Hay recuerdos que no permanecen enteros. El tiempo los despoja de fechas, conversaciones y circunstancias, pero deja a salvo algunos detalles, como si hubiera decidido que eso era lo que merecía conservarse.
De mi abuelo Luis recuerdo, sobre todo, que durante mis primeros años
fuimos inseparables.
Yo era su primer nieto y todavía puedo verme caminando a su lado,
acomodando mis pasos pequeños a su cojera. Primero llevaba una garrota; después
necesitó también una muleta. No sé del todo bien adónde íbamos aquellas mañanas
ni cuánto duraban los paseos. Eso se ha borrado. Pero permanece el ritmo
desigual de nuestros pasos y la imagen de aquel niño que procuraba caminar al
compás de su abuelo.
Otros recuerdos aparecen como fotografías sueltas. Los bares donde él
tomaba el aperitivo mientras yo jugaba con aquellas máquinas de billar que
había entonces. Los días de pesca en el río y en el pantano. La mañana de Reyes
y los regalos escondidos: la bicicleta, un coche teledirigido, aquel Scalextric
que todavía conservo.
Y el Seat 127 amarillo.
En Tarancón había una cuesta que se conoce por “la Bolita”. Mi abuelo tenía
la costumbre de bajarla en punto muerto y con el motor apagado, y yo estaba
convencido de que aquel pequeño coche alcanzaba una velocidad digna de un
Lamborghini. San Cristóbal hacía su labor protegiéndonos, acomodado en el espejo
retrovisor.
Mi abuelo murió cuando yo todavía era un niño. Con los años he olvidado
muchas cosas de él y, sin embargo, aquellas escenas han permanecido. Quizá la
memoria no sea un archivo demasiado fiable, pero tiene sus propias fidelidades.
Entre todo lo que conservo hay unas palabras que durante mucho tiempo no
supe cómo interpretar.
—Tú has venido a unir a las personas.
No recuerdo cuándo me lo dijo. Tampoco qué estábamos haciendo ni qué pudo
llevarlo a decir algo así. Ni siquiera sé si fueron exactamente esas palabras. Pero
la frase quedó en mi memoria.
Durante décadas no pensé demasiado en ella. Era una de esas expresiones que
uno guarda sin preguntarse por qué, hasta que hace algún tiempo, al revisar mi
propia biografía, volvió a aparecer.
Entonces miré hacia atrás.
Pensé en asociaciones, organizaciones sociales y proyectos muy distintos
entre sí; en grupos que he creado o de los que he formado parte; en esa
inclinación, a veces demasiado persistente, a conectar personas, tender
puentes, reunir alrededor de una idea a quienes antes no se conocían. Lo mismo
con amistades.
Y recordé a mi abuelo.
No creo que aquella frase escondiera ninguna profecía. Tal vez vio en mí
algún rasgo que ya empezaba a manifestarse. Tal vez fue una ocurrencia de un
hombre que hablaba con su nieto. O quizá sucedió algo todavía más sencillo:
aquellas palabras encontraron un lugar donde quedarse y, de alguna manera que
nunca podré comprender, acabaron formando parte de la historia que después fui
contándome sobre mí mismo.
Cuando somos niños no pensamos en aquello que estamos recibiendo.
Simplemente vivimos. Alguien nos lleva de la mano, nos enseña a pescar, conduce
un coche amarillo, esconde los regalos de Reyes o se sienta frente a nosotros
ante un tablero de ajedrez. Sólo mucho después empezamos a descubrir cuánto de
todo aquello sigue viajando con nosotros.
Mi padre escribió muchos años más tarde Mi último viaje. En aquel
soneto imaginaba el momento de partir y hablaba de llevar «lo mejor de mí mismo
en equipaje»:
Un río caudal
seré sin estiaje,
dique que
reprimido se contenga,
llevaré todo
aquello que convenga,
lo mejor de mí
mismo en equipaje.
Mi padre se preguntaba, de algún modo, por aquello que uno puede llevarse.
Al pensar en mi abuelo, la pregunta se me vuelve del revés: ¿qué dejamos en el
equipaje de los demás?
No tiene por qué ser algo grandioso. Quizá ni siquiera somos conscientes de
estar dejándolo.
Mi abuelo me enseñó a jugar al ajedrez siendo yo muy pequeño. Jugábamos
muchas partidas y él ganaba siempre. No recuerdo que me concediera ventajas.
Probablemente, aquello formaba parte del proceso. Si quería ganarle, tendría
que aprender. Y aprendí.
Muy poco tiempo antes de que muriera jugamos nuestra última partida, sin
ser yo consciente de ello. Aquella vez gané yo.
Durante años conservé el recuerdo de aquella victoria con el orgullo
natural de quien finalmente consigue derrotar a su maestro. Tuvo que pasar
mucho tiempo para que entendiera algo que ahora me parece evidente.
Mi abuelo, por primera y última vez, se había dejado ganar.
No puedo saberlo con absoluta certeza. Tampoco pude preguntarle si
realmente fue así, y por qué lo hizo. Quizá quiso regalarme simplemente la
satisfacción de vencerlo por primera vez. Tal vez vio cuánto me agradaría.
Puede incluso que mi memoria haya reconstruido la escena de una manera distinta
a como sucedió.
Pero prefiero conservarla así.
A veces imagino aquel tablero. Mi abuelo frente a mí. Sus manos moviendo
las piezas. Yo concentrado en una partida que debía de parecerme
importantísima.
Él sabía algo que yo ignoraba en aquel instante: que aquella sería una de
las últimas veces que jugaríamos juntos. De hecho, fue la última.
Han pasado más de cincuenta años y sigo recordando aquella partida. También
el 127 amarillo, la garrota, San Cristóbal balanceándose en el retrovisor y una
frase pronunciada en algún momento que ya no consigo reconstruir.
De muchas otras cosas no queda nada.
Quizá sea inevitable. Las personas que amamos desaparecen dos veces:
primero de nuestra vida y después, poco a poco, de nuestra memoria. Se borra el
sonido de una voz, se confunden los lugares, desaparecen conversaciones
enteras.
Pero algunas cosas resisten. Un gesto. Una frase. Una manera de mirar el mundo.
La sensación de haber sido profundamente querido.
Y, de vez en cuando, una última partida que alguien decidió perder para que
nosotros pudiéramos ganar.