A menudo voy a la hoz del Júcar a caminar. Me pongo las zapatillas, cierro
la puerta y dejo que sean las calles las que vayan resolviendo por mí. Conozco
demasiado bien el recorrido como para necesitar pensarlo. El cuerpo sabe dónde
girar, dónde comienza la bajada y en qué momento el ruido de la ciudad va disipándose
mientras aparece el rumor constante del agua.
He pasado por aquí cientos de veces. Quizá miles. Y, sin embargo, pocas
veces he considerado estos paseos como viajes.
Un viaje parece exigir distancia. Una maleta, una carretera, un billete.
Algo que justifique poder decir después que uno se ha ido. Durante mucho tiempo
viajar significó para mí precisamente eso: abandonar durante unos días los
lugares conocidos y poner kilómetros de por medio. Últimamente lo hago mucho
menos de lo que quisiera: o quizá no nacía de mí esa necesidad.
De vez en cuando pienso en el Camino de Santiago, en ascender desde el mar
hasta Santo Toribio de Liébana, en conocer monasterios y santuarios que llevo
años encontrando en libros, documentales o mapas. Algunos están relativamente
cerca; otros pertenecen todavía a esa geografía imprecisa de los lugares a los
que uno asegura que irá algún día.
Aquella mañana, sin embargo, estaba en Cuenca.
El Júcar corría a mi lado y yo no tenía ninguna intención de llegar a
ninguna parte, más que seguir su sinuoso recorrido.
La hoz tiene la capacidad de apartar la ciudad sin hacerla desaparecer.
Basta levantar la cabeza para encontrarla prendida de la roca, mientras abajo
el mundo se reduce al río, los álamos, el pinar y las paredes calizas. Tal vez
por eso me gusta caminar por aquí. La ciudad continúa estando cerca, pero
durante un rato deja de imponerse.
Mi padre había mirado muchas veces este mismo paisaje. En Canto a Cuenca
llamó a las del Júcar «mágicas hoces». Los pinares eran para él una «milicia
serrana verde» levantada junto a «gigantes de piedra» y, a sus pies, el Júcar
se convertía en un «encantado río» y en un «esmeralda poema».
Nunca he sabido mirar de esa manera. Yo veo pinos, roca, agua. Sé reconocer
la belleza del lugar, por supuesto, y quizá precisamente por conocerlo desde
siempre hay mañanas en que dejo de prestarle atención. Él parecía necesitar
transformar lo que veía. La roca podía convertirse en criatura, la ciudad podía
volar y un pinar adquirir la disciplina de un ejército.
Desde que murió me ocurre algo curioso con sus poemas: algunos lugares que
conozco desde niño contienen también su manera de mirarlos. Sus palabras se han
adherido al paisaje.
Cuando, en el inicio y el final del paseo, vuelvo la vista hacia la ladera
del Barrio de la Luz, el de San Antón, me resulta difícil no recordar los
versos con los que termina el poema que le dedicó:
«Blanco barrio tendido en la ladera,
trigueña Luz y Madre de las luces,
donde Cuenca se vio por vez primera.»
Siempre me gustó mucho ese último verso.
Donde Cuenca se vio por vez primera.
Hay algo hermoso en pensar que una ciudad, como una persona, tuvo también
una primera vez. Un momento anterior a todo lo que vino después. Antes de la
catedral, de las calles que trepan hacia el castillo, de los puentes, las
iglesias, las casas y las generaciones que hemos terminado considerándolo
nuestro paisaje, alguien tuvo que mirar estas hoces y decidir quedarse.
Quizá todos conservamos un lugar semejante, aunque no sepamos señalarlo: un
punto del camino en el que algo comenzó.
Volví a pensar en mi padre.
Y reparé, una vez más, en una palabra que aparece constantemente en su
poesía.
Luz.
Mi padre escribió mucho sobre la luz.
La circunstancia resulta inevitablemente paradójica cuando se conoce su
historia. La degeneración macular fue reduciendo su mundo visible hasta dejarlo
ciego durante los últimos años de su vida. La enfermedad terminó apartándolo
definitivamente de una de sus grandes pasiones, la lectura. Había sido un
lector voraz y llegó un momento en que ya no pudo abrir un libro y recorrer sus
páginas por sí mismo.
Pero la ceguera no consiguió apartarlo de las letras.
