jueves, 3 de septiembre de 2026

¿Cuándo empieza un camino?

 

A menudo voy a la hoz del Júcar a caminar. Me pongo las zapatillas, cierro la puerta y dejo que sean las calles las que vayan resolviendo por mí. Conozco demasiado bien el recorrido como para necesitar pensarlo. El cuerpo sabe dónde girar, dónde comienza la bajada y en qué momento el ruido de la ciudad va disipándose mientras aparece el rumor constante del agua.

He pasado por aquí cientos de veces. Quizá miles. Y, sin embargo, pocas veces he considerado estos paseos como viajes.

Un viaje parece exigir distancia. Una maleta, una carretera, un billete. Algo que justifique poder decir después que uno se ha ido. Durante mucho tiempo viajar significó para mí precisamente eso: abandonar durante unos días los lugares conocidos y poner kilómetros de por medio. Últimamente lo hago mucho menos de lo que quisiera: o quizá no nacía de mí esa necesidad.

De vez en cuando pienso en el Camino de Santiago, en ascender desde el mar hasta Santo Toribio de Liébana, en conocer monasterios y santuarios que llevo años encontrando en libros, documentales o mapas. Algunos están relativamente cerca; otros pertenecen todavía a esa geografía imprecisa de los lugares a los que uno asegura que irá algún día.

Aquella mañana, sin embargo, estaba en Cuenca.

El Júcar corría a mi lado y yo no tenía ninguna intención de llegar a ninguna parte, más que seguir su sinuoso recorrido.

La hoz tiene la capacidad de apartar la ciudad sin hacerla desaparecer. Basta levantar la cabeza para encontrarla prendida de la roca, mientras abajo el mundo se reduce al río, los álamos, el pinar y las paredes calizas. Tal vez por eso me gusta caminar por aquí. La ciudad continúa estando cerca, pero durante un rato deja de imponerse.

Mi padre había mirado muchas veces este mismo paisaje. En Canto a Cuenca llamó a las del Júcar «mágicas hoces». Los pinares eran para él una «milicia serrana verde» levantada junto a «gigantes de piedra» y, a sus pies, el Júcar se convertía en un «encantado río» y en un «esmeralda poema».

Nunca he sabido mirar de esa manera. Yo veo pinos, roca, agua. Sé reconocer la belleza del lugar, por supuesto, y quizá precisamente por conocerlo desde siempre hay mañanas en que dejo de prestarle atención. Él parecía necesitar transformar lo que veía. La roca podía convertirse en criatura, la ciudad podía volar y un pinar adquirir la disciplina de un ejército.

Desde que murió me ocurre algo curioso con sus poemas: algunos lugares que conozco desde niño contienen también su manera de mirarlos. Sus palabras se han adherido al paisaje.

Cuando, en el inicio y el final del paseo, vuelvo la vista hacia la ladera del Barrio de la Luz, el de San Antón, me resulta difícil no recordar los versos con los que termina el poema que le dedicó:

«Blanco barrio tendido en la ladera,
trigueña Luz y Madre de las luces,
donde Cuenca se vio por vez primera.»

Siempre me gustó mucho ese último verso.

Donde Cuenca se vio por vez primera.

Hay algo hermoso en pensar que una ciudad, como una persona, tuvo también una primera vez. Un momento anterior a todo lo que vino después. Antes de la catedral, de las calles que trepan hacia el castillo, de los puentes, las iglesias, las casas y las generaciones que hemos terminado considerándolo nuestro paisaje, alguien tuvo que mirar estas hoces y decidir quedarse.

Quizá todos conservamos un lugar semejante, aunque no sepamos señalarlo: un punto del camino en el que algo comenzó.

Volví a pensar en mi padre.

Y reparé, una vez más, en una palabra que aparece constantemente en su poesía.

Luz.

Mi padre escribió mucho sobre la luz.

La circunstancia resulta inevitablemente paradójica cuando se conoce su historia. La degeneración macular fue reduciendo su mundo visible hasta dejarlo ciego durante los últimos años de su vida. La enfermedad terminó apartándolo definitivamente de una de sus grandes pasiones, la lectura. Había sido un lector voraz y llegó un momento en que ya no pudo abrir un libro y recorrer sus páginas por sí mismo.

