La primera hiena apareció al caer la tarde, cuando el polvo del camino empezaba a adquirir un tono rojizo bajo la última luz.
Mark la vio avanzar entre dos hombres, sujeta por una gruesa cadena y con
las enormes mandíbulas parcialmente ocultas bajo un bozal artesanal de cuero y
metal. Había visto hienas en documentales y fotografías, pero ninguna imagen le
había preparado para la impresión de tener una delante. Era más grande de lo
que esperaba, de lomo inclinado y cuello poderoso, con una cabeza
desproporcionada que parecía concentrar toda la fuerza del animal.
A pocos metros, los niños del pueblo gritaban y reían.
Muchos se habían encaramado a las ramas de un baobab gigantesco que
presidía la aldea como si hubiese estado allí desde antes que cualquier casa.
Su tronco, ancho y retorcido, estaba perforado por oquedades y cicatrices;
algunas ramas eran tan gruesas que varios niños podían sentarse sobre ellas.
Mark pensó que aquel árbol podía tener más de mil años y que, si así fuera,
habría contemplado centenares de generaciones de hombres pasar por su sombra.
—No tengas miedo —dijo una voz a su lado.
Mark bajó la mirada.
Era una niña de unos diez años, muy delgada, con un vestido gastado por el
polvo y unos enormes ojos oscuros.
—No tengo miedo.
La pequeña volvió la cabeza hacia la hiena y después lo miró otra vez.
—Sí tienes.
Mark estuvo a punto de contestar, pero la niña ya se alejaba corriendo
entre la gente.
Durante unos segundos observó aquella manera de correr, el leve movimiento
de los brazos, la inclinación de la cabeza cuando se volvió para mirar atrás.
Y vio a Emily.
No un parecido exacto. Ni siquiera sabría explicar en qué consistía. Solo
un gesto.
Una chispa. Algo que le atravesó el pecho antes de que pudiera protegerse.
El viaje había comenzado en Barcelona varios días antes.
Abubakar llevaba años hablándole de aquellas gentes. Sus antepasados
procedían del norte de Nigeria y su abuelo Ibrahim había formado parte durante
décadas de un clan ambulante conocido por los extranjeros como los Hombres
Hiena.
Mark, escritor de viajes y lector insaciable de historias remotas, había
sentido desde el principio la fascinación de quien descubre algo que no se
parece a nada conocido: hombres que viajaban con hienas, babuinos, cobras y
pitones; narradores, curanderos y vendedores de amuletos; una mezcla de
espectáculo, tradición, magia, supervivencia y leyenda.
Durante mucho tiempo aquel viaje fue simplemente una idea. Después murió
Emily. Y dejó de serlo.
Mark había pasado meses recorriendo una casa en la que todo parecía
conservar la forma de su hija. Su habitación. Una chaqueta. Un cuaderno. Una
fotografía apoyada sobre una estantería. Había descubierto que los objetos
podían volverse crueles precisamente porque no cambiaban.
Cuando Abubakar volvió a hablarle del viaje, aceptó. Simplemente necesitaba
alejarse.
Volaron primero hasta Lagos, inmensa, bulliciosa y desbordada, una ciudad
que parecía haber decidido crecer sin pedir permiso a nadie. Desde allí
continuaron hasta Kano y, después de descansar una noche, emprendieron la ruta
hacia el este en un todoterreno destartalado.
A medida que dejaban atrás la ciudad, el paisaje se volvía más seco y
abierto. Los caminos asfaltados desaparecieron y fueron sustituidos por pistas
de tierra roja que se bifurcaban entre aldeas de adobe. El sol caía casi
vertical sobre la llanura y el aire entraba caliente por las ventanillas. A
ambos lados aparecían acacias aisladas, rebaños polvorientos y, de vez en
cuando, la silueta desmesurada de algún baobab elevándose sobre el horizonte.
Abubakar parecía cada vez más inquieto.
—¿Estás nervioso? —preguntó Mark.
—No.
Mark sonrió.
—Un poco.
Abubakar lo miró.
—Llevo veinte años escuchando historias sobre mi abuelo.
—Eso no ayuda.
—No.
Fue Ibrahim quien los encontró.
