viernes, 23 de octubre de 2026

Sinrazón y ventura

Los Callejones de Las Majadas tienen algo de laberinto, aunque sea un laberinto natural. Uno sabe que no va a perderse de verdad, que el recorrido está señalizado y que, antes o después, encontrará la salida. Pero entre las paredes de roca, los pasos estrechos y los recodos que esconden lo que viene después, permanece durante un rato el pequeño placer de no tener demasiado claro por dónde continúa el camino.

Mi padre debió de sentir algo parecido cuando escribió sobre aquel lugar:

«Monumento rocoso en Las Majadas,

enigma en laberinto y callejones,
elevados picachos y crestones,
belleza y magia sobre roca alzadas.»
y tres veces volví sobre lo andado,
un barco sin timón en puerto anclado,
honda prisión impide que me vaya.»
para vivir, para soñar.»

Hay una diferencia, claro, entre perderse allí y perderse en la vida. En Los Callejones basta con volver unos metros hacia atrás si una abertura no conduce a ninguna parte. Fuera de ellos las cosas suelen ser algo más complicadas, sobre todo porque casi nunca sabemos, mientras estamos recorriendo un camino, si acabará siendo el nuestro.

Después de mi última ruptura de pareja tuve durante un tiempo esa sensación. No tanto la de estar completamente perdido —creo que nunca lo estuve— como la de haber salido de una vida que durante años había tenido una forma bastante definida y encontrarme, de repente, sin saber muy bien cuál sería la siguiente. En aquella época empecé a hacer cursos, formaciones y trabajos que poco tenían que ver con lo que había hecho anteriormente. Probé cosas distintas, algunas bastante alejadas entre sí, y seguramente, desde fuera, mi trayectoria debía de parecer un poco desconcertante.

Ahora que ha pasado el tiempo creo que entiendo mejor para qué sirvió todo aquello, aunque no estoy seguro de que entonces me lo planteara así. Necesitaba mantenerme ocupado, aprender cosas nuevas, tener proyectos delante y recuperar, poco a poco, mi centro. Algunas de aquellas formaciones tuvieron después utilidad profesional; otras, bastante menos. Algunas abrieron posibilidades y otras no llegaron a ninguna parte. Pero quizá medirlas únicamente por aquello en lo que desembocaron sería no entender bien lo que estaba ocurriendo.

Tendemos a pensar que un camino sólo ha merecido la pena si nos ha llevado a algún sitio. Sin embargo, no creo que la vida funcione de una manera tan contable.

No quisiera convertir con esto cada desvío en una pieza secreta de un destino perfectamente diseñado. Esa idea me resulta demasiado cómoda vista desde el presente. Hay decisiones que, simplemente, no fueron buenas, cosas en las que insistimos más de lo necesario y caminos que, si pudiéramos volver atrás con lo que sabemos ahora, probablemente no tomaríamos.

Mi padre escribió en el mismo poema de Los Callejones una expresión que me gusta especialmente:

«sinrazón y ventura emparejadas.»

Me parece una combinación bastante más realista que pensar que todo sucede por alguna razón que un día comprenderemos. En una vida se mezclan la sinrazón y la ventura con bastante naturalidad. Decisiones equivocadas que terminan dejando algo bueno; casualidades aparentemente insignificantes que cambian mucho más de lo esperado; planes sensatos que fracasan y otros improvisados que, contra todo pronóstico, encuentran su sitio.

También mi padre reflexionó, desde circunstancias muy distintas de las mías, sobre esa sensación de no encontrar inmediatamente la salida. En Desesperanza escribió:

«Tres veces del umbral toqué la raya,

Siempre me llama la atención ese «volví sobre lo andado». Hay momentos en los que avanzar consiste precisamente en eso: probar, comprobar que por allí no es y regresar. Lo difícil quizá sea aceptar que volver unos pasos atrás no borra el camino que ya hemos recorrido.

En otro poema se definió como un «barco sin norte, rumbo ni concierto» y, frente a ese desconcierto, no pidió ninguna revelación extraordinaria. Deseó que regresaran la calma, una vida sencilla, el amor, la paz y la esperanza.

En La Aurora, mi padre escribió algo que parece contradecir esa necesidad de que todo sea recto:

«Es preciso perder para ganar,

No sé si siempre es preciso perder. Probablemente no. Hay pérdidas que habríamos preferido evitar y errores de los que podríamos haber prescindido perfectamente. Pero sí creo que podemos seguir viviendo después de ellos sin considerar que todo lo anterior no vale para nada.

Puedo aceptar que una relación tuvo sentido durante años y terminó. Que determinada elección fue razonable para la persona que yo era entonces, aunque hoy eligiera de otro modo. Que pasé por trabajos, cursos y proyectos que no se convirtieron en mi profesión y que, aun así, formaron parte de una etapa en la que necesitaba reconstruir algunas cosas.

Tal vez por eso me gustan los laberintos de piedra de Las Majadas. No plantean demasiadas exigencias. Si uno toma un paso que termina contra una pared, da media vuelta. Si encuentra otra abertura, continúa. Simplemente sigue caminando.

Y quizá haya algo de eso que podamos permitirnos también fuera de Los Callejones: reconocer que no siempre sabemos hacia dónde vamos, cambiar de dirección cuando hace falta y admitir, sin demasiado dramatismo, que alguna vez nos equivocamos.

Después de todo, la vida puede contener al mismo tiempo bastante sinrazón y bastante ventura. Y no siempre resulta fácil saber cuál de las dos estamos atravesando mientras recorremos el laberinto.

miércoles, 21 de octubre de 2026

10 minutos con Jesús

Yo no concibo mi vida sin la presencia sincera del agradecimiento. Agradezco, al comenzar el día, por el mero hecho de estar vivo, por tener salud y por tener a los míos también vivos y con salud.

Lo hago, muchos días, mientras me deleito contemplando la naturaleza agreste y desmedida del bello entorno de mi ciudad de Cuenca.

Muchas veces me dirijo a mi padre, que ya no está aquí, y también a mi Padre, Señor de todo lo creado. Y mi paseo se convierte en plegaria, especialmente por quienes sufren y, de manera particular, por quienes lo hacen en mi entorno más cercano.

Desde hace varios años tengo también por costumbre dedicar unos minutos a la reflexión y a la oración al acabar la jornada. Lo hago con la aplicación 10 minutos con Jesús, la lectura diaria de las Sagradas Escrituras y una breve charla en torno a ellas.

