En Tübingen,
las estaciones parecían haber sido inventadas para los pintores.
En otoño, las
calles adoquinadas del casco antiguo desaparecían bajo alfombras de hojas ocres
y rojizas, y el Neckar arrastraba reflejos cobrizos entre las fachadas de
colores y las ramas de los sauces llorones, que vertían sus largas melenas
verdosas sobre las aguas oscuras y remansadas. En invierno, la nieve cubría los
tejados a dos aguas de las viejas casas, ocultando bajo el blanco los
entramados de madera heredados de otros siglos. Después regresaban las flores a
los puentes y las farolas de la ribera y, con el verano, los estudiantes
buscaban la sombra y el frescor de la isla del Neckar, a los pies de la torre
de Hölderlin.
Leonardo
decía que no conocía otra ciudad que supiera envejecer tan despacio.
—Eso es
porque eres italiano —se burlaba Camille—. Tenéis la obligación de encontrar
belleza hasta en las paredes desconchadas.
—No es una
obligación. Es un modo de vivir, la dolce
vita.
Ella reía
entonces, y aquella manera de reír era una de las pocas cosas que Leonardo
nunca había conseguido reproducir.
Había llegado
años atrás desde el Piamonte, atraído por aquella vieja ciudad universitaria
del sur de Alemania. Pintaba, esculpía y aceptaba pequeños encargos que le
permitían mantener un estudio cerca del centro histórico, no demasiado lejos de
Burgsteige, la empinada calle que ascendía hacia el castillo de Hohentübingen.
Camille,
oriunda de la ciudad de las luces, pertenecía, al menos en apariencia, a un
mundo muy distinto. Se había formado en aquella universidad y trabajaba en
Karlsruhe, en el ámbito de las microestructuras y la nanotecnología. Pasaba sus
días entre polímeros, microscopios, modelos tridimensionales y máquinas capaces
de construir objetos que ningún ojo humano podía contemplar sin la ayuda de
aparatos. Leonardo trabajaba con barro, madera, pigmentos y piedra; ella, con
estructuras invisibles.
Durante los
primeros meses de su relación se divirtieron exagerando aquella diferencia.
—Tú reduces
el mundo hasta que deja de verse —le decía Leonardo.
—Y tú lo
llenas de cosas inútiles.
—Se llama
arte.
—En ciencia
también tenemos palabras elegantes para justificar lo que hacemos.
Había, sin
embargo, un punto en el que ambos mundos parecían encontrarse. Camille bailaba.
No profesionalmente; lo hacía porque había bailado desde niña y porque, según
decía, era una de las pocas actividades durante las cuales conseguía dejar de
pensar.
A Leonardo le
fascinaba contemplarla.
De ahí
surgieron las esculturas.
La primera
era casi del tamaño de una mano. Camille aparecía en una posición de ballet,
con una pierna ligeramente flexionada, el cuerpo prolongado hacia atrás y uno
de los brazos elevado. Leonardo había trabajado durante días en la curva del
cuello, en la caída del cabello, en la tensión de los músculos de las piernas.
Cuando se la
entregó, Camille la sostuvo frente a sus ojos y la examinó detenidamente.
—Me has hecho
demasiado alta.
—Eres así.
—No.
—Entonces
quéjate a tus padres.
La segunda
fue algo menor y después llegaron otras. Con el paso del tiempo, aquellas
pequeñas Camille fueron ocupando discretamente el estudio: sobre una mesa,
entre los pinceles, junto a los libros o en una estantería. Y cada nueva figura
era más pequeña que la anterior. Primero aproximadamente como un huevo, después
como una nuez, luego como una canica y, finalmente, apenas mayor que la cabeza
de un alfiler.
—¿Por qué
cada vez más pequeñas? —preguntó Camille una tarde.
Leonardo
sostenía una de ellas entre las pinzas y la hacía girar bajo la luz que entraba
por la ventana.
—Porque
quiero saber hasta dónde puedo llegar.
—Eso no
responde a la pregunta.
Leonardo
observó durante unos segundos la diminuta silueta.
—Casi
siempre, lo más importante es invisible.
Camille puso
los ojos en blanco.
—Eso es lo
más italiano que has dicho esta semana.
Pasaron
juntos otoños, inviernos, primaveras y veranos. Cruzaron incontables veces el
Neckar, navegaron en las barcas que recorrían sus aguas bajo las ramas de
álamos y sauces, tomaron café junto a la plaza del mercado y subieron hasta el
castillo en las tardes despejadas para contemplar desde allí los tejados de la
ciudad.