Apareció caminando hacia el vehículo antes incluso de que hubieran
terminado de descargar las mochilas.
Era un hombre pequeño, fibroso, de edad difícil de calcular. Su rostro
estaba recorrido por profundas arrugas y tenía una sonrisa que parecía ensanchar
todavía más aquellos surcos.
Abubakar permaneció, durante unos segundos, inmóvil. Después se abrazaron.
Ninguno dijo nada. Mark apartó discretamente la mirada.
Cuando finalmente se separaron, Ibrahim puso ambas manos sobre los hombros
de su nieto y lo contempló como quien intenta reconciliar en un solo rostro al
niño que recuerda y al hombre que tiene delante.
Después miró a Mark.
Abubakar habló con él en hausa.
Ibrahim sonrió.
—Dice que eres escritor.
Su inglés era lento pero suficiente.
—A veces —respondió Mark.
—¿Historias verdaderas?
Mark pensó en ello.
—Intento que lo sean.
Ibrahim sonrió todavía más.
—Las verdaderas son las más difíciles.
El clan estaba compuesto por varios hombres y mujeres, algunos niños,
cuatro babuinos, tres hienas, pitones y cobras. No eran exactamente un circo,
aunque ofrecían espectáculos; tampoco simplemente curanderos, aunque vendían
pociones, ungüentos y amuletos. Habían heredado una forma de vida ambulante
difícil de encajar en categorías sencillas.
En algunas regiones eran admirados. En otras, temidos. Había quien les
atribuía conocimientos secretos y quien los consideraba poco menos que
delincuentes.
A Mark todo aquello le resultaba fascinante.
Pero fue durante la función de aquella primera tarde cuando comprendió por
qué las fotografías de los Hombres Hiena le habían impresionado tanto.
La aldea entera formó un gran círculo sobre la tierra desnuda. Los niños
ocuparon el viejo baobab, convertidos en una bandada humana entre las ramas.
Los hombres comenzaron a tocar tambores y algunos narradores iniciaron antiguas
historias que Mark no podía entender, pero cuya cadencia parecía bastar para
mantener atento al público.
Después apareció una mujer corpulenta, vestida con un traje turquesa y un
turbante azul marino. Llevaba varias cobras entre las manos. Las hacía
deslizarse alrededor de sus brazos y, ante una mezcla de gritos y carcajadas,
llegó a introducir en su boca las cabezas de algunas serpientes.
Otros hombres comenzaron a bailar. Vestían prendas de piel con flecos de
colores y llevaban cascabeles sujetos a los tobillos. Con cada salto, el sonido
metálico se mezclaba con los tambores y con los chillidos de los babuinos, que
tiraban de sus largas cuerdas contagiados por la excitación.
Y finalmente llegaron las hienas. El ambiente cambió. Incluso los niños del
baobab parecieron guardar silencio.
Los hombres condujeron a una de ellas hasta el centro del círculo y
consiguieron hacerla tumbarse. El animal llevaba un enorme bozal, pero aun así
imponía una mezcla difícil de separar entre miedo y admiración.
Una de las personas del público se acercó. Después otra. Los hombres
animaban a algunos espectadores a sentarse sobre el animal.
Mark no podía apartar los ojos. Sabía que las hienas podían enfrentarse a
depredadores mucho mayores, robar presas a los leones y triturar huesos con
unas mandíbulas extraordinariamente poderosas.
Y sin embargo aquella criatura permanecía allí, inmóvil entre tambores,
polvo y seres humanos.
—Se llama Mariam.
Era la niña de antes.
Mark se volvió.
—¿La hiena?
Ella asintió.
—¿Es tuya?
La pequeña pareció encontrar absurda la pregunta.
—Las hienas no son de nadie.
Mark sonrió.
—¿Y tú cómo te llamas?
—Amina.
Después del espectáculo aparecieron los amuletos y las pociones.
Había pequeños frascos con líquidos de colores, raíces secas, polvos,
cuerdas anudadas, huesos y objetos cuyo origen Mark no consiguió identificar.