Esta bonita rutina forma parte de la salud de mi vida espiritual, que es el área más importante para mí, pero que convive con mi vida social, mi vida profesional, mi vida económica, mi vida física…

Hoy, en el momento de escribir estas líneas —no cuando las publique, ni cuando tú puedas leerlas—, en la lectura de san Lucas 9, 18-22, Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es él. Para, a continuación, requerirles:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Pedro le contestó:

—El Cristo de Dios.

La reflexión del día se llama Fe sin complejos.

Yo no escondo mi fe ni me acomplejo de ella, porque es uno de los pilares de mi vida. Me da paz y estabilidad. Me ayuda a relativizar la pequeñez de tantas cosas mundanas y a mantener viva la esperanza en el más allá.

Pero creo que mi fe se manifiesta de una manera todavía más sencilla en eso que intento practicar cada día: dar las gracias.

No hacen falta grandes acontecimientos. Muchas veces basta un paseo.

Hay mañanas en las que camino junto al Júcar o por alguna de las hoces y tengo la sensación de que casi todo lo importante estaba allí antes de que yo llegara: el río, las rocas, los árboles, el cielo. Y entonces resulta difícil no sentirse pequeño.

Quizá agradecer empiece por reconocer precisamente que no somos los autores de todo cuanto somos.

He vuelto mucho sobre esta idea durante el trabajo de revisión de mi propia biografía que he realizado en los últimos tiempos. Cuando uno mira hacia atrás encuentra decisiones, aciertos, errores y heridas. Pero encuentra también una cantidad inmensa de cosas que nunca decidió.

Yo no elegí nacer. Ni elegí a mis padres, ni a mis abuelos. No elegí esta ciudad ni estas hoces. No elegí muchas de las personas que terminaron siendo importantes en mi vida. Todo eso me fue dado.

Y hasta algunas de las cosas más dolorosas de mi historia han terminado dejando, junto al dolor, espacio para el agradecimiento. La muerte de mi padre fue una de ellas.

Agradezco haberlo tenido siempre cerca. Haber podido acompañarlo y cuidarlo cuando se acercaba el final. Haber compartido con él tantas cosas y, entre ellas, las palabras.

Tal vez por eso ahora, cuando leo algunos de sus versos, nuestra conversación continúa.

Mi padre también encontró en la fe una forma de mirar hacia el final sin considerar que allí terminaba el camino. En Eterna primavera escribió:

“La luz de nuestra fe nos asegura

que un día el leño herido y derribado
remontará del valle la espesura,
por el Sol del amor y la hermosura,
alfa y omega de todo lo creado”.

camino del Tabor iluminado

Mi fe no consiste en tener todas las respuestas de la vida. Yo, desde luego, no las tengo. Hay dolores que no comprendo. Hay pérdidas para las que ninguna explicación me parece suficiente. Hay ocasiones en las que uno reza y lo único que parece recibir a cambio es silencio. Pero la fe consiste en confiar.

Mi padre utilizó muchas veces la imagen del camino. No por casualidad llamó a su primer poemario Camino del despertar. Y en el poema que le da título escribió:

“No dejes de caminar

con ensueño peregrino,

haciendo leve el camino,

camino del despertar”.

Mi manera de caminar ese camino es mucho menos poética.

Pero siempre saco tiempo para esos diez minutos. Diez minutos al final del día en los que intento detener todo lo demás. A veces estoy atento y otras me distraigo un poco. Algunas noches una frase se queda conmigo. Otras termino, cansado de los afanes del día, y apenas soy capaz luego de recordar lo que he escuchado.

Pero vuelvo al día siguiente. Vuelvo a caminar y vuelvo a dar gracias.

Y, al avanzar en la vida, tengo la certeza de que agradecer no consiste en pensar que todo es bueno. Hay enfermedades, injusticias, despedidas y pérdidas que duelen y seguirán doliendo. Agradecer es descubrir que, incluso cuando no podemos elegir lo que nos sucede, todavía podemos reconocer todo aquello que nos ha sido dado.

La gente que hemos amado y la que todavía podemos abrazar. Los caminos que hemos recorrido. La belleza que hemos contemplado. El tiempo que aún tenemos.

Por eso algunas mañanas hablo con mi padre mientras camino. Y hablo también con mi Padre. A uno le doy las gracias por lo que me dejó.  A Dios, por habérmelo dado.

lunes, 19 de octubre de 2026

Me llamo Pachón

Cuando criamos con Dina no quise poner nombre a los cachorros. Sabía que tendría que regalar la mayoría y pensé, quizá ingenuamente, que no bautizarlos haría menos doloroso separarme de ellos.

Al final me quedé con dos: Pachón y Nana.

Pachón era un perrito tan tranquilo que, en sus primeras salidas al parque, ya se tumbaba en el ascensor de casa. Apenas se cerraban las puertas y él parecía considerar que aquel breve trayecto entre plantas merecía ser aprovechado para descansar.

No podía haber mayor acierto en el nombre. O acaso fue al revés.

No recuerdo bien si lo llamamos Pachón porque ya apuntaba maneras o si, una vez bautizado, empezamos a interpretar su carácter a través de su nombre.

A su hermana querían llamarla Princesa. Me negué en rotundo. No tenía nada contra la realeza ni contra la perrita, pero no me veía gritando «¡Princesa!» a pleno pulmón por un parque. Se quedó en Nana, que era bastante más manejable.

Siempre me han intrigado los nombres.

Yo me llamo igual que mi padre: Santiago. Y en su familia hubo algún Santiago más. Durante muchos años eso no tuvo para mí ninguna trascendencia especial. Era mi nombre y poco más. Pero con el tiempo he ido reconociendo en mí bastantes cosas de mi padre.

Algunas serán aprendidas. Otras vendrán de más atrás. La genética habrá hecho su trabajo y la convivencia habrá hecho el suyo. Incluso se habla ahora de mecanismos epigenéticos capaces de transmitir ciertas huellas entre generaciones, aunque yo no sabría decir dónde termina la ciencia y dónde empiezan las interpretaciones que hacemos de ella.

Lo que me resulta más curioso es otra cosa. Hasta mi rúbrica terminó pareciéndose bastante a la de mi padre. No recuerdo haber intentado imitarla intencionadamente ¿O tal vez sí?

