domingo, 6 de septiembre de 2026

Al filo de la roca y el vacío

 

Hacía poco que había vuelto a la Catedral de Cuenca. Esta vez no iba solo. Me acompañaban Pilar y una de sus hijas.

Conozco la Catedral desde niño, como se conocen tantos lugares de la ciudad en la que uno ha vivido casi toda su vida: lo suficiente para reconocerlos y quizá demasiado para seguir mirándolos siempre con atención. Su fachada forma parte de la Plaza Mayor, de las procesiones de Semana Santa, de las fotografías de turistas y los paseos por el casco antiguo. Está ahí, incorporada al paisaje cotidiano, y, precisamente por eso, resulta fácil olvidar que, al cruzar sus puertas, entramos en un edificio de ocho siglos que ha visto pasar muchas más vidas de las que somos capaces de imaginar.

Fuimos recorriendo las capillas sin demasiada prisa, deteniéndonos ante retablos, imágenes, sepulcros, rejas y detalles arquitectónicos que seguramente había tenido delante otras veces sin prestarles atención. Pero hubo algo que acabó imponiéndose sobre todo lo demás: la luz.

Entraba por las vidrieras y se descomponía en múltiples colores sobre la piedra. Rojos, azules, amarillos, naranjas y verdes aparecían en los muros, en las columnas, en algún rincón del suelo. Bastaba desplazarse unos metros para que cambiaran. La misma piedra que desde otro lugar parecía gris recibía de pronto una mancha de color que duraría únicamente mientras el sol encontrara, al otro lado del cristal, el ángulo preciso.

Pensé en el soneto que mi padre había dedicado a la Catedral:

«Al filo de la roca y el vacío,
vetusta catedral de caz y peña,
un paisaje de luces se despeña,
noches de luna y albas de rocío.»

Otra vez la luz.

No sé cuánto alcanzaba a ver mi padre cuando escribió aquellos versos. La degeneración macular ya avanzaba entonces, y las vidrieras que contemplábamos eran relativamente recientes. Había conocido la Catedral con otras vidrieras y con otros ojos. Quizá todavía pudiera apreciar aquellos colores; quizá percibiera sobre todo su claridad; quizá parte de aquel «paisaje de luces» procediera de la memoria.

No puedo saberlo. Pero convivo con esa incertidumbre. Hay imágenes que uno continúa viendo mucho después de haber apartado los ojos de ellas.

En una de las capillas nos llamó especialmente la atención un hermoso artesonado de madera del techo. Mientras lo contemplábamos, Pilar comentó que allí habían sido bautizadas sus dos hijas.

Miré a la que nos acompañaba.

Durante unos minutos nos sentamos en uno de los vetustos bancos de madera. Seguimos la visita. Sin embargo, desde aquel momento la capilla dejó de ser para mí únicamente un espacio hermoso de la Catedral. Había entrado en ella una pequeña historia que ninguna guía podía contar.

Eso hacen los lugares cuando permanecen mucho tiempo: acumulan vidas.

Continuamos hacia la capilla mayor y el coro. Al releer después el poema de mi padre descubrí que también él se había detenido allí:

«La bóveda se vuelve filigrana
al son de crucería sexpartita,
tono solemne de sutil finura.

El coro etérea música desgrana
con voz angelical, casi infinita,
alivio de tristeza y desventura.»

Me gustó encontrar esa correspondencia. No había llevado el libro ni pretendía reconstruir su poema. Primero habíamos recorrido la Catedral; después aparecieron en mi memoria sus versos.

Finalmente subimos al triforio.

Ascender por el interior de una catedral cambia la forma de verla. Desde abajo, las columnas y los arcos pertenecen a una altura que obliga a levantar la cabeza; al subir aparecen otros ángulos, detalles que desde el suelo pasan inadvertidos y una proximidad inesperada con aquello que, unos minutos antes, parecía remoto.

Desde allí contemplé el inmenso espacio del crucero.

La Catedral llevaba siglos recibiendo gente. Personas que acudían a rezar, a bautizar a sus hijos, a casarse, a despedir a sus muertos, a celebrar las fiestas, a pedir ayuda, a dar gracias… La mayoría habían desaparecido sin dejar un nombre que nosotros pudiéramos reconocer.

