jueves, 1 de octubre de 2026

Epifanía

Hay ideas que uno no encuentra. Llegan solas.

A veces, después de haberlas buscado durante mucho tiempo. O, precisamente, cuando dejamos de buscarlas.

Podemos pasar días dando vueltas a una decisión, intentando ordenar algo que se nos escapa. Y luego, mientras caminamos, conducimos o miramos distraídamente por una ventana, la respuesta aparece con una claridad difícil de explicar. Como si ya estuviera dentro.

Estoy terminando de leer El juego de la atención, de Marly Kuenerz, y una de las cosas que más me interesa es la importancia que concede a esas irrupciones del inconsciente, a esos momentos en los que algo aflora sin que podamos reconstruir del todo el camino que lo ha llevado hasta nosotros. Lo mismo que pasa en los sueños, aunque, en este caso, con un lenguaje simbólico.

Mientras nosotros seguíamos ocupados en la superficie, algo relacionaba recuerdos y experiencias, recuperaba conversaciones olvidadas, acercaba cosas que hasta entonces parecían distantes. Algo removía el fondo. Hasta que un día emerge una certeza.

Los antiguos hablaron de las musas. Esa imagen contiene algo que quizá hemos perdido: la idea de que no somos propietarios absolutos de todo lo que aparece en nuestra conciencia.

Todavía decimos que una idea «nos viene» ¿De dónde viene?

Podemos llamarlo intuición. Podemos hablar del inconsciente y de esa capacidad extraordinaria del cerebro para establecer conexiones fuera del foco de la conciencia. Todo eso me parece razonable. Pero no estoy seguro de que agote el misterio.

Creo en Dios y no me resulta extraña la posibilidad de que nuestra conciencia no sea algo aislado, sino que hunda sus raíces en algo más allá de nosotros mismos. Una conciencia universal.

Este blog nació, de alguna manera, de uno de esos momentos “ajá”. Al terminar el verano sentía ganas de escribir. Pero no sabía sobre qué.

Había pasado mucho tiempo mirando hacia atrás, revisando episodios de mi biografía e intentando comprender algunas decisiones y situaciones vividas. También llevaba años leyendo sobre la mente, la conciencia y las distintas formas que tenemos de relacionarnos con lo que nos ocurre.

Pero no quería exactamente escribir un libro sobre eso. No me considero ningún experto, sino, más bien, un constante aprendiz.

Tampoco quería contar mi vida. Mi biografía, por demás sencilla, no me parecía material para unas memorias, y nunca he tenido gran interés en escribir un diario. Por otra parte, espero que todavía queden bastantes páginas en blanco.

Solo sabía que quería escribir.

Y también estaba mi padre. Sus poemas permanecían allí. Los había leído muchas veces, pero nunca desde el lugar en el que estaba ahora.

Un buen día, de repente, algo encajó.

Comprendí que podía escribir desde mi propia experiencia y dejar que, de vez en cuando, los poemas de mi padre aparecieran en el camino. No con intención de explicarlos ni para convertirlos en respuestas, sino, simplemente, para comprobar qué ocurría cuando nuestras preguntas se encontraban.

La idea apareció completa. Hubo, más bien, un instante de claridad. Una pequeña epifanía.

Y quizá no sea casual que, al volver ahora a los poemas de mi padre, encuentre también en ellos esa experiencia difícil de explicar por la que algo contemplado, sentido o vivido acaba convirtiéndose en palabras.

En su poema A Cañete recuerda un momento en el que el paisaje parece provocar precisamente ese salto:

«Mudo de satisfacción

quise plasmar el momento,
contenida la mirada
y mi corazón ardiente,
dejando volar mi mente,
inspirado y fruitivo…»

Dejar volar la mente… Pese a observarle largamente cuando estaba en estado meditativo, no sé muy bien qué sucedía en la suya mientras escribía.

Los antiguos resolvieron hace mucho ese misterio inventando a las musas. Algo venía a visitarlos y ellos debían estar allí, disponibles, cuando sucediera.

Mi padre encontraba muchas veces esa musa en un paisaje. Una hoz, un río, una piedra, un árbol o la luz cayendo sobre Cuenca podían poner en marcha algo que después se convertía en palabras y en rimas. Pero entre contemplar un paisaje y escribir un poema sigue existiendo un territorio difícil de cartografiar.

En algún lugar se produce el salto.

Una imagen despierta otra. Algo olvidado regresa. Dos cosas que nunca habíamos relacionado se encuentran. Y, de pronto, aparece una forma que unos segundos antes no existía. O quizá sí existía y todavía no podíamos verla.

Tal vez la inspiración y esas pequeñas epifanías cotidianas tengan algo en común. Hay momentos en los que una idea se presenta con la extraña familiaridad de algo que acabamos de descubrir y que, sin embargo, parece llevar mucho tiempo esperándonos.

Después regresamos a la vida corriente. Las dudas vuelven. La razón hace preguntas. Intentamos explicar lo ocurrido y reconstruir el camino que nos condujo hasta allí.

Pero durante un instante no necesitamos ninguna explicación. Algo que llevaba tiempo moviéndose en la oscuridad había encontrado una rendija.

Y, por ahí, entró la luz.