lunes, 14 de septiembre de 2026

¿A qué se parece una piedra?

Cuando era niño, visitar la Ciudad Encantada tenía algo de juego familiar. Las rocas ya tenían nombres. Alguien había decidido mucho antes que aquello era un perro, un barco, un puente o el rostro de alguna criatura, y los carteles ayudaban a orientar la imaginación. Pero nosotros no siempre estábamos de acuerdo.

Había figuras que aparecían enseguida, como si la piedra hubiera estado esperando millones de años a que llegáramos para reconocerlas. Otras exigían cierta colaboración: había que retroceder unos pasos, cambiar de posición, ladear la cabeza o aceptar las indicaciones de quien insistía en que desde allí se veía perfectamente. Y a veces, pese a todos los esfuerzos familiares, uno seguía viendo solamente una roca.

También ocurría lo contrario. Donde ya existía una figura reconocida, alguno encontraba otra. Entonces empezaba realmente el juego.

No recuerdo quién tenía más imaginación ni cuáles fueron todas aquellas criaturas que descubrimos. La memoria ha borrado buena parte de los detalles, pero ha conservado algo más importante: la disposición a mirar. No bastaba con pasar delante de una piedra. Había que detenerse y preguntarse a qué se parecía.

Muchos años después encontré ese mismo juego en un poema de mi padre dedicado a la Ciudad Encantada. Curiosamente, no comienza describiendo lo que hay. Comienza preguntando:

«¿Te gustó la ciudad que gota a gota

labró el agua en el centro de los pinos?
¿Viste sueños y rostros y caminos…?»

Sueños y rostros y caminos. Están allí y no están.

La piedra es piedra. El agua, el viento y el tiempo explican sus formas sin necesidad de recurrir a ningún encantamiento. Pero, después, llegamos nosotros y una roca se convierte en rostro. Otro ve un animal. Alguien descubre un barco. Un niño encuentra algo que ningún adulto había advertido y, durante unos minutos, consigue que los demás también lo vean.

Aprender con los años cómo se formaron aquellos paisajes nunca me estropeó el juego. Al contrario. Siempre me ha parecido que comprender cómo suceden las cosas proporciona otra forma de asombro. Saber que el agua puede trabajar pacientemente sobre la caliza durante un tiempo que apenas somos capaces de imaginar no hace menos extraordinaria una roca. Simplemente cambia la clase de maravilla que encontramos en ella.

Quizá ésa sea una de las cosas de aquel niño que mejor he conservado.

He cambiado en casi todo lo demás, como es inevitable, pero todavía me cuesta pasar por el mundo sin hacer preguntas. Quiero saber cómo funcionan las cosas, por qué un animal se comporta de determinada manera, qué planta crece junto a un camino, qué historia guarda un lugar, cómo viven personas de culturas muy alejadas de la mía o qué quiso decir un escritor en una página que atrapa mi atención y me obliga a detenerme.

A veces esa curiosidad me ha llevado a lugares inesperados. He aprendido sobre asuntos que terminaron formando parte de mi trabajo, o de alguno de mis proyectos, y sobre otros que, contemplados desde un punto de vista estrictamente práctico, no me han servido absolutamente para nada. También esto último me parece importante.

Los adultos adquirimos una cierta necesidad de justificar aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo. Estudiamos para conseguir un título, hacemos un curso para aprender una profesión, leemos para adquirir conocimientos que puedan resultarnos útiles. Incluso el ocio parece necesitar a veces una finalidad.

Un niño puede pasarse media tarde observando unas hormigas. No necesita saber para qué.

Creo que siempre he conservado algo de esa forma poco rentable de aprender. Durante distintas épocas de mi vida me he interesado por la naturaleza, los animales, la historia, la psicología, la espiritualidad, otras culturas y un buen número de asuntos que han ido apareciendo por el camino. Algunos permanecieron. Otros dieron lugar a proyectos. Bastantes se quedaron simplemente en unas semanas o unos meses de lecturas y descubrimientos, antes de que otra cosa despertara mi atención.

Durante mucho tiempo quizá pensé que esa dispersión era un defecto. Ahora no estoy tan seguro. Hay conocimientos que no necesitan llevarnos a ninguna parte. Basta con que ensanchen un poco el mundo.

Esa curiosidad explica también, probablemente, mi afición a las historias. Puedo encontrar una noticia sobre una costumbre de un pueblo que apenas conozco y acabar buscando dónde está ese lugar, quiénes viven allí, de dónde procede aquella tradición, qué paisaje lo rodea y qué sentiría una persona que participara en ella. A veces, después de muchas preguntas, aparece un relato.

Pensándolo bien, no es tan diferente de lo que hacíamos en la Ciudad Encantada. Hay algo delante de nosotros y nos preguntamos qué más podría ser.

Mi padre llevó el juego todavía más lejos en aquel poema. No encontró solamente figuras en las rocas. Preguntó por «sueños y rostros y caminos» y dejó que el paisaje se llenara de cosas que sólo podían existir en la mirada de quien lo contemplaba.

Pero lo que más me interesa ahora no es lo que vio. Es que siguiera preguntando.

Los niños hacen preguntas constantemente. Algunas son extraordinarias y otras pueden llevar a un adulto al borde de la paciencia. Quieren saber por qué el cielo es azul, dónde termina una carretera, qué come un insecto, de dónde viene una palabra o qué hay detrás de una montaña. Todavía no han aprendido a clasificar las preguntas entre importantes e inútiles.

Después crecemos y sucede algo extraño. Vamos acumulando respuestas y, al mismo tiempo, disminuye nuestra capacidad para sorprendernos. Llegamos a un lugar y sabemos lo que estamos viendo. Conocemos su nombre, quizá hemos leído la explicación y hacemos una fotografía. El asunto parece resuelto.

Jesús dijo que teníamos que hacernos como niños.

Es una de esas afirmaciones que resultan paradójicas cuando uno lleva toda la vida intentando precisamente lo contrario: crecer, aprender, adquirir experiencia, formarse un criterio, dejar atrás la ingenuidad. No creo que aquellas palabras nos inviten a renunciar a nada de eso. Hay una inocencia que merece conservarse y una ingenuidad que conviene perder.

Pero quizá haya algo en la mirada de un niño que sí merece acompañarnos hasta el final. Un niño todavía no ha decidido que el mundo es un lugar conocido. Para él casi todo conserva la posibilidad de ser descubierto.

Me gustaría hacerme aún mayor sin perder del todo esa disposición. Seguir queriendo saber qué hay detrás de una montaña, por qué alguien escribió determinado verso, cómo funciona una colmena o qué historia se cuenta desde hace siglos en un pueblo remoto. Abrir un libro sobre algo de lo que no sé absolutamente nada. Escuchar a alguien cuya vida es muy diferente de la mía. Cambiar de opinión cuando descubra algo que ignoraba. Y seguir haciendo preguntas que no sirvan para nada.

No sé si todo eso me hará más sabio. Tampoco importa demasiado. Hasta ahora, al menos, ha conseguido que el mundo me parezca un lugar bastante más grande de lo que sería si me limitara a reconocer aquello que ya conozco.

Quizá por eso me sigue gustando la Ciudad Encantada.

Puedo volver sabiendo lo que es la erosión de la roca caliza, cuánto ha trabajado allí el agua y que aquellas figuras que reconocíamos de niños nunca fueron realmente aquello que imaginábamos.

Pero basta detenerse delante de una de ellas durante un momento. Mirarla. Cambiar un poco de posición. Y hacerse de nuevo la pregunta.

¿A qué se parece?

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