Hacía poco que había vuelto a la Catedral de Cuenca. Esta vez no iba solo.
Me acompañaban Pilar y una de sus hijas.
Conozco la Catedral desde niño, como se conocen tantos lugares de la ciudad
en la que uno ha vivido casi toda su vida: lo suficiente para reconocerlos y
quizá demasiado para seguir mirándolos siempre con atención. Su fachada forma
parte de la Plaza Mayor, de las procesiones de Semana Santa, de las fotografías
de turistas y los paseos por el casco antiguo. Está ahí, incorporada al paisaje
cotidiano, y, precisamente por eso, resulta fácil olvidar que, al cruzar sus
puertas, entramos en un edificio de ocho siglos que ha visto pasar muchas más
vidas de las que somos capaces de imaginar.
Fuimos recorriendo las capillas sin demasiada prisa, deteniéndonos ante
retablos, imágenes, sepulcros, rejas y detalles arquitectónicos que seguramente
había tenido delante otras veces sin prestarles atención. Pero hubo algo que
acabó imponiéndose sobre todo lo demás: la luz.
Entraba por las vidrieras y se descomponía en múltiples colores sobre la
piedra. Rojos, azules, amarillos, naranjas y verdes aparecían en los muros, en
las columnas, en algún rincón del suelo. Bastaba desplazarse unos metros para
que cambiaran. La misma piedra que desde otro lugar parecía gris recibía de
pronto una mancha de color que duraría únicamente mientras el sol encontrara,
al otro lado del cristal, el ángulo preciso.
Pensé en el soneto que mi padre había dedicado a la Catedral:
«Al filo de la roca y el vacío,
vetusta catedral de caz y peña,
un paisaje de luces se despeña,
noches de luna y albas de rocío.»
Otra vez la luz.
No sé cuánto alcanzaba a ver mi padre cuando escribió aquellos versos. La
degeneración macular ya avanzaba entonces, y las vidrieras que contemplábamos
eran relativamente recientes. Había conocido la Catedral con otras vidrieras y
con otros ojos. Quizá todavía pudiera apreciar aquellos colores; quizá
percibiera sobre todo su claridad; quizá parte de aquel «paisaje de luces»
procediera de la memoria.
No puedo saberlo. Pero convivo con esa incertidumbre. Hay imágenes que uno
continúa viendo mucho después de haber apartado los ojos de ellas.
En una de las capillas nos llamó especialmente la atención un hermoso
artesonado de madera del techo. Mientras lo contemplábamos, Pilar comentó que
allí habían sido bautizadas sus dos hijas.
Miré a la que nos acompañaba.
Durante unos minutos nos sentamos en uno de los vetustos bancos de madera.
Seguimos la visita. Sin embargo, desde aquel momento la capilla dejó de ser
para mí únicamente un espacio hermoso de la Catedral. Había entrado en ella una
pequeña historia que ninguna guía podía contar.
Eso hacen los lugares cuando permanecen mucho tiempo: acumulan vidas.
Continuamos hacia la capilla mayor y el coro. Al releer después el poema de
mi padre descubrí que también él se había detenido allí:
«La bóveda se vuelve filigrana
al son de crucería sexpartita,
tono solemne de sutil finura.
El coro etérea música desgrana
con voz angelical, casi infinita,
alivio de tristeza y desventura.»
Me gustó encontrar esa correspondencia. No había llevado el libro ni
pretendía reconstruir su poema. Primero habíamos recorrido la Catedral; después
aparecieron en mi memoria sus versos.
Finalmente subimos al triforio.
Ascender por el interior de una catedral cambia la forma de verla. Desde
abajo, las columnas y los arcos pertenecen a una altura que obliga a levantar
la cabeza; al subir aparecen otros ángulos, detalles que desde el suelo pasan
inadvertidos y una proximidad inesperada con aquello que, unos minutos antes,
parecía remoto.
Desde allí contemplé el inmenso espacio del crucero.
La Catedral llevaba siglos recibiendo gente. Personas que acudían a rezar,
a bautizar a sus hijos, a casarse, a despedir a sus muertos, a celebrar las
fiestas, a pedir ayuda, a dar gracias… La mayoría habían desaparecido sin dejar
un nombre que nosotros pudiéramos reconocer.
El edificio, en cambio, seguía allí. Aunque tampoco era el mismo. Había
crecido, sufrido derrumbes, ampliaciones y restauraciones. Habían cambiado sus
capillas, sus imágenes, sus vidrieras. Cada época había recibido una Catedral y
había entregado otra ligeramente diferente a la siguiente. Quizá permanecer no
consista en seguir siendo igual.
Desde el triforio miré de nuevo a Pilar y a su hija. Conocía a Pilar desde
una edad adolescente, en la que ninguno de los dos podía imaginar la vida que
tendría décadas después. Ahora recorríamos juntos un edificio levantado muchos siglos
antes de que naciéramos, acompañados por una hija suya cuya existencia tampoco
podíamos haber imaginado entonces. Y allí estábamos.
No sentí aquello como una lamentación por el tiempo fugaz transcurrido.
Había, más bien, algo reconfortante en comprobar que el tiempo no se limita a
llevarse cosas. Algunas permanecen. Otras regresan. Y otras se transforman
hasta convertirse en algo que nunca habríamos podido prever.
Pensé también en mi padre, pero esta vez no necesité reconstruir su presencia
allí. Me bastaban sus versos: Un paisaje de luces se despeña…
Nosotros acabábamos de contemplar esa luz atravesando unas vidrieras
distintas de las que él había conocido durante buena parte de su vida. El
cristal había cambiado. Y también habían cambiado quienes lo miraban.
Bajamos del triforio y terminamos la visita. Antes de salir volví la vista
hacia el interior. Recordé entonces los últimos versos del soneto de mi padre y
aquella música del coro que imaginaba como «alivio de tristeza y desventura». No
hablaba de borrar la tristeza ni de vencerla. Tan sólo de aliviarla.
Salimos a la Plaza Mayor. Allí la luz era, nada más y nada menos, la luz de
una mañana de verano en mi ciudad de Cuenca, la ciudad al filo de la roca y
el vacío.
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