Y entonces aparece una pregunta que probablemente no tenga respuesta: ¿puede un nombre influir de algún modo en la persona que termina llevándolo?

No me refiero a que cinco o seis letras contengan un carácter secreto. Sería absurdo pensar que todos los Santiago compartimos una determinada manera de estar en el mundo. Pero un nombre tampoco es solamente una combinación de sonidos.

Sobre todo, cuando es un nombre heredado.

Antes de ser mío, Santiago ya había sido pronunciado miles de veces para llamar a mi padre. Había atravesado su infancia, su juventud, su matrimonio, su trabajo, sus amistades. Mi madre lo había utilizado durante toda una vida para dirigirse a él y, al mismo tiempo, lo utilizaba para llamarme a mí.

Quizá un nombre heredado no determine nada, pero tampoco llega vacío.

Pachón tampoco llegó vacío al suyo.

Era tranquilo, cariñoso, obediente y extraordinariamente bueno. Mi padre lo retrató así en uno de aquellos poemillas que escribió para su nieta Celia.

Porque el pequeño peluche de Pachón nació hace casi diecisiete años, prácticamente los mismos que va a cumplir ahora mi sobrina. Fue divertido ver crecer juntos a la niña y al cachorro, observar sus juegos y esa relación natural que establecen los niños con los animales, antes de que nadie tenga que explicarles en qué consiste.

Mi padre acabó metiendo a los dos en un poema.

En Celia y Pachón imaginó una conversación entre ellos. Pachón habla y se presenta como un «perro fiel y agradecido». Celia le responde llamándolo «mimoso perrito» y «bello peluche blanquito».

Hasta que la niña hace una de esas preguntas que solamente un niño puede formular con absoluta seriedad:

—Te pregunto, dime abuelo,

¿irá Pachoncito al cielo?

Mi padre responde:

Desconcertado y perplejo,

circunspecto mi mensaje,
todo lo bueno del mundo
de Dios es puro reflejo.
Si te sirve de consuelo,
claro que irá, mi pequeña,
con alitas para el viaje.


Entonces era solamente un poema tierno.

Nadie estaba pensando realmente en despedidas. Celia era una niña, Pachón un cachorro y mi padre todavía tenía por delante muchos poemas que escribir.

El tiempo hizo lo que acostumbra.

Mi padre murió. Y pocos meses después murió Pachón, ya viejito, con catorce años.

Pachón ya no significa para mí solamente aquel perrito blanco y tranquilo que se tumbaba en el ascensor. Dentro de ese nombre están Dina y Nana, los primeros paseos, mi sobrina jugando con él, catorce años de vida compartida, mi padre escribiendo un poema y una niña preguntándole a su abuelo si los perros también van al cielo.

Lo mismo ocurre cuando digo Santiago.

No sé cuánto de mi padre hay en mí porque llevamos el mismo nombre y cuánto aunque me llamara de cualquier otra manera.

Pero me gusta pensar que los nombres son pequeños lugares donde vamos dejando cosas. Los pronunciamos miles de veces sin reparar en ello y, un día, descubrimos que contienen una vida entera.

Quizá por eso cuesta tanto volver a decir algunos nombres cuando alguien acaba de marcharse. Y quizá por eso, pasado el tiempo, pronunciarlos vuelve a resultar necesario.

No sé si nuestros nombres dicen quiénes somos. Sé que algunos consiguen decir quiénes fuimos para los demás.

Y todavía hoy, cuando leo aquel poema y llego a la pregunta de Celia, puedo imaginar a mi padre buscando una respuesta para tranquilizar a su nieta.

No necesitó demasiada teología.

Pachoncito iría al cielo.

Con alitas para el viaje.

viernes, 16 de octubre de 2026

¡A los árboles… ciudadanos!

De niño me pegaba al televisor cada vez que aparecían Félix Rodríguez de la Fuente o Jacques Cousteau. Podía quedarme absorto ante aquellos mundos que se abrían al otro lado de la pantalla: lobos, águilas, océanos, criaturas que vivían vidas completamente ajenas a la nuestra y que, sin embargo, despertaban en mí una fascinación difícil de explicar.

Mi amor por los animales y por la naturaleza estuvo ahí, desde muy pronto.

Luego llegó la juventud, y con ella esa peculiar seguridad que, a veces, tenemos cuando todavía sabemos muy pocas cosas. El mundo parecía mucho más sencillo entonces. Había causas justas y causas injustas. Lugares que debían conservarse y proyectos que había que detener. El gris todavía ocupaba muy poco espacio entre el blanco y el negro. Y yo quería estar en el lado correcto.

Así, terminé implicándome, activamente, en asociaciones ecologistas. Hubo manifestaciones, campañas, denuncias y, también, acciones directas. En alguna ocasión llegué a encadenarme a máquinas para intentar paralizar obras que considerábamos una amenaza para espacios naturales valiosos.

La defensa del valle del Tiétar. Las hoces del Cabriel. Los quejigos centenarios del Campichuelo. Los dragados del Cigüela… Nombres que ahora recupero de una época de mi vida en la que todavía conservaba intacta cierta ingenuidad. No me avergüenzo de ella.

Con los años descubrí que las causas justas también podían mezclarse con intereses menos claros, que las organizaciones estaban formadas por personas con sus grandezas y sus miserias, que la política podía contaminar aquello que, en principio, parecía limpio y que la realidad casi nunca cabía entera dentro de nuestras convicciones.

Pero perder la inocencia no significó dejar de amar aquello que había intentado defender. Simplemente cambió mi manera de hacerlo.

Durante largos años, décadas, la naturaleza se convirtió incluso en mi profesión. Trabajé en proyectos relacionados con el voluntariado y la educación ambiental. Ya no se trataba tanto de enfrentarse a una máquina como de intentar que otras personas descubrieran por qué merecía la pena conservar aquello que aquella máquina podía destruir.

Muchos años después llegarían también las abejas.

La apicultura me enseñó otra forma de relacionarme con la naturaleza.

Cuando tienes una colmena delante estás contemplando un libro abierto. Hay sequías, enfermedades, depredadores, cosechas buenas y malas, muerte y nacimiento. La naturaleza no es solamente hermosa. Tampoco es solo cruel. Simplemente es.

Y quizá por eso acabé sintiéndome cada vez más cómodo dentro de ella.

Mi padre también tuvo una relación profunda con la naturaleza. La suya fue diferente.