Ibrahim le explicó que cada uno servía para algo distinto: protegerse de la
enfermedad, atraer la lluvia, favorecer una cosecha, conseguir descendencia,
ahuyentar la mala suerte…
Amina parecía conocerlos todos.
—Este sirve para que llueva —dijo, enseñándole un pequeño saquito.
—¿Funciona?
—Si llueve, sí.
—¿Y si no llueve?
—Entonces necesitas otro.
Mark soltó una carcajada.
La niña lo miró satisfecha.
—¿Ves?
—¿Qué?
—También sé hacer magia.
Mark siguió riendo.
Y de pronto se dio cuenta de que hacía meses que no se escuchaba reír así.
La sensación fue casi dolorosa.
Durante los días siguientes, Amina comenzó a aparecer a todas horas.
Se presentaba cuando Mark sacaba la cámara, cuando observaba a los hombres
preparar a los animales o cuando Ibrahim hablaba con Abubakar sobre nombres,
lugares y parentescos familiares.
Sabía dónde estaban las serpientes. Conocía el humor de los babuinos. Sabía
cuándo convenía no acercarse a una hiena. Y, sobre todo, hablaba sin descanso.
Mark terminó acostumbrándose a su presencia. También a los pequeños
estremecimientos que le provocaban algunos gestos. La manera de levantar una
ceja. Su risa, y la costumbre de balancearse ligeramente cuando estaba
impaciente.
Emily hacía algunas de aquellas cosas. No del todo igual. Pero muy
parecidas.
Una noche se sentaron bajo el baobab. El calor del día había descendido y
una brisa tibia atravesaba las hojas. Sobre ellos, el cielo estaba saturado de
estrellas.
Abubakar y su abuelo hablaban en voz baja. Amina dibujaba figuras en la
tierra con una rama.
—¿Tienes hijos? —preguntó de repente.
Mark sintió una presión conocida en el pecho.
—Tenía una hija.
Amina dejó de dibujar.
—¿Murió?
Mark asintió.
No añadió nada.
La niña tampoco.
Durante un rato continuaron escuchando las voces lejanas del campamento.
—¿Cómo se llamaba?
—Emily.
Amina repitió el nombre.
—Emily.
Después volvió a dibujar.
No dijo que lo sentía.
No preguntó cómo había muerto.
Mark agradeció profundamente que no lo hiciera. Días después supo que Amina
también había perdido a sus padres. Las explicaciones eran confusas. Alguien
hablaba de hombres armados. Otro mencionaba a Boko Haram.
Ibrahim se limitó a decir que habían desaparecido y que la niña había
terminado viviendo con el clan. Mark no quiso preguntar más.
Aquella noche, cuando volvieron a sentarse bajo el árbol, fue Amina quien
habló.
—Mi madre decía que las personas muertas se convierten en estrellas.
Mark levantó la mirada. El cielo era tan limpio que resultaba difícil
encontrar un espacio realmente oscuro entre unas estrellas y otras.
—Hay demasiadas.
—Eso es porque muere mucha gente.
Mark sonrió con tristeza.
—Puede ser.
—¿Cuál es Emily?
—No lo sé.
Amina señaló una al azar.
—Esa.
—¿Por qué esa?
—Porque está encima de ti.
Mark miró la estrella.
—Buen argumento.
Amina continuó dibujando sobre la tierra.
Una mañana lo llevó hasta las hienas. Mariam descansaba bajo una sombra
escasa. El enorme animal respiraba lentamente.
—Ven.
Mark se detuvo a varios metros.
—Estoy bien aquí.
—Sigues teniendo miedo.
—Eso dijiste el primer día.
—Porque sigue siendo verdad.
Amina se acercó un poco más.
Mark sintió que todo su cuerpo se tensaba.
—No hagas tonterías.
La niña se volvió.
—No hago tonterías.
—Estás delante de una hiena.
—Eso no es una tontería.
Se sentó en el suelo, a una distancia prudente de la cabeza del animal. Mark
terminó haciendo lo mismo.
Durante varios minutos no ocurrió nada. Mariam respiraba. Amina jugaba con
una ramita. A lo lejos se oían voces y el sonido de algún recipiente metálico.
—No es mala —dijo la niña—. Solo es una hiena.
Mark observó al animal.
