Conocí a Jesús Mateo mucho antes de que pintara aquellos muros.
Fuimos compañeros en la escuela, después en el instituto y también en la
universidad. Durante años compartimos esa parte de la vida en la que uno
empieza a descubrir quién es sin tener todavía demasiada idea de quién llegará
a ser. Mucho tiempo después entré en la antigua iglesia de San Juan Bautista de
Alarcón -atalaya del medievo que corona los meandros del Júcar-, y me encontré
rodeado por más de mil metros cuadrados de su imaginación.
He visitado las pinturas varias veces. Quizá por conocer a quien las había
creado, mi primera impresión no fue exactamente la misma que habría tenido ante
la obra de un desconocido. Resultaba extraño relacionar aquella inmensidad con
el muchacho al que había conocido tantos años atrás, aunque, desde bien niño,
ya expresaba su don con el pincel.
En 1994, con apenas veintidós años, descubrió la iglesia, prácticamente
abandonada y utilizada como almacén. Sus grandes muros blancos despertaron en
él una idea desmesurada: cubrirlos con su pintura. Acabaría dedicándole ocho
años, buena parte de ellos trabajando solo sobre los andamios.
El resultado cuesta abarcarlo de una sola mirada.
No hay santos, vírgenes ni escenas de la vida de Cristo. San Juan Bautista
era ya una iglesia desacralizada, y Jesús llenó aquel antiguo espacio religioso
con un mundo completamente diferente. Las formas parecen pertenecer unas veces
al interior de un organismo y otras al nacimiento de un planeta. Hay algo
vegetal, animal y mineral que se mezcla sin terminar de adquirir una identidad
precisa. Pueden aparecer células, entrañas, criaturas, cavernas, meteoritos,
raíces. O quizá ninguna de esas cosas. Buena parte de ese universo remite,
deliberadamente, a un mundo anterior a la presencia humana, a los orígenes de
la vida y de la materia.
Los muros y las bóvedas te rodean hasta hacer desaparecer gran parte del
blanco que un día encontró el pintor, ahora relegado a columnas y nervaduras.
Y, mientras contemplaba la obra, sumergido en ella, me pregunté de dónde habían
salido realmente todas aquellas formas.
La respuesta inmediata parece sencilla: de Jesús. Pero no explica
demasiado.
Un pintor decide pintar. Elige colores, prepara materiales, sube a un
andamio, rectifica una forma que no le convence, conserva otra. Hay voluntad,
aprendizaje y técnica. Ocho años de trabajo no pueden explicarse tan solo apelando
a una inspiración misteriosa.
Sin embargo, antes de todo eso tuvo que aparecer algo. Una imagen. Una intuición.
El presentimiento de una forma que todavía no existía sobre el muro.
Siempre me ha interesado ese territorio anterior a la obra, quizá porque
nunca he creído que nuestra conciencia sea la única habitación de la casa. Hay
mucho más debajo, hasta la profundidad de nuestra alma. Recuerdos que creíamos
olvidados, temores, deseos, imágenes recibidas durante toda una vida –o quizá,
incluso, de otras vidas de nuestros ancestros-, asociaciones que no sabemos que
hemos hecho y formas que emergen sin que podamos reconstruir el camino que las
llevó hasta nosotros.
Lo llamamos inconsciente. Pero para mí tampoco termina ahí.
Creo en un Creador. No como una hipótesis que necesite introducir cada vez
que trato de comprender el mundo, sino como fundamento de todo lo que existe. Y
creo que aquello que llamamos inconsciente no está separado de Él por una
frontera impermeable.
Dios crea de la nada. Nosotros no. Nosotros recibimos.
Recibimos un mundo que ya existía antes de nosotros: la materia, el color,
el sonido, las palabras, los cuerpos, los árboles, el miedo, el amor, la
memoria. Recibimos también una vida que va depositando dentro de nosotros mucho
más de lo que alcanzamos a comprender. Y con todo ello hacemos algo que antes
no estaba allí.
Quizá una parte de ser creados a imagen y semejanza de Dios tenga que ver
con esa capacidad. No somos creadores en el mismo sentido que Él. Tenemos que
trabajar con lo recibido. Pero podemos convertirlo en algo nuevo.
Jesús convirtió una iglesia vacía en aquel universo.
Mi padre lo hacía con palabras.
Al releer sus poemas, después de visitar las pinturas, encontré uno que
parecía acercarse especialmente a esta idea. Lo tituló sencillamente La
poesía:
«Yo cultivo la poesía
en el jardín de mi alma.
¡Qué dulce sentir la calma
en mi jardín cada día!