Mientras yo protestaba, él contemplaba. Mientras yo intentaba detener una obra, él podía detenerse ante un árbol, un río o una hoz y convertirlos en palabras.

Entre los poemas de Camino del despertar. Luces y sombras hay uno que siempre me resulta especialmente significativo: ¡A los árboles… ciudadanos!. Lo escribió para una campaña de la asociación que fundé y donde trabajaba: la Federación de clubes Conocer y Proteger la Naturaleza.

En aquellos versos imaginaba una ciudad sin árboles ni espacios verdes como un lugar triste, condenado al olvido.

¿Alienta con vigor ciudad alguna,

que no tenga un lugar verde y florido?
¿Alienta quien la viva enmudecido
deshecho en soledad, noche sin luna?
será presa de abrojos y de olvido,
fosa común, sepulcro enmohecido,
más triste y desolada que ninguna.
las ramas donde anida el ruiseñor.
No hay rumor de los duendes en la brisa,
ni el candor y la cálida sonrisa,
desnuda compañera del amor.

Si existe esa ciudad tan importuna,

Agoniza el albor, la luz no irisa

ni la suave caricia del frescor,

Cuando releo ése y otros poemas, comprendo que había algo que compartíamos sin necesidad de explicarlo demasiado. El paisaje. Los animales. Los árboles.

El asombro ante un mundo que estaba allí antes de nosotros y que seguirá estando —esperemos— cuando ya no estemos.

En La aurora, años después, mi padre volvió una y otra vez a esos paisajes. El Alto Tajo, el río Cuervo, el valle del Cambrón, las hoces, los pueblos de Cuenca. Y en Canto de juglar escribió sobre los vientos, los fríos, las piedras, los ríos y el pinar. Allí la naturaleza no era solamente paisaje: también era refugio.

La tierra podía ayudar a cerrar una herida. Tal vez eso también lo he entendido con los años. Porque yo nunca dejé, completamente, de buscar esa compañía.

La encontré en las abejas. En el monte. En los caminos. En Dina, Nana y Pachón, los tres perritos que, durante tantos años, formaron parte de mi vida y que ya no están.

Y ahora la vuelvo a encontrar cuando camino por algunos de estos lugares y me detengo a mirar. Entonces me pregunto qué queda de aquel muchacho que se encadenaba a las máquinas.

Inevitablemente, ya no veo el mundo del mismo modo.

He aprendido a desconfiar de las certezas demasiado cómodas. Sé que casi todo contiene contradicciones. Que podemos equivocarnos incluso cuando defendemos algo que creemos justo. Que la realidad suele resistirse a nuestras simplificaciones.

Pero aquel joven todavía me resulta reconocible.

Sigue apareciendo cuando me detengo ante un animal. Cuando un paisaje consigue que permanezca unos minutos en silencio. Cuando me indigna ver destruir algo que considero valioso.

Envejecer no consiste en dejar atrás a las personas que fuimos. Más bien en aprender a conversar con ellas. Decirles en qué se equivocaban. Agradecerles aquello que todavía conservamos…

Y seguir haciendo el camino.

martes, 13 de octubre de 2026

El baobab de los Hombres Hiena (relato breve)

La primera hiena apareció al caer la tarde, cuando el polvo del camino empezaba a adquirir un tono rojizo bajo la última luz.

Mark la vio avanzar entre dos hombres, sujeta por una gruesa cadena y con las enormes mandíbulas parcialmente ocultas bajo un bozal artesanal de cuero y metal. Había visto hienas en documentales y fotografías, pero ninguna imagen le había preparado para la impresión de tener una delante. Era más grande de lo que esperaba, de lomo inclinado y cuello poderoso, con una cabeza desproporcionada que parecía concentrar toda la fuerza del animal.

A pocos metros, los niños del pueblo gritaban y reían.

Muchos se habían encaramado a las ramas de un baobab gigantesco que presidía la aldea como si hubiese estado allí desde antes que cualquier casa. Su tronco, ancho y retorcido, estaba perforado por oquedades y cicatrices; algunas ramas eran tan gruesas que varios niños podían sentarse sobre ellas. Mark pensó que aquel árbol podía tener más de mil años y que, si así fuera, habría contemplado centenares de generaciones de hombres pasar por su sombra.

—No tengas miedo —dijo una voz a su lado.

Mark bajó la mirada.

Era una niña de unos diez años, muy delgada, con un vestido gastado por el polvo y unos enormes ojos oscuros.

—No tengo miedo.

La pequeña volvió la cabeza hacia la hiena y después lo miró otra vez.

—Sí tienes.

Mark estuvo a punto de contestar, pero la niña ya se alejaba corriendo entre la gente.

Durante unos segundos observó aquella manera de correr, el leve movimiento de los brazos, la inclinación de la cabeza cuando se volvió para mirar atrás.

Y vio a Emily.

No un parecido exacto. Ni siquiera sabría explicar en qué consistía. Solo un gesto.

Una chispa. Algo que le atravesó el pecho antes de que pudiera protegerse.

 

El viaje había comenzado en Barcelona varios días antes.

Abubakar llevaba años hablándole de aquellas gentes. Sus antepasados procedían del norte de Nigeria y su abuelo Ibrahim había formado parte durante décadas de un clan ambulante conocido por los extranjeros como los Hombres Hiena.

Mark, escritor de viajes y lector insaciable de historias remotas, había sentido desde el principio la fascinación de quien descubre algo que no se parece a nada conocido: hombres que viajaban con hienas, babuinos, cobras y pitones; narradores, curanderos y vendedores de amuletos; una mezcla de espectáculo, tradición, magia, supervivencia y leyenda.

Durante mucho tiempo aquel viaje fue simplemente una idea. Después murió Emily. Y dejó de serlo.

Mark había pasado meses recorriendo una casa en la que todo parecía conservar la forma de su hija. Su habitación. Una chaqueta. Un cuaderno. Una fotografía apoyada sobre una estantería. Había descubierto que los objetos podían volverse crueles precisamente porque no cambiaban.

Cuando Abubakar volvió a hablarle del viaje, aceptó. Simplemente necesitaba alejarse.

Volaron primero hasta Lagos, inmensa, bulliciosa y desbordada, una ciudad que parecía haber decidido crecer sin pedir permiso a nadie. Desde allí continuaron hasta Kano y, después de descansar una noche, emprendieron la ruta hacia el este en un todoterreno destartalado.

