Cuando era
niño, visitar la Ciudad Encantada tenía algo de juego familiar. Las rocas ya
tenían nombres. Alguien había decidido mucho antes que aquello era un perro, un
barco, un puente o el rostro de alguna criatura, y los carteles ayudaban a
orientar la imaginación. Pero nosotros no siempre estábamos de acuerdo.
Había figuras
que aparecían enseguida, como si la piedra hubiera estado esperando millones de
años a que llegáramos para reconocerlas. Otras exigían cierta colaboración:
había que retroceder unos pasos, cambiar de posición, ladear la cabeza o
aceptar las indicaciones de quien insistía en que desde allí se veía
perfectamente. Y a veces, pese a todos los esfuerzos familiares, uno seguía
viendo solamente una roca.
También
ocurría lo contrario. Donde ya existía una figura reconocida, alguno encontraba
otra. Entonces empezaba realmente el juego.
No recuerdo
quién tenía más imaginación ni cuáles fueron todas aquellas criaturas que
descubrimos. La memoria ha borrado buena parte de los detalles, pero ha
conservado algo más importante: la disposición a mirar. No bastaba
con pasar delante de una piedra. Había que detenerse y preguntarse a qué se
parecía.
Muchos años
después encontré ese mismo juego en un poema de mi padre dedicado a la Ciudad
Encantada. Curiosamente, no comienza describiendo lo que hay. Comienza
preguntando:
«¿Te gustó la
ciudad que gota a gota
labró el agua en el centro de los pinos?
¿Viste sueños y rostros y caminos…?»
Sueños
y rostros y caminos. Están allí y no están.
La piedra es
piedra. El agua, el viento y el tiempo explican sus formas sin necesidad de
recurrir a ningún encantamiento. Pero, después, llegamos nosotros y una roca se
convierte en rostro. Otro ve un animal. Alguien descubre un barco. Un niño
encuentra algo que ningún adulto había advertido y, durante unos minutos,
consigue que los demás también lo vean.
Aprender con
los años cómo se formaron aquellos paisajes nunca me estropeó el juego. Al contrario.
Siempre me ha parecido que comprender cómo suceden las cosas proporciona otra
forma de asombro. Saber que el agua puede trabajar pacientemente sobre la
caliza durante un tiempo que apenas somos capaces de imaginar no hace menos
extraordinaria una roca. Simplemente cambia la clase de maravilla que
encontramos en ella.
Quizá ésa sea
una de las cosas de aquel niño que mejor he conservado.
He cambiado
en casi todo lo demás, como es inevitable, pero todavía me cuesta pasar por el
mundo sin hacer preguntas. Quiero saber cómo funcionan las cosas, por qué un
animal se comporta de determinada manera, qué planta crece junto a un camino,
qué historia guarda un lugar, cómo viven personas de culturas muy alejadas de
la mía o qué quiso decir un escritor en una página que atrapa mi atención y me
obliga a detenerme.
A veces esa
curiosidad me ha llevado a lugares inesperados. He aprendido sobre asuntos que
terminaron formando parte de mi trabajo, o de alguno de mis proyectos, y sobre
otros que, contemplados desde un punto de vista estrictamente práctico, no me
han servido absolutamente para nada. También esto último me parece importante.
Los adultos
adquirimos una cierta necesidad de justificar aquello a lo que dedicamos
nuestro tiempo. Estudiamos para conseguir un título, hacemos un curso para
aprender una profesión, leemos para adquirir conocimientos que puedan
resultarnos útiles. Incluso el ocio parece necesitar a veces una finalidad.
Un niño puede
pasarse media tarde observando unas hormigas. No necesita saber para qué.
Creo que
siempre he conservado algo de esa forma poco rentable de aprender. Durante
distintas épocas de mi vida me he interesado por la naturaleza, los animales,
la historia, la psicología, la espiritualidad, otras culturas y un buen número
de asuntos que han ido apareciendo por el camino. Algunos permanecieron. Otros
dieron lugar a proyectos. Bastantes se quedaron simplemente en unas semanas o
unos meses de lecturas y descubrimientos, antes de que otra cosa despertara mi
atención.