Leonardo
siguió trabajando y las esculturas continuaron reduciéndose, hasta que llegó un
momento en que sus manos dejaron de ser suficientes.
—Ahora
necesitas entrar en mi mundo —dijo Camille.
Había
colocado delante de él una serie de imágenes en la pantalla del ordenador.
—Me temo que
sí.
—Repítelo.
—No abuses.
—Quiero oírte
reconocer que la ciencia ha vencido al arte.
Leonardo se
inclinó hacia ella.
—La ciencia
ha conseguido que el arte necesite una máquina mucho más cara.
Camille
sonrió.
—Me conformo.
La idea, que
había comenzado casi como un juego, terminó ocupándolos durante meses. Camille
consiguió la colaboración de algunos compañeros de Karlsruhe y su cuerpo fue
fotografiado desde centenares de ángulos para construir un modelo
tridimensional de enorme precisión. Adoptó una de las posiciones que Leonardo
había utilizado durante años: el cabello recogido, el cuerpo esbeltamente
estirado, las piernas ligeramente flexionadas y uno de los brazos elevado hacia
el cielo, prolongando el plié en una elegante línea de danza.
Leonardo
podía recorrer ahora aquel cuerpo en una pantalla, ampliarlo y contemplar
detalles que jamás habría sido capaz de esculpir con sus propias manos.
—¿Qué miras?
—preguntó Camille.
—Un error.
Ella se
acercó inmediatamente.
—¿Dónde?
—Aquí.
—Eso es una
peca.
—Entonces el
error es tuyo.
Camille le
dio un golpe en el hombro y Leonardo siguió trabajando.
La figura fue
construida mediante técnicas de micro-fabricación. Su cuerpo era de un polímero
recubierto por una película extremadamente fina de grafeno, una estructura de
carbono de apenas un átomo de grosor, dispuesta como una minúscula celosía
hexagonal. La ciencia de Camille había conseguido llevar el antiguo oficio de
Leonardo hasta un mundo en el que sus manos ya no podían entrar.
Cuando
finalmente contemplaron la figura a través del microscopio electrónico, Leonardo
permaneció largo rato en silencio.
Medía apenas
unos pocos micrómetros, mucho menos que el grosor de un cabello humano, y sin
embargo allí estaba Camille. Se distinguían la curva del cuerpo, el brazo
elevado, el cabello recogido, las piernas y aquella postura de bailarina que
Leonardo había repetido tantas veces. Habían reducido un cuerpo humano hasta
una escala casi inconcebible y, paradójicamente, cuanto menos espacio ocupaba
aquella figura, más extraordinaria parecía.
Camille se
inclinó sobre el microscopio.
—Déjame
verla.
Leonardo se
apartó y ella observó durante unos segundos.
—Un día vas a
hacerme tan pequeña que voy a desaparecer.
—No
—respondió Leonardo.
Ella se
volvió hacia él.
—¿No?
Leonardo miró
la imagen de la diminuta bailarina en la pantalla.
—Cuanto más
pequeña seas, más difícil será perderte.
Camille
sonrió, aunque esta vez no hizo ninguna broma.
Leonardo
pensó muchas veces en aquella figura como en el extremo de un camino comenzado
miles de años atrás, cuando los primeros seres humanos trazaron animales sobre
las paredes de cuevas y abrigos rocosos. Después habían llegado la piedra, el
marfil, el bronce, el mármol, la madera, la pintura y la fotografía; ahora
podían construir una figura humana demasiado pequeña para ser vista.
Los materiales
y las técnicas habían cambiado, pero a Leonardo le gustaba pensar que el
impulso seguía siendo esencialmente el mismo: fijar algo que estaba condenado a
pasar. Un animal, un rostro, un instante, una persona amada. Oponerse, aunque
solo fuera durante un poco de tiempo, a la obstinación del mundo por
desaparecer.
Camille se
reía cuando lo escuchaba ponerse solemne.
—La escultura
más pequeña que he hecho en mi vida, y la única que nadie puede contemplar sin
un microscopio. Eso la hace exclusiva.
—Eso la hace nada
práctica.
Leonardo la
abrazaba.
—Nunca he
pretendido ser práctico.
