde otro lugar parecía gris recibía de pronto una mancha de color que duraría únicamente mientras el sol encontrara, al otro lado del cristal, el ángulo preciso.

Pensé en el soneto que mi padre había dedicado a la Catedral:

«Al filo de la roca y el vacío,
vetusta catedral de caz y peña,
un paisaje de luces se despeña,
noches de luna y albas de rocío.»

Otra vez la luz.

No sé cuánto alcanzaba a ver mi padre cuando escribió aquellos versos. La degeneración macular ya avanzaba entonces, y las vidrieras que contemplábamos eran relativamente recientes. Había conocido la Catedral con otras vidrieras y con otros ojos. Quizá todavía pudiera apreciar aquellos colores; quizá percibiera sobre todo su claridad; quizá parte de aquel «paisaje de luces» procediera de la memoria.

No puedo saberlo. Pero convivo con esa incertidumbre. Hay imágenes que uno continúa viendo mucho después de haber apartado los ojos de ellas.

En una de las capillas nos llamó especialmente la atención un hermoso artesonado de madera del techo. Mientras lo contemplábamos, Pilar comentó que allí habían sido bautizadas sus dos hijas.

Miré a la que nos acompañaba.

Durante unos minutos nos sentamos en uno de los vetustos bancos de madera. Seguimos la visita. Sin embargo, desde aquel momento la capilla dejó de ser para mí únicamente un espacio hermoso de la Catedral. Había entrado en ella una pequeña historia que ninguna guía podía contar.

Eso hacen los lugares cuando permanecen mucho tiempo: acumulan vidas.

Continuamos hacia la capilla mayor y el coro. Al releer después el poema de mi padre descubrí que también él se había detenido allí:

«La bóveda se vuelve filigrana
al son de crucería sexpartita,
tono solemne de sutil finura.

El coro etérea música desgrana
con voz angelical, casi infinita,
alivio de tristeza y desventura.»

Me gustó encontrar esa correspondencia. No había llevado el libro ni pretendía reconstruir su poema. Primero habíamos recorrido la Catedral; después aparecieron en mi memoria sus versos.

Finalmente subimos al triforio.

Ascender por el interior de una catedral cambia la forma de verla. Desde abajo, las columnas y los arcos pertenecen a una altura que obliga a levantar la cabeza; al subir aparecen otros ángulos, detalles que desde el suelo pasan inadvertidos y una proximidad inesperada con aquello que, unos minutos antes, parecía remoto.

Desde allí contemplé el inmenso espacio del crucero.

La Catedral llevaba siglos recibiendo gente. Personas que acudían a rezar, a bautizar a sus hijos, a casarse, a despedir a sus muertos, a celebrar las fiestas, a pedir ayuda, a dar gracias… La mayoría habían desaparecido sin dejar un nombre que nosotros pudiéramos reconocer.

El edificio, en cambio, seguía allí. Aunque tampoco era el mismo. Había crecido, sufrido derrumbes, ampliaciones y restauraciones. Habían cambiado sus capillas, sus imágenes, sus vidrieras. Cada época había recibido una Catedral y había entregado otra ligeramente diferente a la siguiente. Quizá permanecer no consista en seguir siendo igual.

Desde el triforio miré de nuevo a Pilar y a su hija. Conocía a Pilar desde una edad adolescente, en la que ninguno de los dos podía imaginar la vida que tendría décadas después. Ahora recorríamos juntos un edificio levantado muchos siglos antes de que naciéramos, acompañados por una hija suya cuya existencia tampoco podíamos haber imaginado entonces. Y allí estábamos.

No sentí aquello como una lamentación por el tiempo fugaz transcurrido. Había, más bien, algo reconfortante en comprobar que el tiempo no se limita a llevarse cosas. Algunas permanecen. Otras regresan. Y otras se transforman hasta convertirse en algo que nunca habríamos podido prever.

Pensé también en mi padre, pero esta vez no necesité reconstruir su presencia allí. Me bastaban sus versos: Un paisaje de luces se despeña…

Nosotros acabábamos de contemplar esa luz atravesando unas vidrieras distintas de las que él había conocido durante buena parte de su vida. El cristal había cambiado. Y también habían cambiado quienes lo miraban.