Pero la ceguera no consiguió apartarlo de las letras.

Siempre que pienso en esa contradicción recuerdo a Borges. También él conoció la progresiva llegada de la oscuridad y dejó, en su Poema de los dones, unos versos que me han impresionado desde que aprendí a entenderlos:

«Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.»

A mi padre también le llegaron, de otra manera, los libros y la noche. La diferencia es que, cuando sus ojos dejaron de permitirle leer y escribir, encontró otros ojos.

Los míos.

Durante muchos años escribimos juntos.

Decirlo así puede inducir a error. Los poemas eran suyos. Las palabras, las imágenes, el ritmo y las correcciones nacían de él, aunque, a veces, en eso también le ayudaba. Pero mi labor era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más íntima: convertirme durante unas horas en la prolongación de unos ojos que ya no podían hacer aquello que habían hecho durante toda una vida.

Él dictaba y yo escribía.

Después leía.

Escuchaba atentamente y me detenía cuando me lo pedía. A veces quería cambiar un verso entero. Otras, solamente una palabra.

—Léeme otra vez el segundo cuarteto.

Volvía atrás y se lo leía.

Podíamos repetir la operación varias veces hasta que algo terminaba de encajar en su cabeza.

—No. «Camino» no. Pon «sendero».

Yo sustituía una palabra por otra y comenzaba de nuevo.

Así siguió escribiendo.

La ceguera pudo quitarle la lectura, pero no la literatura. Mientras él tuviera algo que decir, y yo pudiera sentarme a su lado para escribirlo, las palabras continuaban brotando.

No sé si entonces comprendí del todo lo que significaba aquel tiempo compartido. Las cosas que se repiten terminan adquiriendo apariencia de normalidad, incluso aquellas que, años después, daríamos cualquier cosa por repetir una vez más.

Para mí se volvió natural.

Mi padre necesitaba unos ojos y yo podía prestarle los míos.

También fuera de casa sucedía algo parecido. Si estábamos juntos podía preguntarme cómo estaba el cielo, quién acababa de entrar o qué se veía desde determinado lugar. Yo le describía lo que tenía delante. Las nubes, los árboles, la gente, el color de una tarde. A veces, seguramente, con poca precisión. Uno no nace sabiendo mirar para otro.

Cuando alguien necesita tus ojos, aprendes a mirar por los dos.

Quizá por eso me resulta ahora tan llamativo regresar a sus poemas y encontrar tanta luz.

La luz sobre la piedra. La luna llena. Los amaneceres. Las estrellas. El resplandor del agua. Las sombras y la claridad. La aurora.

En Roca caliza, por ejemplo, la piedra herida por el agua y por el viento se convierte en «piedra ensoñada», rodeada por una «fantasía de pinos en cascada»; el paisaje acaba transformándose en un sueño en el que conviven, de nuevo, las luces y las sombras.

Durante años pensé que aquella insistencia pertenecía simplemente a su lenguaje poético. Ahora ya no estoy tan seguro.

Tal vez quien está perdiendo la luz aprende a concederle una importancia que quienes disponemos de ella no advertimos.

O quizá la explicación sea mucho más sencilla: mi padre continuaba viendo los lugares que había amado porque los llevaba dentro.

Seguí caminando junto al Júcar.

El agua pasaba entre los árboles con esa indiferencia que tienen los ríos hacia nuestras preocupaciones mundanas. Mi padre también había escrito sobre ella. En uno de sus poemas hizo que el Júcar se embriagara de la hermosura de Torremangana y que la imagen reflejada huyera después bajo el puente, arrastrada por los rápidos del río, «en perenne mudanza y desvarío».

Miré la corriente.

Todo aquello que aparece reflejado en un río permanece apenas unos segundos.

Después el agua se lo lleva.

Pensé que, en cierto modo, durante los últimos años de su vida habíamos hecho el recorrido contrario. Yo miraba y le prestaba mis ojos. Él recogía algunas de aquellas imágenes, las mezclaba con sus recuerdos y las convertía en palabras.

Ahora que él ya no está, soy yo quien camina por estos lugares y encuentra sus palabras en aquello que mira.

Nunca hablamos de ello de esta manera.

Ni siquiera sé si él habría estado de acuerdo.

