Durante muchos años compartí con mi padre algo más que una relación entre padre e hijo. Compartimos palabras.
Mi padre, Santiago Cuerda Morcillo, escribió buena parte de su obra durante
los años en que una degeneración macular fue reduciendo progresivamente su
visión hasta impedirle leer y escribir por sí mismo. Aquello supuso una pérdida
enorme para alguien que había sido un lector incansable, pero no puso fin a su
relación con la literatura.
Durante mucho tiempo fui sus ojos y sus manos. Él dictaba, yo escribía;
después leía en voz alta lo que acabábamos de poner sobre el papel y él
corregía, cambiaba una palabra, ajustaba un verso o volvía sobre una estrofa.
Los poemas eran suyos. Pero aquel tiempo alrededor de las palabras fue
nuestro.
Y nuestra relación con su poesía no terminó en la escritura. Durante años
jugué con sus versos de muchas maneras, algo que a él le agradaba. Organicé
recitales en los que la poesía dialogaba con la música de cámara, hice audiovisuales,
grabé audiopoemas y busqué diferentes formas de sacar aquellos textos de las
páginas de sus libros y llevarlos a otros lugares. Algunos de sus versos
terminaron incluso tatuados en mi piel.
Quizá por eso nunca he sentido la poesía de mi padre como una obra cerrada.
Para mí ha sido siempre una materia viva, capaz de cambiar de voz, de
acompañarse de música o imágenes y, con el paso de los años, de adquirir nuevos
significados.
Ahora vuelvo a jugar con ella de otra manera.
Mi padre tituló su primer poemario Camino del despertar. Luces y sombras.
Años después publicó La Aurora. Entre ambos títulos puede intuirse el
itinerario de una búsqueda: caminar, atravesar luces y sombras y dirigirse
hacia una claridad que nunca termina de poseerse del todo.
Con los años he descubierto que, sin haber seguido exactamente su camino,
he llegado a algunos de los mismos lugares.
Y no me refiero sólo a lugares interiores.
Mi padre escribió sobre Cuenca, sus hoces, sus ríos, su Catedral, sus
montañas, sus pueblos y algunos de los rincones que formaban parte de su
paisaje cotidiano. Pero escribió también sobre el amor y la pérdida, la muerte
y la esperanza, Dios, la belleza, el sueño, la palabra y el misterio de estar
vivos.
Muchos de aquellos lugares forman también parte de mi paisaje. Y algunas de
aquellas preguntas han terminado apareciendo, a su manera, en mi propia vida.
De ahí nacen estos textos.
No pretenden explicar la poesía de mi padre ni reconstruir su biografía.
Tampoco son exactamente unas memorias, un libro de viajes o un ejercicio de
desarrollo personal. Hay algo de todo ello, pero prefiero pensar que son la
continuación de una conversación.
A veces el punto de partida será un lugar: el Júcar, la Catedral de Cuenca,
un mirador sobre la ciudad, una vieja iglesia cuyas paredes ha llenado de
imágenes un amigo de juventud. Otras veces será un camino, un viaje, un
santuario o simplemente un verso que, muchos años después de haber sido
escrito, parece decirme algo distinto.
El paisaje conduce a una reflexión. La experiencia vivida aporta otra
mirada. Y, en algún momento, aparecen las palabras de mi padre.
No siempre para confirmar las mías.
No quiero convertir sus poemas en respuestas que él nunca pretendió dar ni
hacer de mi padre una especie de guía que hubiera recorrido mi vida antes que
yo. Él tuvo su búsqueda y yo tengo la mía. En algunas cosas coincidimos; en
otras, seguramente no. Lo que me interesa son esos lugares en los que dos
caminos recorridos por separado terminan cruzándose.
Hay experiencias que sólo comprendemos muchos años después. Hay lugares que
creemos conocer hasta que aprendemos a mirarlos de otra manera. Y hay palabras
que permanecen durante décadas en nuestra memoria hasta que la vida nos lleva
al lugar desde el que podemos entenderlas.
Eso es, en buena medida, lo que estoy haciendo aquí.
Volver a caminar por algunos lugares que mi padre contempló. Leer de nuevo
lo que escribió sobre ellos. Confrontarlo con lo que yo veo ahora y con lo que
he aprendido mientras llegaba hasta aquí.
Pero el camino no terminará en Cuenca.
Quiero volver a viajar. Recorrer caminos de peregrinación, entrar en
monasterios y santuarios, caminar por montañas y ciudades, conocer lugares en
los que otros seres humanos han buscado antes que yo respuestas a las mismas
preguntas que seguimos haciéndonos desde la noche de los tiempos. Algunos
tendrán una relación directa con la obra de mi padre. En otros estaré solo ante
el paisaje y tendré que encontrar mis propias palabras.
Por eso este espacio tampoco está escrito desde el final del camino. Irá
creciendo mientras lo recorro.
Junto a estos textos habrá poemas de mi padre, audiopoemas y algunas de
aquellas otras formas con las que durante años jugamos con su obra. En
ocasiones aparecerán dentro de los propios relatos, cuando el poema y el lugar
mantengan una conversación especialmente estrecha. Habrá también un espacio
desde el que acercarse directamente a sus libros para quien quiera conocerlos
completos.
Pero no quisiera que esto se convirtiera solamente en un archivo dedicado a
conservar lo que dejó.
Conservar es importante. Continuar también.
Tal vez por eso algunos de sus versos están escritos sobre mi piel.
Durante los últimos años de su vida, cuando sus ojos ya no podían hacerlo,
yo miré y leí muchas veces por él. Ahora sucede algo extraño: camino por
lugares que conozco desde siempre y, de pronto, recuerdo uno de sus versos y
descubro algo que antes no había visto.
Él ya no está para escuchar lo que voy escribiendo. Aunque me acompaña su
espíritu.
Y la conversación continúa.
Mi padre llamó al suyo Camino del despertar.
Yo todavía sigo recorriendo el mío.
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