A medida que dejaban atrás la ciudad, el paisaje se volvía más seco y abierto. Los caminos asfaltados desaparecieron y fueron sustituidos por pistas de tierra roja que se bifurcaban entre aldeas de adobe. El sol caía casi vertical sobre la llanura y el aire entraba caliente por las ventanillas. A ambos lados aparecían acacias aisladas, rebaños polvorientos y, de vez en cuando, la silueta desmesurada de algún baobab elevándose sobre el horizonte.

Abubakar parecía cada vez más inquieto.

—¿Estás nervioso? —preguntó Mark.

—No.

Mark sonrió.

—Un poco.

Abubakar lo miró.

—Llevo veinte años escuchando historias sobre mi abuelo.

—Eso no ayuda.

—No.

Fue Ibrahim quien los encontró.

Apareció caminando hacia el vehículo antes incluso de que hubieran terminado de descargar las mochilas.

Era un hombre pequeño, fibroso, de edad difícil de calcular. Su rostro estaba recorrido por profundas arrugas y tenía una sonrisa que parecía ensanchar todavía más aquellos surcos.

Abubakar permaneció, durante unos segundos, inmóvil. Después se abrazaron.

Ninguno dijo nada. Mark apartó discretamente la mirada.

Cuando finalmente se separaron, Ibrahim puso ambas manos sobre los hombros de su nieto y lo contempló como quien intenta reconciliar en un solo rostro al niño que recuerda y al hombre que tiene delante.

Después miró a Mark.

Abubakar habló con él en hausa.

Ibrahim sonrió.

—Dice que eres escritor.

Su inglés era lento pero suficiente.

—A veces —respondió Mark.

—¿Historias verdaderas?

Mark pensó en ello.

—Intento que lo sean.

Ibrahim sonrió todavía más.

—Las verdaderas son las más difíciles.

El clan estaba compuesto por varios hombres y mujeres, algunos niños, cuatro babuinos, tres hienas, pitones y cobras. No eran exactamente un circo, aunque ofrecían espectáculos; tampoco simplemente curanderos, aunque vendían pociones, ungüentos y amuletos. Habían heredado una forma de vida ambulante difícil de encajar en categorías sencillas.

En algunas regiones eran admirados. En otras, temidos. Había quien les atribuía conocimientos secretos y quien los consideraba poco menos que delincuentes.

A Mark todo aquello le resultaba fascinante.

Pero fue durante la función de aquella primera tarde cuando comprendió por qué las fotografías de los Hombres Hiena le habían impresionado tanto.

La aldea entera formó un gran círculo sobre la tierra desnuda. Los niños ocuparon el viejo baobab, convertidos en una bandada humana entre las ramas. Los hombres comenzaron a tocar tambores y algunos narradores iniciaron antiguas historias que Mark no podía entender, pero cuya cadencia parecía bastar para mantener atento al público.

Después apareció una mujer corpulenta, vestida con un traje turquesa y un turbante azul marino. Llevaba varias cobras entre las manos. Las hacía deslizarse alrededor de sus brazos y, ante una mezcla de gritos y carcajadas, llegó a introducir en su boca las cabezas de algunas serpientes.

Otros hombres comenzaron a bailar. Vestían prendas de piel con flecos de colores y llevaban cascabeles sujetos a los tobillos. Con cada salto, el sonido metálico se mezclaba con los tambores y con los chillidos de los babuinos, que tiraban de sus largas cuerdas contagiados por la excitación.

Y finalmente llegaron las hienas. El ambiente cambió. Incluso los niños del baobab parecieron guardar silencio.

Los hombres condujeron a una de ellas hasta el centro del círculo y consiguieron hacerla tumbarse. El animal llevaba un enorme bozal, pero aun así imponía una mezcla difícil de separar entre miedo y admiración.

Una de las personas del público se acercó. Después otra. Los hombres animaban a algunos espectadores a sentarse sobre el animal.

Mark no podía apartar los ojos. Sabía que las hienas podían enfrentarse a depredadores mucho mayores, robar presas a los leones y triturar huesos con unas mandíbulas extraordinariamente poderosas.

Y sin embargo aquella criatura permanecía allí, inmóvil entre tambores, polvo y seres humanos.

—Se llama Mariam.

Era la niña de antes.

Mark se volvió.

—¿La hiena?

Ella asintió.

—¿Es tuya?

La pequeña pareció encontrar absurda la pregunta.

—Las hienas no son de nadie.

Mark sonrió.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Amina.

Después del espectáculo aparecieron los amuletos y las pociones.

Había pequeños frascos con líquidos de colores, raíces secas, polvos, cuerdas anudadas, huesos y objetos cuyo origen Mark no consiguió identificar. Ibrahim le explicó que cada uno servía para algo distinto: protegerse de la enfermedad, atraer la lluvia, favorecer una cosecha, conseguir descendencia, ahuyentar la mala suerte…

Amina parecía conocerlos todos.

—Este sirve para que llueva —dijo, enseñándole un pequeño saquito.

—¿Funciona?

—Si llueve, sí.

—¿Y si no llueve?

—Entonces necesitas otro.

Mark soltó una carcajada.

La niña lo miró satisfecha.

—¿Ves?

—¿Qué?

—También sé hacer magia.

Mark siguió riendo.

Y de pronto se dio cuenta de que hacía meses que no se escuchaba reír así.

La sensación fue casi dolorosa.

Durante los días siguientes, Amina comenzó a aparecer a todas horas.

Se presentaba cuando Mark sacaba la cámara, cuando observaba a los hombres preparar a los animales o cuando Ibrahim hablaba con Abubakar sobre nombres, lugares y parentescos familiares.

Sabía dónde estaban las serpientes. Conocía el humor de los babuinos. Sabía cuándo convenía no acercarse a una hiena. Y, sobre todo, hablaba sin descanso.

Mark terminó acostumbrándose a su presencia. También a los pequeños estremecimientos que le provocaban algunos gestos. La manera de levantar una ceja. Su risa, y la costumbre de balancearse ligeramente cuando estaba impaciente.

Emily hacía algunas de aquellas cosas. No del todo igual. Pero muy parecidas.

Una noche se sentaron bajo el baobab. El calor del día había descendido y una brisa tibia atravesaba las hojas. Sobre ellos, el cielo estaba saturado de estrellas.

Abubakar y su abuelo hablaban en voz baja. Amina dibujaba figuras en la tierra con una rama.