Pensó que aquella frase servía para muchas cosas.
El tiempo comenzó a cambiar. Los días ya no se medían por la hora de
levantarse, comer o acostarse, sino por los desplazamientos del clan, los
espectáculos, los descansos, los animales, las conversaciones al anochecer.
Abubakar recuperaba fragmentos de una historia familiar que temía perdida.
Escuchaba a Ibrahim durante horas y apuntaba nombres y lugares en un cuaderno.
Mark también escribía. Pero hacía menos fotografías. Cada vez sentía menos
necesidad de capturar lo que estaba viendo.
Una noche, Ibrahim se sentó junto a él.
—Abubakar dice que tu hija murió.
Mark asintió.
El anciano permaneció un rato contemplando la oscuridad.
—¿Quieres olvidarla?
Mark volvió la cabeza.
—Claro que no.
—Entonces ¿por qué quieres dejar de sufrir?
La pregunta lo irritó.
—Porque sufrir no sirve para nada.
Ibrahim tomó una pequeña rama y la quebró entre los dedos.
—Eso no significa que puedas elegir cuándo termina.
Mark guardó silencio.
—A veces —continuó el anciano— pensamos que dejar de sufrir es abandonar a
los muertos.
Miró hacia el baobab.
—No es lo mismo.
La víspera de la partida, Amina buscó a Mark. Llevaba algo escondido entre
las manos.
—Es para ti.
Era un pequeño colgante de madera tallado con la forma de un baobab. El
trabajo era tosco, pero se distinguían claramente el grueso tronco y las ramas
abiertas.
—¿Lo has hecho tú?
Amina asintió.
Mark pasó el pulgar por la madera.
—Gracias.
—Para que no te olvides.
—No creo que pueda olvidarme de vosotros.
La niña negó con la cabeza.
—No es para nosotros.
Mark la miró.
Amina señaló el pequeño árbol.
—Es para Emily.
Mark no dijo nada.
—Para que no te olvides de ella.
Cerró la mano alrededor del colgante.
—No podría.
Amina sonrió.
—Entonces funciona.
A la mañana siguiente cargaron las mochilas en el todoterreno.
Abubakar abrazó a su abuelo durante mucho tiempo. Mark se despidió de
Ibrahim y de los demás. Amina permaneció unos pasos atrás.
Cuando el vehículo comenzó a moverse, corrió detrás durante unos metros. Mark
sacó el brazo por la ventanilla. Después la vio detenerse. Amina se hizo
pequeña. Luego se confundió con el resto de las figuras. Finalmente, solo quedó
el baobab.
Su copa se levantaba sobre las casas de adobe como una enorme mano oscura
contra el cielo.
Mark metió la suya bajo la camisa y tocó el colgante de madera. Pensó en
Emily. Esta vez no apartó el recuerdo. La imaginó corriendo. La oyó reír.
Recordó cosas que durante meses había intentado evitar porque cada una
parecía conducirlo de nuevo al día de su muerte.
Pasado cierto tiempo, cuando escribió sobre los Hombres Hiena, Mark
comprendió que las fotografías no podían explicar lo que había encontrado allí.
Podía describir las hienas con sus enormes bozales, los babuinos, las cobras,
los tambores y los cascabeles; podía contar la historia de Ibrahim y hablar de
los amuletos que prometían lluvia, hijos o fortuna. Podía describir el polvo
rojo de los caminos, el calor y las aldeas de adobe.
Pero había cosas más difíciles de contar. La risa de una niña. Una noche
bajo las estrellas. El silencio entre dos personas que habían perdido a
alguien.
Y aquel viejo baobab, que había visto pasar durante siglos a hombres y
mujeres, animales, viajeros, niños y muertos.
Mark conservó el colgante. A veces lo tomaba entre los dedos. Le recordaba a
Nigeria, a Amina y, sobre todo, a Emily.
Los baobabs parecen árboles muertos durante buena parte del año. Sus ramas
desnudas se levantan hacia el cielo como raíces invertidas y sus enormes
troncos acumulan heridas, huecos y cicatrices.
Sin embargo, cuando regresan las lluvias, brotan de nuevo. Simplemente
siguen vivos.