El edificio, en cambio, seguía allí. Aunque tampoco era el mismo. Había crecido, sufrido derrumbes, ampliaciones y restauraciones. Habían cambiado sus capillas, sus imágenes, sus vidrieras. Cada época había recibido una Catedral y había entregado otra ligeramente diferente a la siguiente. Quizá permanecer no consista en seguir siendo igual.

Desde el triforio miré de nuevo a Pilar y a su hija. Conocía a Pilar desde una edad adolescente, en la que ninguno de los dos podía imaginar la vida que tendría décadas después. Ahora recorríamos juntos un edificio levantado muchos siglos antes de que naciéramos, acompañados por una hija suya cuya existencia tampoco podíamos haber imaginado entonces. Y allí estábamos.

No sentí aquello como una lamentación por el tiempo fugaz transcurrido. Había, más bien, algo reconfortante en comprobar que el tiempo no se limita a llevarse cosas. Algunas permanecen. Otras regresan. Y otras se transforman hasta convertirse en algo que nunca habríamos podido prever.

Pensé también en mi padre, pero esta vez no necesité reconstruir su presencia allí. Me bastaban sus versos: Un paisaje de luces se despeña…

Nosotros acabábamos de contemplar esa luz atravesando unas vidrieras distintas de las que él había conocido durante buena parte de su vida. El cristal había cambiado. Y también habían cambiado quienes lo miraban.

Bajamos del triforio y terminamos la visita. Antes de salir volví la vista hacia el interior. Recordé entonces los últimos versos del soneto de mi padre y aquella música del coro que imaginaba como «alivio de tristeza y desventura». No hablaba de borrar la tristeza ni de vencerla. Tan sólo de aliviarla.

Salimos a la Plaza Mayor. Allí la luz era, nada más y nada menos, la luz de una mañana de verano en mi ciudad de Cuenca, la ciudad al filo de la roca y el vacío.

jueves, 3 de septiembre de 2026

¿Cuándo empieza un camino?

 

A menudo voy a la hoz del Júcar a caminar. Me pongo las zapatillas, cierro la puerta y dejo que sean las calles las que vayan resolviendo por mí. Conozco demasiado bien el recorrido como para necesitar pensarlo. El cuerpo sabe dónde girar, dónde comienza la bajada y en qué momento el ruido de la ciudad va disipándose mientras aparece el rumor constante del agua.

He pasado por aquí cientos de veces. Quizá miles. Y, sin embargo, pocas veces he considerado estos paseos como viajes.

Un viaje parece exigir distancia. Una maleta, una carretera, un billete. Algo que justifique poder decir después que uno se ha ido. Durante mucho tiempo viajar significó para mí precisamente eso: abandonar durante unos días los lugares conocidos y poner kilómetros de por medio. Últimamente lo hago mucho menos de lo que quisiera: o quizá no nacía de mí esa necesidad.

De vez en cuando pienso en el Camino de Santiago, en ascender desde el mar hasta Santo Toribio de Liébana, en conocer monasterios y santuarios que llevo años encontrando en libros, documentales o mapas. Algunos están relativamente cerca; otros pertenecen todavía a esa geografía imprecisa de los lugares a los que uno asegura que irá algún día.

Aquella mañana, sin embargo, estaba en Cuenca.

El Júcar corría a mi lado y yo no tenía ninguna intención de llegar a ninguna parte, más que seguir su sinuoso recorrido.

La hoz tiene la capacidad de apartar la ciudad sin hacerla desaparecer. Basta levantar la cabeza para encontrarla prendida de la roca, mientras abajo el mundo se reduce al río, los álamos, el pinar y las paredes calizas. Tal vez por eso me gusta caminar por aquí. La ciudad continúa estando cerca, pero durante un rato deja de imponerse.

Mi padre había mirado muchas veces este mismo paisaje. En Canto a Cuenca llamó a las del Júcar «mágicas hoces». Los pinares eran para él una «milicia serrana verde» levantada junto a «gigantes de piedra» y, a sus pies, el Júcar se convertía en un «encantado río» y en un «esmeralda poema».