—¿Tienes hijos? —preguntó de repente.

Mark sintió una presión conocida en el pecho.

—Tenía una hija.

Amina dejó de dibujar.

—¿Murió?

Mark asintió.

No añadió nada.

La niña tampoco.

Durante un rato continuaron escuchando las voces lejanas del campamento.

—¿Cómo se llamaba?

—Emily.

Amina repitió el nombre.

—Emily.

Después volvió a dibujar.

No dijo que lo sentía.

No preguntó cómo había muerto.

Mark agradeció profundamente que no lo hiciera. Días después supo que Amina también había perdido a sus padres. Las explicaciones eran confusas. Alguien hablaba de hombres armados. Otro mencionaba a Boko Haram.

Ibrahim se limitó a decir que habían desaparecido y que la niña había terminado viviendo con el clan. Mark no quiso preguntar más.

Aquella noche, cuando volvieron a sentarse bajo el árbol, fue Amina quien habló.

—Mi madre decía que las personas muertas se convierten en estrellas.

Mark levantó la mirada. El cielo era tan limpio que resultaba difícil encontrar un espacio realmente oscuro entre unas estrellas y otras.

—Hay demasiadas.

—Eso es porque muere mucha gente.

Mark sonrió con tristeza.

—Puede ser.

—¿Cuál es Emily?

—No lo sé.

Amina señaló una al azar.

—Esa.

—¿Por qué esa?

—Porque está encima de ti.

Mark miró la estrella.

—Buen argumento.

Amina continuó dibujando sobre la tierra.

Una mañana lo llevó hasta las hienas. Mariam descansaba bajo una sombra escasa. El enorme animal respiraba lentamente.

—Ven.

Mark se detuvo a varios metros.

—Estoy bien aquí.

—Sigues teniendo miedo.

—Eso dijiste el primer día.

—Porque sigue siendo verdad.

Amina se acercó un poco más.

Mark sintió que todo su cuerpo se tensaba.

—No hagas tonterías.

La niña se volvió.

—No hago tonterías.

—Estás delante de una hiena.

—Eso no es una tontería.

Se sentó en el suelo, a una distancia prudente de la cabeza del animal. Mark terminó haciendo lo mismo.

Durante varios minutos no ocurrió nada. Mariam respiraba. Amina jugaba con una ramita. A lo lejos se oían voces y el sonido de algún recipiente metálico.

—No es mala —dijo la niña—. Solo es una hiena.

Mark observó al animal.

Pensó que aquella frase servía para muchas cosas.

El tiempo comenzó a cambiar. Los días ya no se medían por la hora de levantarse, comer o acostarse, sino por los desplazamientos del clan, los espectáculos, los descansos, los animales, las conversaciones al anochecer.

Abubakar recuperaba fragmentos de una historia familiar que temía perdida. Escuchaba a Ibrahim durante horas y apuntaba nombres y lugares en un cuaderno.

Mark también escribía. Pero hacía menos fotografías. Cada vez sentía menos necesidad de capturar lo que estaba viendo.

Una noche, Ibrahim se sentó junto a él.

—Abubakar dice que tu hija murió.

Mark asintió.

El anciano permaneció un rato contemplando la oscuridad.

—¿Quieres olvidarla?

Mark volvió la cabeza.

—Claro que no.

—Entonces ¿por qué quieres dejar de sufrir?

La pregunta lo irritó.

—Porque sufrir no sirve para nada.

Ibrahim tomó una pequeña rama y la quebró entre los dedos.

—Eso no significa que puedas elegir cuándo termina.

Mark guardó silencio.

—A veces —continuó el anciano— pensamos que dejar de sufrir es abandonar a los muertos.

Miró hacia el baobab.

—No es lo mismo.

La víspera de la partida, Amina buscó a Mark. Llevaba algo escondido entre las manos.

—Es para ti.

Era un pequeño colgante de madera tallado con la forma de un baobab. El trabajo era tosco, pero se distinguían claramente el grueso tronco y las ramas abiertas.

—¿Lo has hecho tú?

Amina asintió.

Mark pasó el pulgar por la madera.

—Gracias.

—Para que no te olvides.

—No creo que pueda olvidarme de vosotros.

La niña negó con la cabeza.

—No es para nosotros.

Mark la miró.

Amina señaló el pequeño árbol.

—Es para Emily.

Mark no dijo nada.

—Para que no te olvides de ella.

Cerró la mano alrededor del colgante.

—No podría.

Amina sonrió.

—Entonces funciona.

A la mañana siguiente cargaron las mochilas en el todoterreno.

Abubakar abrazó a su abuelo durante mucho tiempo. Mark se despidió de Ibrahim y de los demás. Amina permaneció unos pasos atrás.

Cuando el vehículo comenzó a moverse, corrió detrás durante unos metros. Mark sacó el brazo por la ventanilla. Después la vio detenerse. Amina se hizo pequeña. Luego se confundió con el resto de las figuras. Finalmente, solo quedó el baobab.

Su copa se levantaba sobre las casas de adobe como una enorme mano oscura contra el cielo.

Mark metió la suya bajo la camisa y tocó el colgante de madera. Pensó en Emily. Esta vez no apartó el recuerdo. La imaginó corriendo. La oyó reír.

Recordó cosas que durante meses había intentado evitar porque cada una parecía conducirlo de nuevo al día de su muerte.

Pasado cierto tiempo, cuando escribió sobre los Hombres Hiena, Mark comprendió que las fotografías no podían explicar lo que había encontrado allí. Podía describir las hienas con sus enormes bozales, los babuinos, las cobras, los tambores y los cascabeles; podía contar la historia de Ibrahim y hablar de los amuletos que prometían lluvia, hijos o fortuna. Podía describir el polvo rojo de los caminos, el calor y las aldeas de adobe.

Pero había cosas más difíciles de contar. La risa de una niña. Una noche bajo las estrellas. El silencio entre dos personas que habían perdido a alguien.

Y aquel viejo baobab, que había visto pasar durante siglos a hombres y mujeres, animales, viajeros, niños y muertos.

Mark conservó el colgante. A veces lo tomaba entre los dedos. Le recordaba a Nigeria, a Amina y, sobre todo, a Emily.

Los baobabs parecen árboles muertos durante buena parte del año. Sus ramas desnudas se levantan hacia el cielo como raíces invertidas y sus enormes troncos acumulan heridas, huecos y cicatrices.

