A veces la vida se encarga de ponernos delante de lo esencial. Y todo lo demás parece que sobra.
Habíamos atravesado una pandemia que paró, literalmente, nuestras vidas. Y justo cuando empezábamos a salir de ella y retomar, poco a poco, nuestros quehaceres cotidianos, llegó abruptamente la crisis de la enfermedad de mi padre.
Tras su hospitalización, dejé buena parte de mi actividad en las colmenas y tomé la decisión de dejar mi casa para ir a la de mis padres y ayudar a mi madre a atenderle. Estaba ya gravemente enfermo, con sus dolencias de corazón y pulmones, y había que estar muy pendiente de él, porque además estaba ciego.
Es de ese tipo de decisiones que no hay ni que pensar. Sale directamente del corazón.
Apenas tuve tiempo de recoger mis cosas más básicas y llevarme conmigo mis posesiones más preciadas, a mis dos leales compañeros de aquellos años, mis perritos Pachón y Nana.
Después de un año de mimos y cuidados, que también implicaron sacrificios, mi padre falleció. Con pocos meses de diferencia, también se fueron Pachón y Nana.
Con la perspectiva que da el paso de los años, considero que fue un gran regalo poder estar cerca de los míos y compartir aquella última etapa. Eso no quita lo que costó, ni la tristeza que vino después.
Guardo muchos recuerdos de aquel año. También de los anteriores y, de manera especial, de nuestros retiros a mi habitación para escribir. Pero hay recuerdos del día a día que vuelven con una claridad parecida.
Cuando me tocaba darle de comer, era inevitable viajar atrás en el tiempo e imaginar a mis padres haciendo, amorosamente, lo mismo conmigo, siendo yo muy niño.
Gustaba mi padre de «entreverar», tal y como él decía: comer un poquito de esto, otro poquito de aquello, un pedacito de pan y su traguito de vino con gaseosa. Nunca dejó esa pequeña costumbre, aunque, poco a poco, el vino solo daba algo de color a la transparencia de la gaseosa.
Había que respetar aquel orden suyo, aquella manera de disfrutar de la comida. En medio de la enfermedad seguía estando mi padre, con sus gustos y sus preferencias, decidiendo qué bocado le apetecía ahora.
Cuando pienso en esas cosas esenciales de la vida, recuerdo los tercetos que escribió en su poema dedicado a Pedro Mercedes:
Con el fuego, amor y barro,
Dios plantó el alfar primero,
y Adán, su primer cacharro.
Si llega mi tiempo y muero,
convertido en nuevo barro,
quiero un alma de alfarero.
Me conmueve ese deseo tan sencillo para el último momento: un alma de alfarero. Después de tantas palabras escritas, de tantas preguntas, ser un nuevo barro.
Quizá por eso siempre ha llamado mi atención el kintsugi, esa técnica japonesa que permite reparar piezas de cerámica rotas dejando a la vista las uniones, resaltadas con oro. La pieza conserva sus fracturas. Se ven y forman parte de ella.
No quiero romantizar las cicatrices que todos llevamos impresas con el paso de los años. Algunas siguen doliendo y uno habría preferido ahorrárselas. Pero también pienso que, en la medida en que nos moldean y nos curten el carácter, muchas acaban teniendo su lado bello. A veces tardamos mucho en encontrarlo.
De aquel año conservo el dolor de las despedidas y el recuerdo de haber podido cuidar. No sé separar del todo una cosa de la otra. Cuando vuelvo a él, entre tantas preocupaciones, aparece mi padre pidiendo un poquito de esto y otro poquito de aquello. Y ese vino que apenas conseguía darle color a la gaseosa.
Entonces entiendo algo de lo que para mí significa volver a lo esencial.