lunes, 19 de octubre de 2026

Me llamo Pachón

Cuando criamos con Dina no quise poner nombre a los cachorros. Sabía que tendría que regalar la mayoría y pensé, quizá ingenuamente, que no bautizarlos haría menos doloroso separarme de ellos.

Al final me quedé con dos: Pachón y Nana.

Pachón era un perrito tan tranquilo que, en sus primeras salidas al parque, ya se tumbaba en el ascensor de casa. Apenas se cerraban las puertas y él parecía considerar que aquel breve trayecto entre plantas merecía ser aprovechado para descansar.

No podía haber mayor acierto en el nombre. O acaso fue al revés.

No recuerdo bien si lo llamamos Pachón porque ya apuntaba maneras o si, una vez bautizado, empezamos a interpretar su carácter a través de su nombre.

A su hermana querían llamarla Princesa. Me negué en rotundo. No tenía nada contra la realeza ni contra la perrita, pero no me veía gritando «¡Princesa!» a pleno pulmón por un parque. Se quedó en Nana, que era bastante más manejable.

Siempre me han intrigado los nombres.

Yo me llamo igual que mi padre: Santiago. Y en su familia hubo algún Santiago más. Durante muchos años eso no tuvo para mí ninguna trascendencia especial. Era mi nombre y poco más. Pero con el tiempo he ido reconociendo en mí bastantes cosas de mi padre.

Algunas serán aprendidas. Otras vendrán de más atrás. La genética habrá hecho su trabajo y la convivencia habrá hecho el suyo. Incluso se habla ahora de mecanismos epigenéticos capaces de transmitir ciertas huellas entre generaciones, aunque yo no sabría decir dónde termina la ciencia y dónde empiezan las interpretaciones que hacemos de ella.

Lo que me resulta más curioso es otra cosa. Hasta mi rúbrica terminó pareciéndose bastante a la de mi padre. No recuerdo haber intentado imitarla intencionadamente ¿O tal vez sí?

Y entonces aparece una pregunta que probablemente no tenga respuesta: ¿puede un nombre influir de algún modo en la persona que termina llevándolo?

No me refiero a que cinco o seis letras contengan un carácter secreto. Sería absurdo pensar que todos los Santiago compartimos una determinada manera de estar en el mundo. Pero un nombre tampoco es solamente una combinación de sonidos.

Sobre todo, cuando es un nombre heredado.

Antes de ser mío, Santiago ya había sido pronunciado miles de veces para llamar a mi padre. Había atravesado su infancia, su juventud, su matrimonio, su trabajo, sus amistades. Mi madre lo había utilizado durante toda una vida para dirigirse a él y, al mismo tiempo, lo utilizaba para llamarme a mí.

Quizá un nombre heredado no determine nada, pero tampoco llega vacío.

Pachón tampoco llegó vacío al suyo.

Era tranquilo, cariñoso, obediente y extraordinariamente bueno. Mi padre lo retrató así en uno de aquellos poemillas que escribió para su nieta Celia.

Porque el pequeño peluche de Pachón nació hace casi diecisiete años, prácticamente los mismos que va a cumplir ahora mi sobrina. Fue divertido ver crecer juntos a la niña y al cachorro, observar sus juegos y esa relación natural que establecen los niños con los animales, antes de que nadie tenga que explicarles en qué consiste.

Mi padre acabó metiendo a los dos en un poema.

En Celia y Pachón imaginó una conversación entre ellos. Pachón habla y se presenta como un «perro fiel y agradecido». Celia le responde llamándolo «mimoso perrito» y «bello peluche blanquito».

Hasta que la niña hace una de esas preguntas que solamente un niño puede formular con absoluta seriedad:

—Te pregunto, dime abuelo,

¿irá Pachoncito al cielo?
circunspecto mi mensaje,
todo lo bueno del mundo
de Dios es puro reflejo.
Si te sirve de consuelo,
claro que irá, mi pequeña,
con alitas para el viaje.

Mi padre responde:

Desconcertado y perplejo,

Entonces era solamente un poema tierno.

Nadie estaba pensando realmente en despedidas. Celia era una niña, Pachón un cachorro y mi padre todavía tenía por delante muchos poemas que escribir.

El tiempo hizo lo que acostumbra.

Mi padre murió. Y pocos meses después murió Pachón, ya viejito, con catorce años.

Pachón ya no significa para mí solamente aquel perrito blanco y tranquilo que se tumbaba en el ascensor. Dentro de ese nombre están Dina y Nana, los primeros paseos, mi sobrina jugando con él, catorce años de vida compartida, mi padre escribiendo un poema y una niña preguntándole a su abuelo si los perros también van al cielo.

Lo mismo ocurre cuando digo Santiago.

No sé cuánto de mi padre hay en mí porque llevamos el mismo nombre y cuánto aunque me llamara de cualquier otra manera.

Pero me gusta pensar que los nombres son pequeños lugares donde vamos dejando cosas. Los pronunciamos miles de veces sin reparar en ello y, un día, descubrimos que contienen una vida entera.

Quizá por eso cuesta tanto volver a decir algunos nombres cuando alguien acaba de marcharse. Y quizá por eso, pasado el tiempo, pronunciarlos vuelve a resultar necesario.

No sé si nuestros nombres dicen quiénes somos. Sé que algunos consiguen decir quiénes fuimos para los demás.

Y todavía hoy, cuando leo aquel poema y llego a la pregunta de Celia, puedo imaginar a mi padre buscando una respuesta para tranquilizar a su nieta.

No necesitó demasiada teología.

Pachoncito iría al cielo.

Con alitas para el viaje.