Bajamos del triforio y terminamos la visita. Antes de salir volví la vista hacia el interior. Recordé entonces los últimos versos del soneto de mi padre y aquella música del coro que imaginaba como «alivio de tristeza y desventura». No hablaba de borrar la tristeza ni de vencerla. Tan sólo de aliviarla.

Salimos a la Plaza Mayor. Allí la luz era, nada más y nada menos, la luz de una mañana de verano en mi ciudad de Cuenca, la ciudad al filo de la roca y el vacío.

jueves, 3 de septiembre de 2026

¿Cuándo empieza un camino?

 

A menudo voy a la hoz del Júcar a caminar. Me pongo las zapatillas, cierro la puerta y dejo que sean las calles las que vayan resolviendo por mí. Conozco demasiado bien el recorrido como para necesitar pensarlo. El cuerpo sabe dónde girar, dónde comienza la bajada y en qué momento el ruido de la ciudad va disipándose mientras aparece el rumor constante del agua.

He pasado por aquí cientos de veces. Quizá miles. Y, sin embargo, pocas veces he considerado estos paseos como viajes.

Un viaje parece exigir distancia. Una maleta, una carretera, un billete. Algo que justifique poder decir después que uno se ha ido. Durante mucho tiempo viajar significó para mí precisamente eso: abandonar durante unos días los lugares conocidos y poner kilómetros de por medio. Últimamente lo hago mucho menos de lo que quisiera: o quizá no nacía de mí esa necesidad.

De vez en cuando pienso en el Camino de Santiago, en ascender desde el mar hasta Santo Toribio de Liébana, en conocer monasterios y santuarios que llevo años encontrando en libros, documentales o mapas. Algunos están relativamente cerca; otros pertenecen todavía a esa geografía imprecisa de los lugares a los que uno asegura que irá algún día.

Aquella mañana, sin embargo, estaba en Cuenca.

El Júcar corría a mi lado y yo no tenía ninguna intención de llegar a ninguna parte, más que seguir su sinuoso recorrido.

La hoz tiene la capacidad de apartar la ciudad sin hacerla desaparecer. Basta levantar la cabeza para encontrarla prendida de la roca, mientras abajo el mundo se reduce al río, los álamos, el pinar y las paredes calizas. Tal vez por eso me gusta caminar por aquí. La ciudad continúa estando cerca, pero durante un rato deja de imponerse.

Mi padre había mirado muchas veces este mismo paisaje. En Canto a Cuenca llamó a las del Júcar «mágicas hoces». Los pinares eran para él una «milicia serrana verde» levantada junto a «gigantes de piedra» y, a sus pies, el Júcar se convertía en un «encantado río» y en un «esmeralda poema».

Nunca he sabido mirar de esa manera. Yo veo pinos, roca, agua. Sé reconocer la belleza del lugar, por supuesto, y quizá precisamente por conocerlo desde siempre hay mañanas en que dejo de prestarle atención. Él parecía necesitar transformar lo que veía. La roca podía convertirse en criatura, la ciudad podía volar y un pinar adquirir la disciplina de un ejército.

Desde que murió me ocurre algo curioso con sus poemas: algunos lugares que conozco desde niño contienen también su manera de mirarlos. Sus palabras se han adherido al paisaje.

Cuando, en el inicio y el final del paseo, vuelvo la vista hacia la ladera del Barrio de la Luz, el de San Antón, me resulta difícil no recordar los versos con los que termina el poema que le dedicó:

«Blanco barrio tendido en la ladera,
trigueña Luz y Madre de las luces,
donde Cuenca se vio por vez primera.»

Siempre me gustó mucho ese último verso.

Donde Cuenca se vio por vez primera.

Hay algo hermoso en pensar que una ciudad, como una persona, tuvo también una primera vez. Un momento anterior a todo lo que vino después. Antes de la catedral, de las calles que trepan hacia el castillo, de los puentes, las iglesias, las casas y las generaciones que hemos terminado considerándolo nuestro paisaje, alguien tuvo que mirar estas hoces y decidir quedarse.

Quizá todos conservamos un lugar semejante, aunque no sepamos señalarlo: un punto del camino en el que algo comenzó.

Volví a pensar en mi padre.

Y reparé, una vez más, en una palabra que aparece constantemente en su poesía.

Luz.

Mi padre escribió mucho sobre la luz.