Nunca he sabido mirar de esa manera. Yo veo pinos, roca, agua. Sé reconocer la belleza del lugar, por supuesto, y quizá precisamente por conocerlo desde siempre hay mañanas en que dejo de prestarle atención. Él parecía necesitar transformar lo que veía. La roca podía convertirse en criatura, la ciudad podía volar y un pinar adquirir la disciplina de un ejército.

Desde que murió me ocurre algo curioso con sus poemas: algunos lugares que conozco desde niño contienen también su manera de mirarlos. Sus palabras se han adherido al paisaje.

Cuando, en el inicio y el final del paseo, vuelvo la vista hacia la ladera del Barrio de la Luz, el de San Antón, me resulta difícil no recordar los versos con los que termina el poema que le dedicó:

«Blanco barrio tendido en la ladera,
trigueña Luz y Madre de las luces,
donde Cuenca se vio por vez primera.»

Siempre me gustó mucho ese último verso.

Donde Cuenca se vio por vez primera.

Hay algo hermoso en pensar que una ciudad, como una persona, tuvo también una primera vez. Un momento anterior a todo lo que vino después. Antes de la catedral, de las calles que trepan hacia el castillo, de los puentes, las iglesias, las casas y las generaciones que hemos terminado considerándolo nuestro paisaje, alguien tuvo que mirar estas hoces y decidir quedarse.

Quizá todos conservamos un lugar semejante, aunque no sepamos señalarlo: un punto del camino en el que algo comenzó.

Volví a pensar en mi padre.

Y reparé, una vez más, en una palabra que aparece constantemente en su poesía.

Luz.

Mi padre escribió mucho sobre la luz.

La circunstancia resulta inevitablemente paradójica cuando se conoce su historia. La degeneración macular fue reduciendo su mundo visible hasta dejarlo ciego durante los últimos años de su vida. La enfermedad terminó apartándolo definitivamente de una de sus grandes pasiones, la lectura. Había sido un lector voraz y llegó un momento en que ya no pudo abrir un libro y recorrer sus páginas por sí mismo.

Pero la ceguera no consiguió apartarlo de las letras.

Siempre que pienso en esa contradicción recuerdo a Borges. También él conoció la progresiva llegada de la oscuridad y dejó, en su Poema de los dones, unos versos que me han impresionado desde que aprendí a entenderlos:

«Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.»

A mi padre también le llegaron, de otra manera, los libros y la noche. La diferencia es que, cuando sus ojos dejaron de permitirle leer y escribir, encontró otros ojos.

Los míos.

Durante muchos años escribimos juntos.

Decirlo así puede inducir a error. Los poemas eran suyos. Las palabras, las imágenes, el ritmo y las correcciones nacían de él, aunque, a veces, en eso también le ayudaba. Pero mi labor era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más íntima: convertirme durante unas horas en la prolongación de unos ojos que ya no podían hacer aquello que habían hecho durante toda una vida.

Él dictaba y yo escribía.

Después leía.

Escuchaba atentamente y me detenía cuando me lo pedía. A veces quería cambiar un verso entero. Otras, solamente una palabra.

—Léeme otra vez el segundo cuarteto.

Volvía atrás y se lo leía.

Podíamos repetir la operación varias veces hasta que algo terminaba de encajar en su cabeza.

—No. «Camino» no. Pon «sendero».

Yo sustituía una palabra por otra y comenzaba de nuevo.

Así siguió escribiendo.

La ceguera pudo quitarle la lectura, pero no la literatura. Mientras él tuviera algo que decir, y yo pudiera sentarme a su lado para escribirlo, las palabras continuaban brotando.

No sé si entonces comprendí del todo lo que significaba aquel tiempo compartido. Las cosas que se repiten terminan adquiriendo apariencia de normalidad, incluso aquellas que, años después, daríamos cualquier cosa por repetir una vez más.

Para mí se volvió natural.

Mi padre necesitaba unos ojos y yo podía prestarle los míos.

