Estamos acostumbrados a pensar la vida hacia delante.
Qué voy a hacer. Qué quiero cambiar. Qué proyecto merece la pena. Hacia
dónde debería dirigirme ahora.
Cuando nos sentimos desorientados, hacemos todavía más preguntas sobre el futuro.
Buscamos una nueva dirección, nos fijamos objetivos, hacemos planes. Como si la
respuesta tuviera necesariamente que estar unos kilómetros más adelante.
Últimamente he probado a hacer justo lo contrario: he vuelto la vista
atrás.
Durante cierto tiempo he realizado un trabajo de revisión biográfica –llamado
Encuentro con tu origen- que propone
algo aparentemente sencillo: recorrer la propia vida por etapas, detenerse en
las personas que estuvieron en ellas, recordar acontecimientos, decisiones,
pérdidas, entusiasmos, miedos. No con la intención de escribir unas memorias ni
para recrearme en el pasado. Tampoco para buscar explicaciones psicológicas a
todo lo que haya hecho. Simplemente para mirar.
El ejercicio resulta extraño cuando uno empieza a hacerlo. ¿Qué relación
puede tener aquel niño que fui con el hombre que soy ahora? ¿Qué pueden decirme
mis inquietudes de hace cuarenta años sobre las decisiones que tengo que tomar
hoy?
Bastante más de lo que imaginaba.
Porque cuando colocamos los acontecimientos unos junto a otros empiezan a
aparecer cosas que, mientras los vivíamos, permanecían ocultas. Los hechos
cambian, los escenarios también, las personas entran y salen de nuestra vida.
Pero algunos hilos continúan ahí.
Reconozco, por ejemplo, al niño que podía quedarse fascinado ante cualquier
descubrimiento del mundo natural en el joven que años después militó en el
ecologismo, en el adulto que acabó rodeado de colmenas y en el que todavía hoy
necesita caminar junto a un río, entre árboles o por una hoz para poner un poco
de orden dentro de sí. Todo forma parte de una misma historia.
También reconozco la necesidad de cuidar, de intentar ser útil, de
construir algo que pueda servir a otros. A veces hasta el exceso, hasta
ocuparme de asuntos que quizá no me correspondían o asumir responsabilidades
que nadie me había pedido.
Y aparece otra constante todavía más evidente: buscar.
He buscado en los libros, en proyectos que algunas veces prosperaron y
otras quedaron por el camino, en trabajos que poco tenían que ver con aquello
para lo que me había formado, en la naturaleza, en el yoga y la meditación, en
mi fe, en las personas que he amado, en la escritura.
Vistas por separado, algunas de esas decisiones pueden parecer incluso
contradictorias. Miradas desde cierta distancia, quizá no lo sean tanto.
Eso es lo que me está sorprendiendo de este viaje hacia atrás. No he
encontrado una explicación ordenada de mi vida, afortunadamente. He encontrado
algo que se parece más a un mapa lleno de caminos recorridos, desvíos, lugares
donde permanecí demasiado tiempo y sendas que abandoné antes de saber adónde
conducían.
Y también caminos que se repiten.
Hay formas de relacionarnos que regresan. Miedos que cambian de nombre,
pero no demasiado de rostro. La necesidad de tener ciertas cosas bajo control.
La dificultad para aceptar algunos finales. La tendencia a exigirse más de lo
que exigiríamos a otros.
Cuando uno descubre esas repeticiones puede sentirse tentado a juzgar al
que fue. Creo que sería un error. Aquel “yo” tomó sus decisiones con lo que
entonces sabía, con sus necesidades, sus heridas, sus esperanzas y también con
sus cegueras. Algunas elecciones me trajeron hasta lugares en los que no habría
querido estar. Otras, que parecían equivocadas en su momento, terminaron
abriendo puertas inesperadas.
