lunes, 5 de octubre de 2026

La última partida

Hay recuerdos que no permanecen enteros. El tiempo los despoja de fechas, conversaciones y circunstancias, pero deja a salvo algunos detalles, como si hubiera decidido que eso era lo que merecía conservarse.

De mi abuelo Luis recuerdo, sobre todo, que durante mis primeros años fuimos inseparables.

Yo era su primer nieto y todavía puedo verme caminando a su lado, acomodando mis pasos pequeños a su cojera. Primero llevaba una garrota; después necesitó también una muleta. No sé del todo bien adónde íbamos aquellas mañanas ni cuánto duraban los paseos. Eso se ha borrado. Pero permanece el ritmo desigual de nuestros pasos y la imagen de aquel niño que procuraba caminar al compás de su abuelo.

Otros recuerdos aparecen como fotografías sueltas. Los bares donde él tomaba el aperitivo mientras yo jugaba con aquellas máquinas de billar que había entonces. Los días de pesca en el río y en el pantano. La mañana de Reyes y los regalos escondidos: la bicicleta, un coche teledirigido, aquel Scalextric que todavía conservo.

Y el Seat 127 amarillo.

En Tarancón había una cuesta que se conoce por “la Bolita”. Mi abuelo tenía la costumbre de bajarla en punto muerto y con el motor apagado, y yo estaba convencido de que aquel pequeño coche alcanzaba una velocidad digna de un Lamborghini. San Cristóbal hacía su labor protegiéndonos, acomodado en el espejo retrovisor.

Mi abuelo murió cuando yo todavía era un niño. Con los años he olvidado muchas cosas de él y, sin embargo, aquellas escenas han permanecido. Quizá la memoria no sea un archivo demasiado fiable, pero tiene sus propias fidelidades.

Entre todo lo que conservo hay unas palabras que durante mucho tiempo no supe cómo interpretar.

—Tú has venido a unir a las personas.

No recuerdo cuándo me lo dijo. Tampoco qué estábamos haciendo ni qué pudo llevarlo a decir algo así. Ni siquiera sé si fueron exactamente esas palabras. Pero la frase quedó en mi memoria.

Durante décadas no pensé demasiado en ella. Era una de esas expresiones que uno guarda sin preguntarse por qué, hasta que hace algún tiempo, al revisar mi propia biografía, volvió a aparecer.

Entonces miré hacia atrás.

Pensé en asociaciones, organizaciones sociales y proyectos muy distintos entre sí; en grupos que he creado o de los que he formado parte; en esa inclinación, a veces demasiado persistente, a conectar personas, tender puentes, reunir alrededor de una idea a quienes antes no se conocían. Lo mismo con amistades.

Y recordé a mi abuelo.

No creo que aquella frase escondiera ninguna profecía. Tal vez vio en mí algún rasgo que ya empezaba a manifestarse. Tal vez fue una ocurrencia de un hombre que hablaba con su nieto. O quizá sucedió algo todavía más sencillo: aquellas palabras encontraron un lugar donde quedarse y, de alguna manera que nunca podré comprender, acabaron formando parte de la historia que después fui contándome sobre mí mismo.

Cuando somos niños no pensamos en aquello que estamos recibiendo. Simplemente vivimos. Alguien nos lleva de la mano, nos enseña a pescar, conduce un coche amarillo, esconde los regalos de Reyes o se sienta frente a nosotros ante un tablero de ajedrez. Sólo mucho después empezamos a descubrir cuánto de todo aquello sigue viajando con nosotros.

Mi padre escribió muchos años más tarde Mi último viaje. En aquel soneto imaginaba el momento de partir y hablaba de llevar «lo mejor de mí mismo en equipaje»:

Un río caudal seré sin estiaje,

dique que reprimido se contenga,

llevaré todo aquello que convenga,

lo mejor de mí mismo en equipaje.

Mi padre se preguntaba, de algún modo, por aquello que uno puede llevarse. Al pensar en mi abuelo, la pregunta se me vuelve del revés: ¿qué dejamos en el equipaje de los demás?

No tiene por qué ser algo grandioso. Quizá ni siquiera somos conscientes de estar dejándolo.

Mi abuelo me enseñó a jugar al ajedrez siendo yo muy pequeño. Jugábamos muchas partidas y él ganaba siempre. No recuerdo que me concediera ventajas. Probablemente, aquello formaba parte del proceso. Si quería ganarle, tendría que aprender. Y aprendí.

Muy poco tiempo antes de que muriera jugamos nuestra última partida, sin ser yo consciente de ello. Aquella vez gané yo.

Durante años conservé el recuerdo de aquella victoria con el orgullo natural de quien finalmente consigue derrotar a su maestro. Tuvo que pasar mucho tiempo para que entendiera algo que ahora me parece evidente.

Mi abuelo, por primera y última vez, se había dejado ganar.

No puedo saberlo con absoluta certeza. Tampoco pude preguntarle si realmente fue así, y por qué lo hizo. Quizá quiso regalarme simplemente la satisfacción de vencerlo por primera vez. Tal vez vio cuánto me agradaría. Puede incluso que mi memoria haya reconstruido la escena de una manera distinta a como sucedió.

Pero prefiero conservarla así.

A veces imagino aquel tablero. Mi abuelo frente a mí. Sus manos moviendo las piezas. Yo concentrado en una partida que debía de parecerme importantísima.

Él sabía algo que yo ignoraba en aquel instante: que aquella sería una de las últimas veces que jugaríamos juntos. De hecho, fue la última.

Han pasado más de cincuenta años y sigo recordando aquella partida. También el 127 amarillo, la garrota, San Cristóbal balanceándose en el retrovisor y una frase pronunciada en algún momento que ya no consigo reconstruir.

De muchas otras cosas no queda nada.

Quizá sea inevitable. Las personas que amamos desaparecen dos veces: primero de nuestra vida y después, poco a poco, de nuestra memoria. Se borra el sonido de una voz, se confunden los lugares, desaparecen conversaciones enteras.

Pero algunas cosas resisten. Un gesto. Una frase. Una manera de mirar el mundo. La sensación de haber sido profundamente querido.

Y, de vez en cuando, una última partida que alguien decidió perder para que nosotros pudiéramos ganar.