También fuera de casa sucedía algo parecido. Si estábamos juntos podía preguntarme cómo estaba el cielo, quién acababa de entrar o qué se veía desde determinado lugar. Yo le describía lo que tenía delante. Las nubes, los árboles, la gente, el color de una tarde. A veces, seguramente, con poca precisión. Uno no nace sabiendo mirar para otro.

Cuando alguien necesita tus ojos, aprendes a mirar por los dos.

Quizá por eso me resulta ahora tan llamativo regresar a sus poemas y encontrar tanta luz.

La luz sobre la piedra. La luna llena. Los amaneceres. Las estrellas. El resplandor del agua. Las sombras y la claridad. La aurora.

En Roca caliza, por ejemplo, la piedra herida por el agua y por el viento se convierte en «piedra ensoñada», rodeada por una «fantasía de pinos en cascada»; el paisaje acaba transformándose en un sueño en el que conviven, de nuevo, las luces y las sombras.

Durante años pensé que aquella insistencia pertenecía simplemente a su lenguaje poético. Ahora ya no estoy tan seguro.

Tal vez quien está perdiendo la luz aprende a concederle una importancia que quienes disponemos de ella no advertimos.

O quizá la explicación sea mucho más sencilla: mi padre continuaba viendo los lugares que había amado porque los llevaba dentro.

Seguí caminando junto al Júcar.

El agua pasaba entre los árboles con esa indiferencia que tienen los ríos hacia nuestras preocupaciones mundanas. Mi padre también había escrito sobre ella. En uno de sus poemas hizo que el Júcar se embriagara de la hermosura de Torremangana y que la imagen reflejada huyera después bajo el puente, arrastrada por los rápidos del río, «en perenne mudanza y desvarío».

Miré la corriente.

Todo aquello que aparece reflejado en un río permanece apenas unos segundos.

Después el agua se lo lleva.

Pensé que, en cierto modo, durante los últimos años de su vida habíamos hecho el recorrido contrario. Yo miraba y le prestaba mis ojos. Él recogía algunas de aquellas imágenes, las mezclaba con sus recuerdos y las convertía en palabras.

Ahora que él ya no está, soy yo quien camina por estos lugares y encuentra sus palabras en aquello que mira.

Nunca hablamos de ello de esta manera.

Ni siquiera sé si él habría estado de acuerdo.

Pero algunas veces tengo la sensación de que nuestros caminos se están cruzando ahora de una forma que no llegaron a cruzarse mientras vivía. No porque yo esté siguiendo sus pasos ni porque pretenda continuar aquello que dejó incompleto. Mi vida ha sido distinta. Mis pérdidas son otras. También lo son mis errores, mis afectos, mis dudas y las decisiones que me han traído hasta aquí.

Y, sin embargo, he terminado haciéndome algunas de las mismas preguntas.

No he llegado a ellas siguiéndolo.

Eso es precisamente lo que me intriga.

He llegado por otro camino.

Quizá por eso había regresado hacía poco al Seminario.

Mi padre estudió allí de joven. Yo conocía esa parte de su historia desde siempre, pero durante mucho tiempo no había sentido ninguna necesidad especial de recorrer aquellos espacios, aquellas estancias y pasillos. La necesidad apareció cuando él ya no podía acompañarme.

Entré intentando imaginar al muchacho que había sido.

Se me antoja algo extraño, cuando se trata de nuestros padres. Los conocemos después de que hayan tomado las decisiones que hicieron posible nuestra existencia y tendemos a pensar que siempre fueron las personas que nosotros conocimos. Pero hubo un tiempo en que mi padre todavía no era mi padre.

Era simplemente Santiago.

Un joven.

Y estaba en un seminario.

Podía haber seguido allí. Podía haber elegido otra vida. Pero salió a los 19 años.

Definitivamente, no siguió el camino para el que aquel edificio parecía prepararlo.

Y yo existo, entre otras innumerables casualidades y decisiones, porque no lo siguió.

Lo curioso es que abandonar el seminario no significó abandonar la búsqueda que probablemente lo había llevado hasta allí.

Décadas después escribió Camino del despertar. Luces y sombras.

Años más tarde, La Aurora.

Camino. Despertar. Luces. Sombras. Aurora.