Durante mucho
tiempo quizá pensé que esa dispersión era un defecto. Ahora no estoy tan
seguro. Hay conocimientos que no necesitan llevarnos a ninguna parte. Basta con
que ensanchen un poco el mundo.
Esa
curiosidad explica también, probablemente, mi afición a las historias. Puedo
encontrar una noticia sobre una costumbre de un pueblo que apenas conozco y
acabar buscando dónde está ese lugar, quiénes viven allí, de dónde procede
aquella tradición, qué paisaje lo rodea y qué sentiría una persona que
participara en ella. A veces, después de muchas preguntas, aparece un relato.
Pensándolo
bien, no es tan diferente de lo que hacíamos en la Ciudad Encantada. Hay algo
delante de nosotros y nos preguntamos qué más podría ser.
Mi padre
llevó el juego todavía más lejos en aquel poema. No encontró solamente figuras
en las rocas. Preguntó por «sueños y rostros y caminos» y dejó que el paisaje
se llenara de cosas que sólo podían existir en la mirada de quien lo
contemplaba.
Pero lo que
más me interesa ahora no es lo que vio. Es que siguiera preguntando.
Los niños
hacen preguntas constantemente. Algunas son extraordinarias y otras pueden
llevar a un adulto al borde de la paciencia. Quieren saber por qué el cielo es
azul, dónde termina una carretera, qué come un insecto, de dónde viene una
palabra o qué hay detrás de una montaña. Todavía no han aprendido a clasificar
las preguntas entre importantes e inútiles.
Después
crecemos y sucede algo extraño. Vamos acumulando respuestas y, al mismo tiempo,
disminuye nuestra capacidad para sorprendernos. Llegamos a un lugar y sabemos
lo que estamos viendo. Conocemos su nombre, quizá hemos leído la explicación y
hacemos una fotografía. El asunto parece resuelto.
Jesús dijo
que teníamos que hacernos como niños.
Es una de
esas afirmaciones que resultan paradójicas cuando uno lleva toda la vida
intentando precisamente lo contrario: crecer, aprender, adquirir experiencia,
formarse un criterio, dejar atrás la ingenuidad. No creo que aquellas palabras
nos inviten a renunciar a nada de eso. Hay una inocencia que merece conservarse
y una ingenuidad que conviene perder.
Pero quizá
haya algo en la mirada de un niño que sí merece acompañarnos hasta el final. Un
niño todavía no ha decidido que el mundo es un lugar conocido. Para él casi
todo conserva la posibilidad de ser descubierto.
Me gustaría
hacerme aún mayor sin perder del todo esa disposición. Seguir queriendo saber
qué hay detrás de una montaña, por qué alguien escribió determinado verso, cómo
funciona una colmena o qué historia se cuenta desde hace siglos en un pueblo
remoto. Abrir un libro sobre algo de lo que no sé absolutamente nada. Escuchar
a alguien cuya vida es muy diferente de la mía. Cambiar de opinión cuando
descubra algo que ignoraba. Y seguir haciendo preguntas que no sirvan para
nada.
No sé si todo
eso me hará más sabio. Tampoco importa demasiado. Hasta ahora, al menos, ha
conseguido que el mundo me parezca un lugar bastante más grande de lo que sería
si me limitara a reconocer aquello que ya conozco.
Quizá por eso
me sigue gustando la Ciudad Encantada.
Puedo volver
sabiendo lo que es la erosión de la roca caliza, cuánto ha trabajado allí el
agua y que aquellas figuras que reconocíamos de niños nunca fueron realmente
aquello que imaginábamos.
Pero basta
detenerse delante de una de ellas durante un momento. Mirarla. Cambiar un poco
de posición. Y hacerse de nuevo la pregunta.
¿A qué se parece?
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