Hay cosas que sólo se entienden cuando te alejas.
No me refiero necesariamente a la distancia que se mide en kilómetros. A
veces basta que hayan pasado unos años para que una experiencia que ocupaba
todo nuestro campo de visión reduzca su tamaño y encuentre, por fin, un lugar
dentro del paisaje.
Mi padre escribió en Mirador de Mirabueno:
«Allá arriba en las alturas
se oye la voz del silencio,
un balcón que abre los ojos
al escenario del tiempo.»
Desde este mirador y el del Socorro, Cuenca se contempla de otra manera.
Las casas que desde abajo parecen grandes se reúnen en una misma panorámica;
las calles dejan de ser recorridos y se convierten en líneas; lugares que
caminando parecen separados descubren desde arriba su proximidad. La ciudad
sigue siendo exactamente la misma. Lo único que ha cambiado es la perspectiva.
Con algunas experiencias de mi vida me ha sucedido algo parecido.
Hubo una época en la que una ruptura podía ocupar prácticamente todo el
paisaje. Lo ocurrido, lo que no había comprendido, las palabras que faltaron,
aquello que habría querido preguntar y quizá también las respuestas que
imaginaba. Cuando estamos dentro de una historia resulta difícil distinguirla
de la totalidad de nuestra vida. Caminamos por sus calles y cada esquina
conduce otra vez al mismo lugar.
Durante mucho tiempo creí que comprender era importante para cerrar las
cosas.
Todavía lo creo, hasta cierto punto. Las personas nos debemos
explicaciones. Una despedida honesta siempre me parecerá preferible al
silencio. Hay dolores que serían innecesarios si fuéramos capaces de mirarnos a
los ojos y decirnos la verdad.
Pero el tiempo me ha enseñado algo que entonces no sabía: no todas las
explicaciones llegan. Y uno puede quedarse esperando ante esa puerta durante
años.
En mi caso existía además algo que confundí muchas veces con una virtud,
sin advertir del todo su reverso. Siempre he valorado la lealtad, la
permanencia, el estar cuando las cosas se ponen difíciles. Sigo valorándolo. No
quiero convertirme en alguien que abandona con facilidad aquello que ama.
Pero he aprendido que permanecer tampoco puede ser una obligación absoluta.
Hay momentos en que seguir sosteniendo algo que ya no existe deja de ser
fidelidad y empieza a convertirse en otra cosa. Amar no obliga a impedir que
todo termine. He aprendido a soltar.
A lo largo de mi vida, he sido muchas veces el que permanece. El que
intenta entender. El que busca una solución antes de aceptar una despedida. Hay
algo hermoso en esa forma de estar en el mundo y no quisiera perderlo. Pero
toda cualidad proyecta también una sombra, y quizá la sombra de la fidelidad
consista, precisamente, en permanecer demasiado tiempo ante puertas que ya se
han cerrado.
De vez en cuando vuelvo, mentalmente, a ese mirador del que hablaba mi
padre.
Desde allí no desaparece lo sucedido. Tampoco cambia de forma para
convertirse mágicamente en algo bueno, aunque se llame Mirabueno. Hay pérdidas
que continúan siendo pérdidas y comportamientos que, con veinte años de
distancia, siguen pareciéndonos equivocados.
Lo que cambia es la proporción. Aquello que ocupaba el horizonte entero
pasa a formar parte del paisaje.
Y alrededor aparecen otras cosas que entonces estaban ocultas: personas que
permanecieron, lugares a los que regresé, trabajos, amistades, animales, nuevos
afectos, decisiones que jamás habría tomado si la vida hubiera seguido
exactamente como yo había imaginado.
El tiempo no sólo es el verdugo que se lleva las cosas, sino el extraño
arquitecto que modifica la perspectiva desde la cual las contemplamos.
Mi padre habla de Mirabueno como de un lugar de calma, quietud y sosiego.
No sé si la vida proporciona realmente una cumbre desde la que todo termina por
comprenderse. Quizá no. Hay historias cuyo sentido cambia varias veces según
envejecemos y otras que nunca terminaremos de descifrar.
Quizá tampoco haga falta.
He necesitado respuestas que no llegaron. Con el tiempo he descubierto que
podía seguir viviendo sin ellas. Y no es indiferencia. No significa que aquello
dejara de importar ni que el dolor fuese imaginario. Significa, solamente, que
ya no necesito resolver cada misterio del pasado para continuar mi camino.
Y en ese punto encuentro otro sentido en los versos de mi padre.
El mirador no cambia la ciudad. Abre los ojos.
Tal vez la madurez tenga algo de eso: aprender que, para mirar bien algunas
cosas, tenemos que dejar de estar en medio de ellas.
Desde arriba siguen reconociéndose las calles por las que caminamos. Sigue
ahí la casa en la que fuimos felices, el lugar donde alguien nos dijo algo que
no hemos olvidado, la esquina en la que comenzó una historia y aquella otra en
la que terminó.
Pero ya podemos ver también el resto de la ciudad. Y comprendemos, por fin,
que siempre hubo mucho más paisaje.
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