Sin embargo, cuando regresan las lluvias, brotan de nuevo. Simplemente siguen vivos.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Amor en el microcosmos (relato breve)

 

En Tübingen, las estaciones parecían haber sido inventadas para los pintores.

En otoño, las calles adoquinadas del casco antiguo desaparecían bajo alfombras de hojas ocres y rojizas, y el Neckar arrastraba reflejos cobrizos entre las fachadas de colores y las ramas de los sauces llorones, que vertían sus largas melenas verdosas sobre las aguas oscuras y remansadas. En invierno, la nieve cubría los tejados a dos aguas de las viejas casas, ocultando bajo el blanco los entramados de madera heredados de otros siglos. Después regresaban las flores a los puentes y las farolas de la ribera y, con el verano, los estudiantes buscaban la sombra y el frescor de la isla del Neckar, a los pies de la torre de Hölderlin.

Leonardo decía que no conocía otra ciudad que supiera envejecer tan despacio.

—Eso es porque eres italiano —se burlaba Camille—. Tenéis la obligación de encontrar belleza hasta en las paredes desconchadas.

—No es una obligación. Es un modo de vivir, la dolce vita.

Ella reía entonces, y aquella manera de reír era una de las pocas cosas que Leonardo nunca había conseguido reproducir.

Había llegado años atrás desde el Piamonte, atraído por aquella vieja ciudad universitaria del sur de Alemania. Pintaba, esculpía y aceptaba pequeños encargos que le permitían mantener un estudio cerca del centro histórico, no demasiado lejos de Burgsteige, la empinada calle que ascendía hacia el castillo de Hohentübingen.

Camille, oriunda de la ciudad de las luces, pertenecía, al menos en apariencia, a un mundo muy distinto. Se había formado en aquella universidad y trabajaba en Karlsruhe, en el ámbito de las microestructuras y la nanotecnología. Pasaba sus días entre polímeros, microscopios, modelos tridimensionales y máquinas capaces de construir objetos que ningún ojo humano podía contemplar sin la ayuda de aparatos. Leonardo trabajaba con barro, madera, pigmentos y piedra; ella, con estructuras invisibles.

Durante los primeros meses de su relación se divirtieron exagerando aquella diferencia.

—Tú reduces el mundo hasta que deja de verse —le decía Leonardo.

—Y tú lo llenas de cosas inútiles.

—Se llama arte.

—En ciencia también tenemos palabras elegantes para justificar lo que hacemos.

Había, sin embargo, un punto en el que ambos mundos parecían encontrarse. Camille bailaba. No profesionalmente; lo hacía porque había bailado desde niña y porque, según decía, era una de las pocas actividades durante las cuales conseguía dejar de pensar.

A Leonardo le fascinaba contemplarla.

De ahí surgieron las esculturas.

La primera era casi del tamaño de una mano. Camille aparecía en una posición de ballet, con una pierna ligeramente flexionada, el cuerpo prolongado hacia atrás y uno de los brazos elevado. Leonardo había trabajado durante días en la curva del cuello, en la caída del cabello, en la tensión de los músculos de las piernas.

Cuando se la entregó, Camille la sostuvo frente a sus ojos y la examinó detenidamente.

—Me has hecho demasiado alta.

—Eres así.

—No.

—Entonces quéjate a tus padres.

La segunda fue algo menor y después llegaron otras. Con el paso del tiempo, aquellas pequeñas Camille fueron ocupando discretamente el estudio: sobre una mesa, entre los pinceles, junto a los libros o en una estantería. Y cada nueva figura era más pequeña que la anterior. Primero aproximadamente como un huevo, después como una nuez, luego como una canica y, finalmente, apenas mayor que la cabeza de un alfiler.

—¿Por qué cada vez más pequeñas? —preguntó Camille una tarde.

Leonardo sostenía una de ellas entre las pinzas y la hacía girar bajo la luz que entraba por la ventana.

—Porque quiero saber hasta dónde puedo llegar.

—Eso no responde a la pregunta.

Leonardo observó durante unos segundos la diminuta silueta.

—Casi siempre, lo más importante es invisible.

Camille puso los ojos en blanco.

—Eso es lo más italiano que has dicho esta semana.

Pasaron juntos otoños, inviernos, primaveras y veranos. Cruzaron incontables veces el Neckar, navegaron en las barcas que recorrían sus aguas bajo las ramas de álamos y sauces, tomaron café junto a la plaza del mercado y subieron hasta el castillo en las tardes despejadas para contemplar desde allí los tejados de la ciudad.

Leonardo siguió trabajando y las esculturas continuaron reduciéndose, hasta que llegó un momento en que sus manos dejaron de ser suficientes.

—Ahora necesitas entrar en mi mundo —dijo Camille.

Había colocado delante de él una serie de imágenes en la pantalla del ordenador.

—Me temo que sí.

—Repítelo.

—No abuses.

—Quiero oírte reconocer que la ciencia ha vencido al arte.

Leonardo se inclinó hacia ella.

—La ciencia ha conseguido que el arte necesite una máquina mucho más cara.

Camille sonrió.

—Me conformo.

La idea, que había comenzado casi como un juego, terminó ocupándolos durante meses. Camille consiguió la colaboración de algunos compañeros de Karlsruhe y su cuerpo fue fotografiado desde centenares de ángulos para construir un modelo tridimensional de enorme precisión. Adoptó una de las posiciones que Leonardo había utilizado durante años: el cabello recogido, el cuerpo esbeltamente estirado, las piernas ligeramente flexionadas y uno de los brazos elevado hacia el cielo, prolongando el plié en una elegante línea de danza.

Leonardo podía recorrer ahora aquel cuerpo en una pantalla, ampliarlo y contemplar detalles que jamás habría sido capaz de esculpir con sus propias manos.

—¿Qué miras? —preguntó Camille.

—Un error.

Ella se acercó inmediatamente.

—¿Dónde?

—Aquí.

—Eso es una peca.

—Entonces el error es tuyo.

Camille le dio un golpe en el hombro y Leonardo siguió trabajando.

La figura fue construida mediante técnicas de micro-fabricación. Su cuerpo era de un polímero recubierto por una película extremadamente fina de grafeno, una estructura de carbono de apenas un átomo de grosor, dispuesta como una minúscula celosía hexagonal. La ciencia de Camille había conseguido llevar el antiguo oficio de Leonardo hasta un mundo en el que sus manos ya no podían entrar.