La circunstancia resulta inevitablemente paradójica cuando se conoce su historia. La degeneración macular fue reduciendo su mundo visible hasta dejarlo ciego durante los últimos años de su vida. La enfermedad terminó apartándolo definitivamente de una de sus grandes pasiones, la lectura. Había sido un lector voraz y llegó un momento en que ya no pudo abrir un libro y recorrer sus páginas por sí mismo.

Pero la ceguera no consiguió apartarlo de las letras.

Siempre que pienso en esa contradicción recuerdo a Borges. También él conoció la progresiva llegada de la oscuridad y dejó, en su Poema de los dones, unos versos que me han impresionado desde que aprendí a entenderlos:

«Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.»

A mi padre también le llegaron, de otra manera, los libros y la noche. La diferencia es que, cuando sus ojos dejaron de permitirle leer y escribir, encontró otros ojos.

Los míos.

Durante muchos años escribimos juntos.

Decirlo así puede inducir a error. Los poemas eran suyos. Las palabras, las imágenes, el ritmo y las correcciones nacían de él, aunque, a veces, en eso también le ayudaba. Pero mi labor era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más íntima: convertirme durante unas horas en la prolongación de unos ojos que ya no podían hacer aquello que habían hecho durante toda una vida.

Él dictaba y yo escribía.

Después leía.

Escuchaba atentamente y me detenía cuando me lo pedía. A veces quería cambiar un verso entero. Otras, solamente una palabra.

—Léeme otra vez el segundo cuarteto.

Volvía atrás y se lo leía.

Podíamos repetir la operación varias veces hasta que algo terminaba de encajar en su cabeza.

—No. «Camino» no. Pon «sendero».

Yo sustituía una palabra por otra y comenzaba de nuevo.

Así siguió escribiendo.

La ceguera pudo quitarle la lectura, pero no la literatura. Mientras él tuviera algo que decir, y yo pudiera sentarme a su lado para escribirlo, las palabras continuaban brotando.

No sé si entonces comprendí del todo lo que significaba aquel tiempo compartido. Las cosas que se repiten terminan adquiriendo apariencia de normalidad, incluso aquellas que, años después, daríamos cualquier cosa por repetir una vez más.

Para mí se volvió natural.

Mi padre necesitaba unos ojos y yo podía prestarle los míos.

También fuera de casa sucedía algo parecido. Si estábamos juntos podía preguntarme cómo estaba el cielo, quién acababa de entrar o qué se veía desde determinado lugar. Yo le describía lo que tenía delante. Las nubes, los árboles, la gente, el color de una tarde. A veces, seguramente, con poca precisión. Uno no nace sabiendo mirar para otro.

Cuando alguien necesita tus ojos, aprendes a mirar por los dos.

Quizá por eso me resulta ahora tan llamativo regresar a sus poemas y encontrar tanta luz.

La luz sobre la piedra. La luna llena. Los amaneceres. Las estrellas. El resplandor del agua. Las sombras y la claridad. La aurora.

En Roca caliza, por ejemplo, la piedra herida por el agua y por el viento se convierte en «piedra ensoñada», rodeada por una «fantasía de pinos en cascada»; el paisaje acaba transformándose en un sueño en el que conviven, de nuevo, las luces y las sombras.

Durante años pensé que aquella insistencia pertenecía simplemente a su lenguaje poético. Ahora ya no estoy tan seguro.

Tal vez quien está perdiendo la luz aprende a concederle una importancia que quienes disponemos de ella no advertimos.

O quizá la explicación sea mucho más sencilla: mi padre continuaba viendo los lugares que había amado porque los llevaba dentro.

Seguí caminando junto al Júcar.

El agua pasaba entre los árboles con esa indiferencia que tienen los ríos hacia nuestras preocupaciones mundanas. Mi padre también había escrito sobre ella. En uno de sus poemas hizo que el Júcar se embriagara de la hermosura de Torremangana y que la imagen reflejada huyera después bajo el puente, arrastrada por los rápidos del río, «en perenne mudanza y desvarío».

Miré la corriente.

Todo aquello que aparece reflejado en un río permanece apenas unos segundos.

Después el agua se lo lleva.

Pensé que, en cierto modo, durante los últimos años de su vida habíamos hecho el recorrido contrario. Yo miraba y le prestaba mis ojos. Él recogía algunas de aquellas imágenes, las mezclaba con sus recuerdos y las convertía en palabras.

Ahora que él ya no está, soy yo quien camina por estos lugares y encuentra sus palabras en aquello que mira.

Nunca hablamos de ello de esta manera.