Siempre que pienso en esa contradicción recuerdo a Borges. También él
conoció la progresiva llegada de la oscuridad y dejó, en su Poema de los
dones, unos versos que me han impresionado desde que aprendí a entenderlos:
«Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.»
A mi padre también le llegaron, de otra manera, los libros y la noche. La
diferencia es que, cuando sus ojos dejaron de permitirle leer y escribir,
encontró otros ojos.
Los míos.
Durante muchos años escribimos juntos.
Decirlo así puede inducir a error. Los poemas eran suyos. Las palabras, las
imágenes, el ritmo y las correcciones nacían de él, aunque, a veces, en eso
también le ayudaba. Pero mi labor era mucho más sencilla y, al mismo tiempo,
mucho más íntima: convertirme durante unas horas en la prolongación de unos
ojos que ya no podían hacer aquello que habían hecho durante toda una vida.
Él dictaba y yo escribía.
Después leía.
Escuchaba atentamente y me detenía cuando me lo pedía. A veces quería
cambiar un verso entero. Otras, solamente una palabra.
—Léeme otra vez el segundo cuarteto.
Volvía atrás y se lo leía.
Podíamos repetir la operación varias veces hasta que algo terminaba de
encajar en su cabeza.
—No. «Camino» no. Pon «sendero».
Yo sustituía una palabra por otra y comenzaba de nuevo.
Así siguió escribiendo.
La ceguera pudo quitarle la lectura, pero no la literatura. Mientras él
tuviera algo que decir, y yo pudiera sentarme a su lado para escribirlo, las
palabras continuaban brotando.
No sé si entonces comprendí del todo lo que significaba aquel tiempo
compartido. Las cosas que se repiten terminan adquiriendo apariencia de
normalidad, incluso aquellas que, años después, daríamos cualquier cosa por
repetir una vez más.
Para mí se volvió natural.
Mi padre necesitaba unos ojos y yo podía prestarle los míos.
También fuera de casa sucedía algo parecido. Si estábamos juntos podía
preguntarme cómo estaba el cielo, quién acababa de entrar o qué se veía desde
determinado lugar. Yo le describía lo que tenía delante. Las nubes, los árboles,
la gente, el color de una tarde. A veces, seguramente, con poca precisión. Uno
no nace sabiendo mirar para otro.
Cuando alguien necesita tus ojos, aprendes a mirar por los dos.
Quizá por eso me resulta ahora tan llamativo regresar a sus poemas y encontrar
tanta luz.
La luz sobre la piedra. La luna llena. Los amaneceres. Las estrellas. El
resplandor del agua. Las sombras y la claridad. La aurora.
En Roca caliza, por ejemplo, la piedra herida por el agua y por el
viento se convierte en «piedra ensoñada», rodeada por una «fantasía de pinos en
cascada»; el paisaje acaba transformándose en un sueño en el que conviven, de
nuevo, las luces y las sombras.
Durante años pensé que aquella insistencia pertenecía simplemente a su
lenguaje poético. Ahora ya no estoy tan seguro.
Tal vez quien está perdiendo la luz aprende a concederle una importancia
que quienes disponemos de ella no advertimos.
O quizá la explicación sea mucho más sencilla: mi padre continuaba viendo
los lugares que había amado porque los llevaba dentro.
Seguí caminando junto al Júcar.
El agua pasaba entre los árboles con esa indiferencia que tienen los ríos
hacia nuestras preocupaciones mundanas. Mi padre también había escrito sobre
ella. En uno de sus poemas hizo que el Júcar se embriagara de la hermosura de
Torremangana y que la imagen reflejada huyera después bajo el puente,
arrastrada por los rápidos del río, «en perenne mudanza y desvarío».
Miré la corriente.
Todo aquello que aparece reflejado en un río permanece apenas unos
segundos.
Después el agua se lo lleva.
Pensé que, en cierto modo, durante los últimos años de su vida habíamos
hecho el recorrido contrario. Yo miraba y le prestaba mis ojos. Él recogía
algunas de aquellas imágenes, las mezclaba con sus recuerdos y las convertía en
palabras.
Ahora que él ya no está, soy yo quien camina por estos lugares y encuentra
sus palabras en aquello que mira.
Nunca hablamos de ello de esta manera.
Ni siquiera sé si él habría estado de acuerdo.