Me florece día a día
cuando comienzo a soñar…»
Cultivar un poema que florece cuando comienza a soñar… Como el jardinero que
prepara la tierra, abona, riega, poda y espera. Y, sin embargo, sabe que una
parte esencial del proceso no depende de él.
Quizá la creación humana se parezca un poco a eso. Algo emerge y nosotros
le damos forma.
Después interviene la libertad. El pintor puede seguir una imagen o
descartarla. El escritor puede aceptar una palabra o buscar otra. Podemos
desarrollar lo que surge de nuestro interior, corregirlo, deformarlo,
abandonarlo. La existencia del inconsciente no elimina nuestra voluntad; le
entrega materiales con los que trabajar.
Mi padre era muy consciente de la materia que había elegido. En la
introducción de Camino del despertar. Luces y sombras explicó que
siempre se había sentido atraído por una forma de creación cuyo fin era la
«expresión plástica por medio de la palabra». Quería servirse de ella para
reflexionar sobre la trascendencia de la existencia, las alegrías y las penas
y, según escribió, «la íntima esencia de las cosas».
Expresión plástica por medio de la palabra... Me gusta
encontrar esa frase suya después de haber estado ante las pinturas de Jesús. Porque
quizá la distancia entre ambos lenguajes no sea tan grande.
Uno necesita pigmentos y paredes. Otro necesita palabras. Pero ambos
intentan realizar el mismo tránsito imposible: sacar algo de dentro y conseguir
que exista fuera.
Pensé en los ocho años que Jesús había pasado frente a aquellos muros. Al
principio sólo había una iglesia vacía y una idea. Después aparecieron las
formas, unas detrás de otras, hasta ocupar un cuadrado de más de mil quinientos
metros. El universo interior se había hecho materia.
Con mi padre sucedía algo diferente y semejante. Lo que había dentro
acababa convertido en versos. Él mismo escribió que la palabra era un «logro
sin igual del ser pensante» y, sobre todo, «el vínculo de encuentro
humanizado».
Tal vez ahí se complete la creación. No cuando la obra termina, sino cuando
alguien la encuentra.
Una imagen que sólo existe en la mente del pintor pertenece todavía al
pintor. Cuando llega al muro, otro puede contemplarla. Una intuición permanece
encerrada en quien la siente; convertida en poema, puede atravesar una vida
distinta de aquella en la que nació.
Por eso yo podía entrar muchos años después en San Juan Bautista y recorrer
el mundo interior de alguien con quien había compartido pupitres y aulas. Y por
eso puedo abrir ahora los libros de mi padre y encontrar pensamientos que él
tuvo mucho antes de que yo supiera que algún día iba a necesitarlos.
Pensé entonces en el lugar donde me encontraba. Aquello había sido una
iglesia.
Durante siglos sus paredes habían estado destinadas a hablar de Dios
mediante imágenes reconocibles. Después el templo perdió su función religiosa,
quedó vacío y terminó convertido en almacén. Hasta que un muchacho de veintidós
años entró allí, contempló sus paredes desnudas e imaginó otra cosa. Ahora las
paredes volvían a hablar.
No me correspondía decidir qué relación tenía el universo de Jesús con
Dios. Esa era su búsqueda, no la mía. Pero sí podía preguntarme qué me decía a
mí aquella obra.
Y a mí me resultaba difícil contemplar aquel estallido de materia,
organismos, formas, oscuridad y vida dentro de una antigua iglesia sin pensar
en la Creación.
En el Génesis, Dios crea y después contempla lo creado.
El hombre llega más tarde.
Quizá desde entonces no haya dejado de hacer lo mismo a su escala: mirar lo
recibido, introducirlo en ese lugar misterioso que llevamos dentro y devolverlo
transformado al mundo.
Alguien llamó a las pinturas de Alarcón El noveno día de la creación.
Sugiere que la Creación no terminó completamente cuando el relato bíblico cerró
sus jornadas. El universo siguió produciendo galaxias y estrellas; la vida
continuó multiplicando sus formas; y el ser humano, dotado de conciencia y
libertad, comenzó también a imaginar lo que todavía no existía.
No para completar la obra de Dios. Mucho menos para sustituirlo. Quizá,
simplemente, porque había sido creado a su imagen.
Recorrí una vez más aquellas paredes intentando reconocer algo entre sus
formas. Dejé de hacerlo al cabo de un rato. Tal vez no fuera necesario poner
nombre a todo.
Mi padre escribió que cultivaba la poesía en el jardín de su alma y que ese
jardín florecía cuando comenzaba a soñar. Jesús había hecho florecer otra cosa
sobre los muros de San Juan Bautista.
Pensé en ellos dos, cada uno entregado a su lenguaje, y durante un instante
me pregunté qué habría dentro de mí esperando todavía encontrar el suyo.
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