Ni siquiera sé si él habría estado de acuerdo.

Pero algunas veces tengo la sensación de que nuestros caminos se están cruzando ahora de una forma que no llegaron a cruzarse mientras vivía. No porque yo esté siguiendo sus pasos ni porque pretenda continuar aquello que dejó incompleto. Mi vida ha sido distinta. Mis pérdidas son otras. También lo son mis errores, mis afectos, mis dudas y las decisiones que me han traído hasta aquí.

Y, sin embargo, he terminado haciéndome algunas de las mismas preguntas.

No he llegado a ellas siguiéndolo.

Eso es precisamente lo que me intriga.

He llegado por otro camino.

Quizá por eso había regresado hacía poco al Seminario.

Mi padre estudió allí de joven. Yo conocía esa parte de su historia desde siempre, pero durante mucho tiempo no había sentido ninguna necesidad especial de recorrer aquellos espacios, aquellas estancias y pasillos. La necesidad apareció cuando él ya no podía acompañarme.

Entré intentando imaginar al muchacho que había sido.

Se me antoja algo extraño, cuando se trata de nuestros padres. Los conocemos después de que hayan tomado las decisiones que hicieron posible nuestra existencia y tendemos a pensar que siempre fueron las personas que nosotros conocimos. Pero hubo un tiempo en que mi padre todavía no era mi padre.

Era simplemente Santiago.

Un joven.

Y estaba en un seminario.

Podía haber seguido allí. Podía haber elegido otra vida. Pero salió a los 19 años.

Definitivamente, no siguió el camino para el que aquel edificio parecía prepararlo.

Y yo existo, entre otras innumerables casualidades y decisiones, porque no lo siguió.

Lo curioso es que abandonar el seminario no significó abandonar la búsqueda que probablemente lo había llevado hasta allí.

Décadas después escribió Camino del despertar. Luces y sombras.

Años más tarde, La Aurora.

Camino. Despertar. Luces. Sombras. Aurora.

Durante mucho tiempo fueron para mí títulos y palabras recurrentes en su poesía. Ahora, mientras avanzo por una etapa de mi vida muy diferente de aquella en la que él escribió esos libros, tengo la certeza de que nombraban también las estaciones de una búsqueda.

La suya.

No necesariamente la mía.

Cuando publicó Camino del despertar, yo estaba en otro momento de mi vida. Sus preguntas eran las suyas y las mías eran otras. Seguíamos siendo dos hombres distintos, de generaciones distintas, con experiencias distintas.

He amado a otras personas, he sufrido otras pérdidas y he buscado respuestas por caminos que probablemente él no habría recorrido. He necesitado transitar mi propia biografía para comprender cosas a las que quizá él llegó desde la suya.

Y, sin embargo, algunas veces llego a un lugar interior y encuentro allí una huella suya.

Eso es lo que quiero explorar.

No quiero escribir una explicación de sus poemas. Tampoco reconstruir su pensamiento para convertirlo en una doctrina que él nunca pretendió impartir. Mucho menos utilizar su vida para evitar vivir la mía.

Quiero caminar. Quiero volver a viajar.

Quiero recorrer algunos de esos caminos que desde hace siglos atraviesan hombres y mujeres que buscan algo, aunque no siempre sepan darle nombre. Quiero hacer el Camino de Santiago. Quiero llegar andando hasta Santo Toribio de Liébana y detenerme ante la reliquia de la Santa Cruz, y rezar el sonetillo de Lignum Crucis. Quiero conocer monasterios y santuarios, caminar por montañas, entrar en iglesias vacías y sentarme sin esperar que ocurra nada.

Quizá algún día pueda llegar mucho más lejos. Pero también quiero regresar a la cercanía del Seminario.

Entrar en la Catedral , “de caz y peña”. Caminar por la hoz del Huécar. Seguir los senderos del Júcar. Volver a mirar, una vez más, mi propia ciudad.

Porque quizá el viaje no tenga que comenzar lejos.

Aquella mañana, el camino continuaba delante de mí exactamente igual que tantas otras veces. El Júcar seguía corriendo, los pinos continuaban aferrados a las laderas y las rocas permanecían, vigilantes, donde llevaban miles de años.

Seguí andando.

Mi padre llamó al suyo Camino del despertar. Yo todavía no sé cómo llamar al mío.

Pero ya lo estoy recorriendo.