Cuando finalmente contemplaron la figura a través del microscopio electrónico, Leonardo permaneció largo rato en silencio.

Medía apenas unos pocos micrómetros, mucho menos que el grosor de un cabello humano, y sin embargo allí estaba Camille. Se distinguían la curva del cuerpo, el brazo elevado, el cabello recogido, las piernas y aquella postura de bailarina que Leonardo había repetido tantas veces. Habían reducido un cuerpo humano hasta una escala casi inconcebible y, paradójicamente, cuanto menos espacio ocupaba aquella figura, más extraordinaria parecía.

Camille se inclinó sobre el microscopio.

—Déjame verla.

Leonardo se apartó y ella observó durante unos segundos.

—Un día vas a hacerme tan pequeña que voy a desaparecer.

—No —respondió Leonardo.

Ella se volvió hacia él.

—¿No?

Leonardo miró la imagen de la diminuta bailarina en la pantalla.

—Cuanto más pequeña seas, más difícil será perderte.

Camille sonrió, aunque esta vez no hizo ninguna broma.

Leonardo pensó muchas veces en aquella figura como en el extremo de un camino comenzado miles de años atrás, cuando los primeros seres humanos trazaron animales sobre las paredes de cuevas y abrigos rocosos. Después habían llegado la piedra, el marfil, el bronce, el mármol, la madera, la pintura y la fotografía; ahora podían construir una figura humana demasiado pequeña para ser vista.

Los materiales y las técnicas habían cambiado, pero a Leonardo le gustaba pensar que el impulso seguía siendo esencialmente el mismo: fijar algo que estaba condenado a pasar. Un animal, un rostro, un instante, una persona amada. Oponerse, aunque solo fuera durante un poco de tiempo, a la obstinación del mundo por desaparecer.

Camille se reía cuando lo escuchaba ponerse solemne.

—La escultura más pequeña que he hecho en mi vida, y la única que nadie puede contemplar sin un microscopio. Eso la hace exclusiva.

—Eso la hace nada práctica.

Leonardo la abrazaba.

—Nunca he pretendido ser práctico.

Pasaron todavía algunos años. Hubo más inviernos sobre los tejados de Tübingen, más tardes junto al Neckar, más cafés en la plaza y más viajes en tren hacia Karlsruhe.

Hasta que Camille enfermó.

Al principio la enfermedad entró discretamente en sus vidas, casi como algo provisional que debía ser atendido para poder continuar después donde lo habían dejado. Llegaron las consultas, las pruebas, los resultados y los tratamientos, acompañados por palabras pronunciadas por médicos que ambos intentaban interpretar de manera diferente. Durante un tiempo siguieron haciendo planes; después dejaron de hacerlos a largo plazo y, finalmente, dejaron de hacerlos.

Una tarde de otoño se sentaron junto al Neckar. Las hojas amarillentas descendían lentamente sobre las aguas oscuras y quedaban atrapadas durante unos instantes en pequeños remolinos antes de continuar corriente abajo. Camille llevaba un pañuelo sobre la cabeza y había adelgazado mucho.

—¿Todavía la tienes? —preguntó.

Leonardo supo inmediatamente a qué se refería.

—Claro.

—Pensé que acabarías perdiéndola.

—Te dije que sería difícil.

Camille contempló el río.

—No deberías decir cosas así.

—¿Por qué?

—Porque todo acaba perdiéndose.

Leonardo no contestó. Una hoja cayó cerca de la orilla, giró dos veces sobre sí misma y se dejó llevar por la corriente.

—Mira —dijo Camille—. Todo se va.

Leonardo tomó su mano.

—No todo.

Camille apretó ligeramente sus dedos.

—Eso espero.

Murió pocos meses después.

Durante mucho tiempo Leonardo no regresó a su estudio. Cuando finalmente abrió la puerta, los pinceles estaban endurecidos, una fina capa de polvo cubría las mesas y las pequeñas figuras de Camille todavía repartidas por la habitación, como si cada una conservara un momento distinto de los años que habían compartido. Allí seguían aquella primera escultura del tamaño de una mano y las sucesivas miniaturas que habían ido reduciéndose hasta alcanzar las dimensiones de una nuez, una canica o la cabeza de un alfiler.

La última no estaba allí.

O, mejor dicho, estaba en algún lugar, celosamente guardada, pero era la única que sus ojos no podían contemplar. Aquella invisibilidad adquirió entonces un significado que Leonardo nunca había previsto mientras trabajaban en ella.

Volvió a Karlsruhe y llevó consigo la nanoescultura. Explicó a los antiguos compañeros de Camille lo que pretendía hacer y escuchó las objeciones, los riesgos y las precauciones que le plantearon. No quería conservar la figura en un medallón, ni encerrarla en una caja o una urna. Tampoco deseaba convertirla en una reliquia que contemplaría durante el resto de su vida. Quería llevarla consigo de la única manera que, en aquel momento, tenía sentido para él.

Dentro de su propio cuerpo.

El día elegido observó la aguja durante unos segundos. La diminuta Camille estaba allí, aunque sus ojos fueran incapaces de verla. Pensó en todas las esculturas anteriores y en aquel camino absurdo que había iniciado años atrás, reduciendo cada figura un poco más que la anterior, como si hubiera intuido desde el principio algo que entonces no podía saber.

La aguja penetró en su piel. Sintió apenas un pinchazo.

En algún lugar de su organismo, la pequeña figura comenzó su último viaje.

Meses después, Leonardo regresó una tarde al Neckar. Era primavera y las flores habían vuelto a las barandillas y a adornar las farolas; los estudiantes ocupaban las terrazas, las barcas avanzaban lentamente sobre el río y las largas ramas de los sauces rozaban de nuevo la superficie del agua.

La ciudad había continuado sin Camille. Aquello seguía resultándole difícil de aceptar.

Se sentó cerca de la orilla y pensó en la diminuta escultura. No sabía dónde estaría ya. Cerró los ojos y la imaginó viajando por aquel territorio inmenso que existía bajo su propia piel, atravesando arterias y capilares, dejándose arrastrar por la sangre y pasando, tal vez, cerca del corazón.

Invisible para todos. En su pose de danza.

 

Relato de ficción inspirado en una noticia de National Geographic sobre la creación de una nanoescultura mediante técnicas de microfabricación. Los personajes, la relación amorosa y los acontecimientos narrados pertenecen a la ficción.