Durante mucho tiempo fueron para mí títulos y palabras recurrentes en su poesía. Ahora, mientras avanzo por una etapa de mi vida muy diferente de aquella en la que él escribió esos libros, tengo la certeza de que nombraban también las estaciones de una búsqueda.

La suya.

No necesariamente la mía.

Cuando publicó Camino del despertar, yo estaba en otro momento de mi vida. Sus preguntas eran las suyas y las mías eran otras. Seguíamos siendo dos hombres distintos, de generaciones distintas, con experiencias distintas.

He amado a otras personas, he sufrido otras pérdidas y he buscado respuestas por caminos que probablemente él no habría recorrido. He necesitado transitar mi propia biografía para comprender cosas a las que quizá él llegó desde la suya.

Y, sin embargo, algunas veces llego a un lugar interior y encuentro allí una huella suya.

Eso es lo que quiero explorar.

No quiero escribir una explicación de sus poemas. Tampoco reconstruir su pensamiento para convertirlo en una doctrina que él nunca pretendió impartir. Mucho menos utilizar su vida para evitar vivir la mía.

Quiero caminar. Quiero volver a viajar.

Quiero recorrer algunos de esos caminos que desde hace siglos atraviesan hombres y mujeres que buscan algo, aunque no siempre sepan darle nombre. Quiero hacer el Camino de Santiago. Quiero llegar andando hasta Santo Toribio de Liébana y detenerme ante la reliquia de la Santa Cruz, y rezar el sonetillo de Lignum Crucis. Quiero conocer monasterios y santuarios, caminar por montañas, entrar en iglesias vacías y sentarme sin esperar que ocurra nada.

Quizá algún día pueda llegar mucho más lejos. Pero también quiero regresar a la cercanía del Seminario.

Entrar en la Catedral , “de caz y peña”. Caminar por la hoz del Huécar. Seguir los senderos del Júcar. Volver a mirar, una vez más, mi propia ciudad.

Porque quizá el viaje no tenga que comenzar lejos.

Aquella mañana, el camino continuaba delante de mí exactamente igual que tantas otras veces. El Júcar seguía corriendo, los pinos continuaban aferrados a las laderas y las rocas permanecían, vigilantes, donde llevaban miles de años.

Seguí andando.

Mi padre llamó al suyo Camino del despertar. Yo todavía no sé cómo llamar al mío.

Pero ya lo estoy recorriendo.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Dos caminos, una misma búsqueda

Durante muchos años compartí con mi padre algo más que una relación entre padre e hijo. Compartimos palabras.

Mi padre, Santiago Cuerda Morcillo, escribió buena parte de su obra durante los años en que una degeneración macular fue reduciendo progresivamente su visión hasta impedirle leer y escribir por sí mismo. Aquello supuso una pérdida enorme para alguien que había sido un lector incansable, pero no puso fin a su relación con la literatura.

Durante mucho tiempo fui sus ojos y sus manos. Él dictaba, yo escribía; después leía en voz alta lo que acabábamos de poner sobre el papel y él corregía, cambiaba una palabra, ajustaba un verso o volvía sobre una estrofa.

Los poemas eran suyos. Pero aquel tiempo alrededor de las palabras fue nuestro.

Y nuestra relación con su poesía no terminó en la escritura. Durante años jugué con sus versos de muchas maneras, algo que a él le agradaba. Organicé recitales en los que la poesía dialogaba con la música de cámara, hice audiovisuales, grabé audiopoemas y busqué diferentes formas de sacar aquellos textos de las páginas de sus libros y llevarlos a otros lugares. Algunos de sus versos terminaron incluso tatuados en mi piel.

Quizá por eso nunca he sentido la poesía de mi padre como una obra cerrada. Para mí ha sido siempre una materia viva, capaz de cambiar de voz, de acompañarse de música o imágenes y, con el paso de los años, de adquirir nuevos significados.

Ahora vuelvo a jugar con ella de otra manera.

Mi padre tituló su primer poemario Camino del despertar. Luces y sombras. Años después publicó La Aurora. Entre ambos títulos puede intuirse el itinerario de una búsqueda: caminar, atravesar luces y sombras y dirigirse hacia una claridad que nunca termina de poseerse del todo.

