Cuando criamos con Dina no quise poner nombre a los cachorros. Sabía que tendría que regalar la mayoría y pensé, quizá ingenuamente, que no bautizarlos haría menos doloroso separarme de ellos.
Al final me quedé con dos: Pachón y Nana.
Pachón era un perrito tan tranquilo que, en sus primeras salidas al parque,
ya se tumbaba en el ascensor de casa. Apenas se cerraban las puertas y él
parecía considerar que aquel breve trayecto entre plantas merecía ser
aprovechado para descansar.
No podía haber mayor acierto en el nombre. O acaso fue al revés.
No recuerdo bien si lo llamamos Pachón porque ya apuntaba maneras o si, una
vez bautizado, empezamos a interpretar su carácter a través de su nombre.
A su hermana querían llamarla Princesa. Me negué en rotundo. No tenía nada
contra la realeza ni contra la perrita, pero no me veía gritando «¡Princesa!» a
pleno pulmón por un parque. Se quedó en Nana, que era bastante más manejable.
Siempre me han intrigado los nombres.
Yo me llamo igual que mi padre: Santiago. Y en su familia hubo algún
Santiago más. Durante muchos años eso no tuvo para mí ninguna trascendencia
especial. Era mi nombre y poco más. Pero con el tiempo he ido reconociendo en
mí bastantes cosas de mi padre.
Algunas serán aprendidas. Otras vendrán de más atrás. La genética habrá
hecho su trabajo y la convivencia habrá hecho el suyo. Incluso se habla ahora
de mecanismos epigenéticos capaces de transmitir ciertas huellas entre
generaciones, aunque yo no sabría decir dónde termina la ciencia y dónde
empiezan las interpretaciones que hacemos de ella.
Lo que me resulta más curioso es otra cosa. Hasta mi rúbrica terminó
pareciéndose bastante a la de mi padre. No recuerdo haber intentado imitarla
intencionadamente ¿O tal vez sí?
Y entonces aparece una pregunta que probablemente no tenga respuesta:
¿puede un nombre influir de algún modo en la persona que termina llevándolo?
No me refiero a que cinco o seis letras contengan un carácter secreto.
Sería absurdo pensar que todos los Santiago
compartimos una determinada manera de estar en el mundo. Pero un nombre tampoco
es solamente una combinación de sonidos.
Sobre todo, cuando es un nombre heredado.
Antes de ser mío, Santiago ya había sido pronunciado miles de veces para
llamar a mi padre. Había atravesado su infancia, su juventud, su matrimonio, su
trabajo, sus amistades. Mi madre lo había utilizado durante toda una vida para
dirigirse a él y, al mismo tiempo, lo utilizaba para llamarme a mí.
Quizá un nombre heredado no determine nada, pero tampoco llega vacío.
Pachón tampoco llegó vacío al suyo.
Era tranquilo, cariñoso, obediente y extraordinariamente bueno. Mi padre lo
retrató así en uno de aquellos poemillas que escribió para su nieta Celia.
Porque el pequeño peluche de Pachón nació hace casi diecisiete años,
prácticamente los mismos que va a cumplir ahora mi sobrina. Fue divertido ver
crecer juntos a la niña y al cachorro, observar sus juegos y esa relación
natural que establecen los niños con los animales, antes de que nadie tenga que
explicarles en qué consiste.
Mi padre acabó metiendo a los dos en un poema.
En Celia y Pachón imaginó una conversación entre ellos. Pachón habla
y se presenta como un «perro fiel y agradecido». Celia le responde llamándolo
«mimoso perrito» y «bello peluche blanquito».
Hasta que la niña hace una de esas preguntas que solamente un niño puede
formular con absoluta seriedad:
—Te pregunto, dime abuelo,
¿irá Pachoncito al cielo?
circunspecto
mi mensaje,
todo lo bueno
del mundo
de Dios es
puro reflejo.
Si te sirve
de consuelo,
claro que
irá, mi pequeña,
con alitas
para el viaje.
Mi padre responde:
Desconcertado y perplejo,
Entonces era solamente un poema tierno.
Nadie estaba
pensando realmente en despedidas. Celia era una niña, Pachón un cachorro y mi
padre todavía tenía por delante muchos poemas que escribir.
El tiempo hizo lo que acostumbra.
Mi padre murió. Y pocos meses después murió Pachón, ya viejito, con catorce
años.
Pachón ya no significa para mí solamente aquel perrito blanco y tranquilo
que se tumbaba en el ascensor. Dentro de ese nombre están Dina y Nana, los
primeros paseos, mi sobrina jugando con él, catorce años de vida compartida, mi
padre escribiendo un poema y una niña preguntándole a su abuelo si los perros
también van al cielo.
Lo mismo ocurre cuando digo Santiago.
No sé cuánto de mi padre hay en mí porque llevamos el mismo nombre y cuánto
aunque me llamara de cualquier otra manera.
Pero me gusta pensar que los nombres son pequeños lugares donde vamos
dejando cosas. Los pronunciamos miles de veces sin reparar en ello y, un día,
descubrimos que contienen una vida entera.
Quizá por eso cuesta tanto volver a decir algunos nombres cuando alguien
acaba de marcharse. Y quizá por eso, pasado el tiempo, pronunciarlos vuelve a
resultar necesario.
No sé si nuestros nombres dicen quiénes somos. Sé que algunos consiguen
decir quiénes fuimos para los demás.
Y todavía hoy, cuando leo aquel poema y llego a la pregunta de Celia, puedo
imaginar a mi padre buscando una respuesta para tranquilizar a su nieta.
No necesitó demasiada teología.
Pachoncito iría al cielo.
Con alitas para el viaje.