Pero algunas veces tengo la sensación de que nuestros caminos se están
cruzando ahora de una forma que no llegaron a cruzarse mientras vivía. No
porque yo esté siguiendo sus pasos ni porque pretenda continuar aquello que
dejó incompleto. Mi vida ha sido distinta. Mis pérdidas son otras. También lo
son mis errores, mis afectos, mis dudas y las decisiones que me han traído
hasta aquí.
Y, sin embargo, he terminado haciéndome algunas de las mismas preguntas.
No he llegado a ellas siguiéndolo.
Eso es precisamente lo que me intriga.
He llegado por otro camino.
Quizá por eso había regresado hacía poco al Seminario.
Mi padre estudió allí de joven. Yo conocía esa parte de su historia desde
siempre, pero durante mucho tiempo no había sentido ninguna necesidad especial
de recorrer aquellos espacios, aquellas estancias y pasillos. La necesidad
apareció cuando él ya no podía acompañarme.
Entré intentando imaginar al muchacho que había sido.
Se me antoja algo extraño, cuando se trata de nuestros padres. Los
conocemos después de que hayan tomado las decisiones que hicieron posible
nuestra existencia y tendemos a pensar que siempre fueron las personas que
nosotros conocimos. Pero hubo un tiempo en que mi padre todavía no era mi padre.
Era simplemente Santiago.
Un joven.
Y estaba en un seminario.
Podía haber seguido allí. Podía haber elegido otra vida. Pero salió a los
19 años.
Definitivamente, no siguió el camino para el que aquel edificio parecía
prepararlo.
Y yo existo, entre otras innumerables casualidades y decisiones, porque no
lo siguió.
Lo curioso es que abandonar el seminario no significó abandonar la búsqueda
que probablemente lo había llevado hasta allí.
Décadas después escribió Camino del despertar. Luces y sombras.
Años más tarde, La Aurora.
Camino. Despertar. Luces. Sombras. Aurora.
Durante mucho tiempo fueron para mí títulos y palabras recurrentes en su
poesía. Ahora, mientras avanzo por una etapa de mi vida muy diferente de
aquella en la que él escribió esos libros, tengo la certeza de que nombraban
también las estaciones de una búsqueda.
La suya.
No necesariamente la mía.
Cuando publicó Camino del despertar, yo estaba en otro momento de mi
vida. Sus preguntas eran las suyas y las mías eran otras. Seguíamos siendo dos
hombres distintos, de generaciones distintas, con experiencias distintas.
He amado a otras personas, he sufrido otras pérdidas y he buscado
respuestas por caminos que probablemente él no habría recorrido. He necesitado transitar
mi propia biografía para comprender cosas a las que quizá él llegó desde la
suya.
Y, sin embargo, algunas veces llego a un lugar interior y encuentro allí
una huella suya.
Eso es lo que quiero explorar.
No quiero escribir una explicación de sus poemas. Tampoco reconstruir su
pensamiento para convertirlo en una doctrina que él nunca pretendió impartir.
Mucho menos utilizar su vida para evitar vivir la mía.
Quiero caminar. Quiero volver a viajar.
Quiero recorrer algunos de esos caminos que desde hace siglos atraviesan
hombres y mujeres que buscan algo, aunque no siempre sepan darle nombre. Quiero
hacer el Camino de Santiago. Quiero llegar andando hasta Santo Toribio de
Liébana y detenerme ante la reliquia de la Santa Cruz, y rezar el sonetillo de Lignum
Crucis. Quiero conocer monasterios y santuarios, caminar por montañas,
entrar en iglesias vacías y sentarme sin esperar que ocurra nada.
Quizá algún día pueda llegar mucho más lejos. Pero también quiero regresar
a la cercanía del Seminario.
Entrar en la Catedral , “de caz y peña”. Caminar por la hoz del Huécar. Seguir
los senderos del Júcar. Volver a mirar, una vez más, mi propia ciudad.
Porque quizá el viaje no tenga que comenzar lejos.
Aquella mañana, el camino continuaba delante de mí exactamente igual que
tantas otras veces. El Júcar seguía corriendo, los pinos continuaban aferrados
a las laderas y las rocas permanecían, vigilantes, donde llevaban miles de
años.
Seguí andando.
Mi padre llamó al suyo Camino del despertar. Yo todavía no sé cómo
llamar al mío.
Pero ya lo estoy recorriendo.