Pero algunas veces tengo la sensación de que nuestros caminos se están cruzando ahora de una forma que no llegaron a cruzarse mientras vivía. No porque yo esté siguiendo sus pasos ni porque pretenda continuar aquello que dejó incompleto. Mi vida ha sido distinta. Mis pérdidas son otras. También lo son mis errores, mis afectos, mis dudas y las decisiones que me han traído hasta aquí.

Y, sin embargo, he terminado haciéndome algunas de las mismas preguntas.

No he llegado a ellas siguiéndolo.

Eso es precisamente lo que me intriga.

He llegado por otro camino.

Quizá por eso había regresado hacía poco al Seminario.

Mi padre estudió allí de joven. Yo conocía esa parte de su historia desde siempre, pero durante mucho tiempo no había sentido ninguna necesidad especial de recorrer aquellos espacios, aquellas estancias y pasillos. La necesidad apareció cuando él ya no podía acompañarme.

Entré intentando imaginar al muchacho que había sido.

Se me antoja algo extraño, cuando se trata de nuestros padres. Los conocemos después de que hayan tomado las decisiones que hicieron posible nuestra existencia y tendemos a pensar que siempre fueron las personas que nosotros conocimos. Pero hubo un tiempo en que mi padre todavía no era mi padre.

Era simplemente Santiago.

Un joven.

Y estaba en un seminario.

Podía haber seguido allí. Podía haber elegido otra vida. Pero salió a los 19 años.

Definitivamente, no siguió el camino para el que aquel edificio parecía prepararlo.

Y yo existo, entre otras innumerables casualidades y decisiones, porque no lo siguió.

Lo curioso es que abandonar el seminario no significó abandonar la búsqueda que probablemente lo había llevado hasta allí.

Décadas después escribió Camino del despertar. Luces y sombras.

Años más tarde, La Aurora.

Camino. Despertar. Luces. Sombras. Aurora.

Durante mucho tiempo fueron para mí títulos y palabras recurrentes en su poesía. Ahora, mientras avanzo por una etapa de mi vida muy diferente de aquella en la que él escribió esos libros, tengo la certeza de que nombraban también las estaciones de una búsqueda.

La suya.

No necesariamente la mía.

Cuando publicó Camino del despertar, yo estaba en otro momento de mi vida. Sus preguntas eran las suyas y las mías eran otras. Seguíamos siendo dos hombres distintos, de generaciones distintas, con experiencias distintas.

He amado a otras personas, he sufrido otras pérdidas y he buscado respuestas por caminos que probablemente él no habría recorrido. He necesitado transitar mi propia biografía para comprender cosas a las que quizá él llegó desde la suya.

Y, sin embargo, algunas veces llego a un lugar interior y encuentro allí una huella suya.

Eso es lo que quiero explorar.

No quiero escribir una explicación de sus poemas. Tampoco reconstruir su pensamiento para convertirlo en una doctrina que él nunca pretendió impartir. Mucho menos utilizar su vida para evitar vivir la mía.

Quiero caminar. Quiero volver a viajar.

Quiero recorrer algunos de esos caminos que desde hace siglos atraviesan hombres y mujeres que buscan algo, aunque no siempre sepan darle nombre. Quiero hacer el Camino de Santiago. Quiero llegar andando hasta Santo Toribio de Liébana y detenerme ante la reliquia de la Santa Cruz, y rezar el sonetillo de Lignum Crucis. Quiero conocer monasterios y santuarios, caminar por montañas, entrar en iglesias vacías y sentarme sin esperar que ocurra nada.

Quizá algún día pueda llegar mucho más lejos. Pero también quiero regresar a la cercanía del Seminario.

Entrar en la Catedral , “de caz y peña”. Caminar por la hoz del Huécar. Seguir los senderos del Júcar. Volver a mirar, una vez más, mi propia ciudad.

Porque quizá el viaje no tenga que comenzar lejos.

Aquella mañana, el camino continuaba delante de mí exactamente igual que tantas otras veces. El Júcar seguía corriendo, los pinos continuaban aferrados a las laderas y las rocas permanecían, vigilantes, donde llevaban miles de años.

Seguí andando.

Mi padre llamó al suyo Camino del despertar. Yo todavía no sé cómo llamar al mío.

Pero ya lo estoy recorriendo.