Pasaron
todavía algunos años. Hubo más inviernos sobre los tejados de Tübingen, más
tardes junto al Neckar, más cafés en la plaza y más viajes en tren hacia
Karlsruhe.
Hasta que Camille
enfermó.
Al principio
la enfermedad entró discretamente en sus vidas, casi como algo provisional que
debía ser atendido para poder continuar después donde lo habían dejado.
Llegaron las consultas, las pruebas, los resultados y los tratamientos, acompañados
por palabras pronunciadas por médicos que ambos intentaban interpretar de
manera diferente. Durante un tiempo siguieron haciendo planes; después dejaron
de hacerlos a largo plazo y, finalmente, dejaron de hacerlos.
Una tarde de
otoño se sentaron junto al Neckar. Las hojas amarillentas descendían lentamente
sobre las aguas oscuras y quedaban atrapadas durante unos instantes en pequeños
remolinos antes de continuar corriente abajo. Camille llevaba un pañuelo sobre
la cabeza y había adelgazado mucho.
—¿Todavía la
tienes? —preguntó.
Leonardo supo
inmediatamente a qué se refería.
—Claro.
—Pensé que
acabarías perdiéndola.
—Te dije que
sería difícil.
Camille
contempló el río.
—No deberías
decir cosas así.
—¿Por qué?
—Porque todo acaba
perdiéndose.
Leonardo no
contestó. Una hoja cayó cerca de la orilla, giró dos veces sobre sí misma y se
dejó llevar por la corriente.
—Mira —dijo
Camille—. Todo se va.
Leonardo tomó
su mano.
—No todo.
Camille
apretó ligeramente sus dedos.
—Eso espero.
Murió pocos
meses después.
Durante mucho
tiempo Leonardo no regresó a su estudio. Cuando finalmente abrió la puerta, los
pinceles estaban endurecidos, una fina capa de polvo cubría las mesas y las
pequeñas figuras de Camille todavía repartidas por la habitación, como si cada
una conservara un momento distinto de los años que habían compartido. Allí
seguían aquella primera escultura del tamaño de una mano y las sucesivas
miniaturas que habían ido reduciéndose hasta alcanzar las dimensiones de una
nuez, una canica o la cabeza de un alfiler.
La última no
estaba allí.
O, mejor
dicho, estaba en algún lugar, celosamente guardada, pero era la única que sus
ojos no podían contemplar. Aquella invisibilidad adquirió entonces un
significado que Leonardo nunca había previsto mientras trabajaban en ella.
Volvió a
Karlsruhe y llevó consigo la nanoescultura. Explicó a los antiguos compañeros
de Camille lo que pretendía hacer y escuchó las objeciones, los riesgos y las
precauciones que le plantearon. No quería conservar la figura en un medallón,
ni encerrarla en una caja o una urna. Tampoco deseaba convertirla en una
reliquia que contemplaría durante el resto de su vida. Quería llevarla consigo
de la única manera que, en aquel momento, tenía sentido para él.
Dentro de su
propio cuerpo.
El día
elegido observó la aguja durante unos segundos. La diminuta Camille estaba
allí, aunque sus ojos fueran incapaces de verla. Pensó en todas las esculturas
anteriores y en aquel camino absurdo que había iniciado años atrás, reduciendo
cada figura un poco más que la anterior, como si hubiera intuido desde el
principio algo que entonces no podía saber.
La aguja
penetró en su piel. Sintió apenas un pinchazo.
En algún
lugar de su organismo, la pequeña figura comenzó su último viaje.
Meses
después, Leonardo regresó una tarde al Neckar. Era primavera y las flores
habían vuelto a las barandillas y a adornar las farolas; los estudiantes
ocupaban las terrazas, las barcas avanzaban lentamente sobre el río y las
largas ramas de los sauces rozaban de nuevo la superficie del agua.
La ciudad
había continuado sin Camille. Aquello seguía resultándole difícil de aceptar.
Se sentó
cerca de la orilla y pensó en la diminuta escultura. No sabía dónde estaría ya.
Cerró los ojos y la imaginó viajando por aquel territorio inmenso que existía
bajo su propia piel, atravesando arterias y capilares, dejándose arrastrar por
la sangre y pasando, tal vez, cerca del corazón.
Invisible
para todos. En su pose de danza.
Relato de
ficción inspirado en una noticia de National Geographic sobre la creación de
una nanoescultura mediante técnicas de microfabricación. Los personajes, la
relación amorosa y los acontecimientos narrados pertenecen a la ficción.