Llevo un corazón tatuado en la piel. Una de sus mitades está formada por
una corona de espinas; la otra, por un arco iris. Junto a él, unos versos de mi
padre que elegí con su enfermedad ya avanzada:
«Quiero la luz de tu herida,
quiero tu llanto y dolor,
y abrazo eterno de amor
con el árbol de la vida.»
Me los tatué antes de saber todo lo que algunas palabras pueden llegar a
pesar. Entonces ya significaban mucho para mí. Formaban parte de mi fe y de la
poesía de mi padre. Pero hay versos a los que la vida da un significado que
nunca hubiera querido conocer.
Pocos meses después de la muerte de mi padre, hace ya tres años, el hijo de
dos amigos muy queridos murió, en plena juventud.
Yo venía de conocer el duelo. Había acompañado a mi padre durante sus
últimos años, había asistido a su deterioro y, finalmente, había tenido que
despedirme de él. Su muerte me dolió profundamente y hoy convivo,
cotidianamente, con su ausencia. Pero aquello era distinto. Mi padre había
recorrido una vida. Aquel hermoso muchacho, que antes fue nuestro niño querido,
apenas estaba comenzando la suya.
He estado cerca del dolor de sus padres. He compartido con ellos muchas
lágrimas durante estos años y he visto cómo una vida que parecía seguir un
curso reconocible puede quedar partida, de repente, entre un antes y un
después.
Pero estar cerca de un dolor no implica conocerlo. Hay una frontera que ni
siquiera el amor y la amistad permiten atravesar. Puedo abrazarlos,
escucharlos, llorar con ellos. Puedo intentar estar cuando me necesitan. Pero
no puedo saber qué significa despertarse cada mañana en un mundo en el que tu
hijo ya no está.
Quizá aceptar esa impotencia sea también una forma sincera de acompañar.
Habitualmente, para ayudar tratamos de encontrar palabras de consuelo.
Buscamos alguna frase que alivie durante un breve lapso aquello que no podemos
remediar. Ante determinados sufrimientos, sin embargo, las palabras resultan
pequeñas, limitadas, incluso inoportunas. Hay momentos en los que sólo se puede
permanecer cerca y asumir que no tenemos ninguna respuesta que ofrecer.
Mi padre escribió un poema a la Virgen de las Angustias. Durante años, lo
había leído como tantos otros poemas religiosos suyos, desde la fe y desde la
belleza de una imagen que forma parte también de la religiosidad, la tradición
y el fervor de mi tierra. Después de lo sucedido, esos versos también me suenan
de manera diferente:
«He buscado las lágrimas vertidas
en el silencio de tu amor doliente,
y en tu rostro de Madre tiernamente,
las horas de calvario compartidas.»
Mi padre busca sus lágrimas vertidas en silencio. Una madre con su hijo yacente
en su regazo. Una escena que deja de pertenecer únicamente al ámbito de lo
sagrado cuando el dolor adquiere rostros conocidos.
Después de una pérdida así, no sólo no se encuentran palabras, sino casi fe
o fuerzas siquiera para volver a dirigirse a Dios.
La fe de otra persona pertenece a uno de esos lugares íntimos en los que no
debemos entrar sin ser invitados. Cada cual atraviesa el sufrimiento como
puede. Yo sólo seguí creyendo y seguí rezando. Todavía lo hago.
Pienso en ellos con mucha frecuencia, probablemente más, incluso, de lo que
imaginan. Y cuando lo hago, muchas veces mi pensamiento termina convirtiéndose
en oración. No pido que regresen a la vida que tenían antes, porque hay
acontecimientos después de los cuales no existe retorno posible. Sólo pido paz.
Pido descanso después de tanto cansancio. Pido que la vida les conceda, por fin,
una tregua y que puedan encontrar motivos para disfrutar de ella, con quien ya
no está siempre presente en la memoria.
Y pido también por su esperanza, aunque sé que la esperanza no puede
imponerse desde fuera.
Tal vez durante este tiempo mi oración haya consistido, en parte, en eso:
en guardar celosamente para ellos un poco de esperanza, mientras atraviesan
lugares en los que resulta difícil encontrarla.
Mi padre conoció también la noche. La pérdida progresiva de la vista hizo
que la oscuridad dejara de ser para él únicamente una metáfora. Y, sin embargo,
cuanto más presente estuvo esa oscuridad en su vida, más aparecieron en sus
poemas la luz, el despertar, la aurora. No ignoraba el sufrimiento, pero su fe
le hacía creer que la existencia no termina en él.
Yo comparto esa convicción.
Creo que la muerte es una separación para quienes permanecemos aquí, pero
no el final de la vida. Creo que existe una realidad que nuestros sentidos no
alcanzan y que aquello que amamos no queda reducido a un recuerdo cuando un
cuerpo desaparece. Creo en la resurrección y en el reencuentro. Creo que, tras
el misterio de la muerte, hay un lugar donde no hay enfermedad, ni miedo, ni
despedidas. Tan sólo amor. Y creo que quienes se han marchado antes que
nosotros han atravesado una puerta que algún día atravesaremos también.
Nada de eso elimina el duelo.
La esperanza de volver a abrazar a alguien no permite abrazarlo hoy. La fe
en otra vida no ocupa una silla vacía, ni responde a una voz que echamos de
menos, ni evita que una fecha, una fotografía o un recuerdo puedan abrir de
nuevo la herida, mucho tiempo después. La trascendencia no disminuye el
sufrimiento de quienes permanecen.
Por eso regreso a los versos que llevo tatuados.
“Quiero la luz de tu herida”. No aparto el llanto y el dolor para
llegar al abrazo eterno de amor con el «árbol de la vida».
Ahora comprendo mejor aquella elección, conscientemente inconsciente, que
hice cuando decidí llevarlos sobre mi cuerpo. El arco iris era para mí
esperanza, promesa y luz después de la tiniebla.
Pero la vida te enseña que ambas mitades son inseparables. Hay heridas que
permanecen y, sin embargo, la vida continúa creciendo alrededor de ellas. Hay
ausencias que nunca dejan de doler y que pueden convivir, algún día, con una
sonrisa. Hay personas a las que seguimos amando, aunque ya no podamos tocarlas.
La anhelada paz no consistirá en dejar atrás el dolor, sino en conseguir
que el dolor deje un hueco para todo lo demás. Eso es lo que deseo para mis
amigos.
No sé cómo será su camino. No sé qué lugar ocupará la fe en él. Sólo deseo
que, después de estos años tan duros, puedan vivir con serenidad; que vuelvan a
sentir la belleza de las cosas sencillas, sin que la alegría parezca una
traición a la memoria; que puedan hablar de su hijo, recordarlo, quererlo y
echarlo de menos desde un lugar cada vez menos desgarrador.
Inevitablemente habrá por siempre nostalgia. Pero también espero que llegue
la paz.
Mientras tanto, seguiré haciendo lo poco que puede hacer un amigo ante un
dolor que no puede reparar: estar cerca, escuchar cuando haya algo que
escuchar, abrazar, guardar silencio cuando no haya nada que decir, y rezar.
Y cuando pienso en la muerte, sigo aferrándome a aquello que mi padre buscó
durante buena parte de su vida y dejó disperso entre tantos poemas: después de
la noche, la Aurora.
Lo que separa la una de la otra es un gran misterio. Me basta con creer que
la muerte no tiene la última palabra.
Por eso mi corazón está hecho de espinas y arco iris.