Con los años he descubierto que, sin haber seguido exactamente su camino, he llegado a algunos de los mismos lugares.

Y no me refiero sólo a lugares interiores.

Mi padre escribió sobre Cuenca, sus hoces, sus ríos, su Catedral, sus montañas, sus pueblos y algunos de los rincones que formaban parte de su paisaje cotidiano. Pero escribió también sobre el amor y la pérdida, la muerte y la esperanza, Dios, la belleza, el sueño, la palabra y el misterio de estar vivos.

Muchos de aquellos lugares forman también parte de mi paisaje. Y algunas de aquellas preguntas han terminado apareciendo, a su manera, en mi propia vida.

De ahí nacen estos textos.

No pretenden explicar la poesía de mi padre ni reconstruir su biografía. Tampoco son exactamente unas memorias, un libro de viajes o un ejercicio de desarrollo personal. Hay algo de todo ello, pero prefiero pensar que son la continuación de una conversación.

A veces el punto de partida será un lugar: el Júcar, la Catedral de Cuenca, un mirador sobre la ciudad, una vieja iglesia cuyas paredes ha llenado de imágenes un amigo de juventud. Otras veces será un camino, un viaje, un santuario o simplemente un verso que, muchos años después de haber sido escrito, parece decirme algo distinto.

El paisaje conduce a una reflexión. La experiencia vivida aporta otra mirada. Y, en algún momento, aparecen las palabras de mi padre.

No siempre para confirmar las mías.

No quiero convertir sus poemas en respuestas que él nunca pretendió dar ni hacer de mi padre una especie de guía que hubiera recorrido mi vida antes que yo. Él tuvo su búsqueda y yo tengo la mía. En algunas cosas coincidimos; en otras, seguramente no. Lo que me interesa son esos lugares en los que dos caminos recorridos por separado terminan cruzándose.

Hay experiencias que sólo comprendemos muchos años después. Hay lugares que creemos conocer hasta que aprendemos a mirarlos de otra manera. Y hay palabras que permanecen durante décadas en nuestra memoria hasta que la vida nos lleva al lugar desde el que podemos entenderlas.

Eso es, en buena medida, lo que estoy haciendo aquí.

Volver a caminar por algunos lugares que mi padre contempló. Leer de nuevo lo que escribió sobre ellos. Confrontarlo con lo que yo veo ahora y con lo que he aprendido mientras llegaba hasta aquí.

Pero el camino no terminará en Cuenca.

Quiero volver a viajar. Recorrer caminos de peregrinación, entrar en monasterios y santuarios, caminar por montañas y ciudades, conocer lugares en los que otros seres humanos han buscado antes que yo respuestas a las mismas preguntas que seguimos haciéndonos desde la noche de los tiempos. Algunos tendrán una relación directa con la obra de mi padre. En otros estaré solo ante el paisaje y tendré que encontrar mis propias palabras.

Por eso este espacio tampoco está escrito desde el final del camino. Irá creciendo mientras lo recorro.

Junto a estos textos habrá poemas de mi padre, audiopoemas y algunas de aquellas otras formas con las que durante años jugamos con su obra. En ocasiones aparecerán dentro de los propios relatos, cuando el poema y el lugar mantengan una conversación especialmente estrecha. Habrá también un espacio desde el que acercarse directamente a sus libros para quien quiera conocerlos completos.

Pero no quisiera que esto se convirtiera solamente en un archivo dedicado a conservar lo que dejó.

Conservar es importante. Continuar también.

Tal vez por eso algunos de sus versos están escritos sobre mi piel.

Durante los últimos años de su vida, cuando sus ojos ya no podían hacerlo, yo miré y leí muchas veces por él. Ahora sucede algo extraño: camino por lugares que conozco desde siempre y, de pronto, recuerdo uno de sus versos y descubro algo que antes no había visto.

Él ya no está para escuchar lo que voy escribiendo. Aunque me acompaña su espíritu.

Y la conversación continúa.

Mi padre llamó al suyo Camino del despertar.

Yo todavía sigo recorriendo el mío.