Por eso revisar una vida no debería parecerse a un juicio, sino más bien a
sentarse al borde del camino, extender el mapa sobre las rodillas y tratar de
averiguar dónde estamos.
Hay algo más que me resulta especialmente curioso.
Mientras hago este trabajo con mi propia vida, llevo meses haciendo, sin
haberlo pensado así, algo parecido con la de mi padre. Desde que volví a sus
poemas, los leo de otra manera. Él ya no está para explicarme qué quiso decir
en muchos de sus versos. Solo quedan sus palabras, y yo regreso a ellas muchos
años después de que fueran escritas, con experiencias que entonces no tenía y
con preguntas que tampoco eran las mismas.
Releyendo La Aurora he vuelto a encontrar un poema que ahora parece
escrito para colarse precisamente en estas páginas. Se titula Tuve la
sensación.
Mi padre partía, allí, de una experiencia completamente real. En aquel
tiempo, su visión estaba ya muy mermada y, caminando solo, se perdió por el
barrio. El poema conserva el miedo de aquel momento, la desorientación y el
regreso cauteloso hasta reconocer de nuevo el lugar:
“Recuerdo que
subí, y en la bajada
paso a paso, y al borde de la nada,
topé con el enclave conocido.
y, dando gracias porque al punto vine,
me dije que, en la cosa, fui cobarde.
volveré por lo andado cualquier tarde,
a fin de que mi hazaña se culmine”.
Hoy me burlo
yo mismo de mi alarde,
Y le pido al temor que no se obstine,
Mi padre hablaba, literalmente, de regresar a aquel camino. Yo no. Pero eso
es, en cierto modo, lo que estoy haciendo: volver por lo andado. Volver para
mirar desde el presente los lugares por los que ya pasé y descubrir cosas que,
entonces, no podía ver.
Resulta inevitable encontrar aquí una paradoja. Mi padre escribió aquel
poema cuando estaba perdiendo la vista. Y yo recupero ahora sus palabras para
hablar precisamente de aprender a mirar.
Quizá por eso sus poemas también han cambiado desde que él murió.
Naturalmente, las palabras siguen siendo las mismas. El que ha cambiado soy yo.
Mientras intento reconstruir el mapa de mi propia vida, voy descubriendo
también algunas señales que él dejó en la suya. No sé si conducen al mismo
sitio. Pero algunas apuntan en direcciones sorprendentemente parecidas.
Vivimos con una enorme facilidad para llenar el tiempo: trabajo,
obligaciones, teléfonos, noticias, proyectos, preocupaciones. Incluso cuando
tenemos unas horas libres encontramos, inmediatamente, algo con que ocuparlas.
Tal vez por eso podemos pasar años sin hacernos algunas preguntas bastante
elementales.
¿Qué cosas se han repetido en mi vida? ¿Qué sigo buscando? ¿Qué he
aprendido de mis pérdidas? ¿Qué decisiones he tomado por miedo y cuáles por
deseo? ¿Qué parte de aquel niño continúa todavía aquí? ¿Y qué cosas llevo
demasiado tiempo sosteniendo simplemente porque nunca me he detenido a
preguntarme si quiero seguir haciéndolo?
No hace falta tener todas las respuestas. Quizá lo importante sea reservar
alguna vez un espacio para las preguntas.
Porque hay momentos en los que avanzar exige precisamente detenerse. Mirar
atrás no para regresar ni para lamentar lo que pudo haber sido, sino para
reconocer las huellas. Distinguir aquellas que nos han llevado, una y otra vez,
a lugares donde no queremos volver y aquellas otras que, casi desde el
principio, parecen señalar una dirección.
Puede que una vida no tenga un mapa trazado de antemano. Pero después de
haber caminado durante bastante tiempo, algo parecido a un mapa empieza a
aparecer a nuestras espaldas.
Y quizá, algunas veces, eso que llamamos estar perdidos sea simplemente
esto: llevamos demasiado tiempo caminando sin volver por lo andado.