Hay ideas que uno no encuentra. Llegan solas.
A veces,
después de haberlas buscado durante mucho tiempo. O, precisamente, cuando
dejamos de buscarlas.
Podemos pasar
días dando vueltas a una decisión, intentando ordenar algo que se nos escapa. Y
luego, mientras caminamos, conducimos o miramos distraídamente por una ventana,
la respuesta aparece con una claridad difícil de explicar. Como si ya estuviera
dentro.
Estoy
terminando de leer El juego de la atención, de Marly Kuenerz, y una de
las cosas que más me interesa es la importancia que concede a esas irrupciones
del inconsciente, a esos momentos en los que algo aflora sin que podamos
reconstruir del todo el camino que lo ha llevado hasta nosotros. Lo mismo que
pasa en los sueños, aunque, en este caso, con un lenguaje simbólico.
Mientras
nosotros seguíamos ocupados en la superficie, algo relacionaba recuerdos y
experiencias, recuperaba conversaciones olvidadas, acercaba cosas que hasta
entonces parecían distantes. Algo removía el fondo. Hasta que un día emerge una
certeza.
Los antiguos
hablaron de las musas. Esa imagen contiene algo que quizá hemos perdido: la
idea de que no somos propietarios absolutos de todo lo que aparece en nuestra
conciencia.
Todavía decimos
que una idea «nos viene» ¿De dónde viene?
Podemos
llamarlo intuición. Podemos hablar del inconsciente y de esa capacidad
extraordinaria del cerebro para establecer conexiones fuera del foco de la
conciencia. Todo eso me parece razonable. Pero no estoy seguro de que agote el
misterio.
Creo en Dios
y no me resulta extraña la posibilidad de que nuestra conciencia no sea algo
aislado, sino que hunda sus raíces en algo más allá de nosotros mismos. Una
conciencia universal.
Este blog
nació, de alguna manera, de uno de esos momentos “ajá”. Al terminar el verano
sentía ganas de escribir. Pero no sabía sobre qué.
Había pasado
mucho tiempo mirando hacia atrás, revisando episodios de mi biografía e
intentando comprender algunas decisiones y situaciones vividas. También llevaba
años leyendo sobre la mente, la conciencia y las distintas formas que tenemos
de relacionarnos con lo que nos ocurre.
Pero no
quería exactamente escribir un libro sobre eso. No me considero ningún experto,
sino, más bien, un constante aprendiz.
Tampoco
quería contar mi vida. Mi biografía, por demás sencilla, no me parecía material
para unas memorias, y nunca he tenido gran interés en escribir un diario. Por
otra parte, espero que todavía queden bastantes páginas en blanco.
Solo sabía
que quería escribir.
Y también
estaba mi padre. Sus poemas permanecían allí. Los había leído muchas veces,
pero nunca desde el lugar en el que estaba ahora.
Un buen día,
de repente, algo encajó.
Comprendí que
podía escribir desde mi propia experiencia y dejar que, de vez en cuando, los
poemas de mi padre aparecieran en el camino. No con intención de explicarlos ni
para convertirlos en respuestas, sino, simplemente, para comprobar qué ocurría
cuando nuestras preguntas se encontraban.
La idea
apareció completa. Hubo, más bien, un instante de claridad. Una pequeña
epifanía.
Y quizá no
sea casual que, al volver ahora a los poemas de mi padre, encuentre también en
ellos esa experiencia difícil de explicar por la que algo contemplado, sentido
o vivido acaba convirtiéndose en palabras.
En su poema A Cañete recuerda un momento en el que
el paisaje parece provocar precisamente ese salto:
«Mudo de
satisfacción
quise plasmar
el momento,
contenida la
mirada
y mi corazón
ardiente,
dejando volar
mi mente,
inspirado y
fruitivo…»
Dejar volar
la mente… Pese a observarle largamente cuando estaba en estado meditativo, no
sé muy bien qué sucedía en la suya mientras escribía.
Los antiguos
resolvieron hace mucho ese misterio inventando a las musas. Algo venía a
visitarlos y ellos debían estar allí, disponibles, cuando sucediera.
Mi padre
encontraba muchas veces esa musa en un paisaje. Una hoz, un río, una piedra, un
árbol o la luz cayendo sobre Cuenca podían poner en marcha algo que después se
convertía en palabras y en rimas. Pero entre contemplar un paisaje y escribir
un poema sigue existiendo un territorio difícil de cartografiar.
En algún
lugar se produce el salto.
Una imagen
despierta otra. Algo olvidado regresa. Dos cosas que nunca habíamos relacionado
se encuentran. Y, de pronto, aparece una forma que unos segundos antes no
existía. O quizá sí existía y todavía no podíamos verla.
Tal vez la
inspiración y esas pequeñas epifanías cotidianas tengan algo en común. Hay
momentos en los que una idea se presenta con la extraña familiaridad de algo
que acabamos de descubrir y que, sin embargo, parece llevar mucho tiempo
esperándonos.
Después
regresamos a la vida corriente. Las dudas vuelven. La razón hace preguntas.
Intentamos explicar lo ocurrido y reconstruir el camino que nos condujo hasta
allí.
Pero durante
un instante no necesitamos ninguna explicación. Algo que llevaba tiempo
moviéndose en la oscuridad había encontrado una rendija.
Y, por ahí, entró
la luz.