De niño me pegaba al televisor cada vez que aparecían Félix Rodríguez de la Fuente o Jacques Cousteau. Podía quedarme absorto ante aquellos mundos que se abrían al otro lado de la pantalla: lobos, águilas, océanos, criaturas que vivían vidas completamente ajenas a la nuestra y que, sin embargo, despertaban en mí una fascinación difícil de explicar.
Mi amor por
los animales y por la naturaleza estuvo ahí, desde muy pronto.
Luego llegó
la juventud, y con ella esa peculiar seguridad que, a veces, tenemos cuando
todavía sabemos muy pocas cosas. El mundo parecía mucho más sencillo entonces.
Había causas justas y causas injustas. Lugares que debían conservarse y
proyectos que había que detener. El gris todavía ocupaba muy poco espacio entre
el blanco y el negro. Y yo quería estar en el lado correcto.
Así, terminé
implicándome, activamente, en asociaciones ecologistas. Hubo manifestaciones,
campañas, denuncias y, también, acciones directas. En alguna ocasión llegué a
encadenarme a máquinas para intentar paralizar obras que considerábamos una
amenaza para espacios naturales valiosos.
La defensa
del valle del Tiétar. Las hoces del Cabriel. Los quejigos centenarios del
Campichuelo. Los dragados del Cigüela… Nombres que ahora recupero de una época
de mi vida en la que todavía conservaba intacta cierta ingenuidad. No me
avergüenzo de ella.
Con los años
descubrí que las causas justas también podían mezclarse con intereses menos
claros, que las organizaciones estaban formadas por personas con sus grandezas
y sus miserias, que la política podía contaminar aquello que, en principio,
parecía limpio y que la realidad casi nunca cabía entera dentro de nuestras
convicciones.
Pero perder
la inocencia no significó dejar de amar aquello que había intentado defender. Simplemente
cambió mi manera de hacerlo.
Durante largos
años, décadas, la naturaleza se convirtió incluso en mi profesión. Trabajé en
proyectos relacionados con el voluntariado y la educación ambiental. Ya no se
trataba tanto de enfrentarse a una máquina como de intentar que otras personas
descubrieran por qué merecía la pena conservar aquello que aquella máquina
podía destruir.
Muchos años
después llegarían también las abejas.
La apicultura
me enseñó otra forma de relacionarme con la naturaleza.
Cuando tienes
una colmena delante estás contemplando un libro abierto. Hay sequías,
enfermedades, depredadores, cosechas buenas y malas, muerte y nacimiento. La
naturaleza no es solamente hermosa. Tampoco es solo cruel. Simplemente es.
Y quizá por
eso acabé sintiéndome cada vez más cómodo dentro de ella.
Mi padre
también tuvo una relación profunda con la naturaleza. La suya fue diferente.
Mientras yo
protestaba, él contemplaba. Mientras yo intentaba detener una obra, él podía
detenerse ante un árbol, un río o una hoz y convertirlos en palabras.
Entre los
poemas de Camino
del despertar. Luces y sombras hay uno que siempre me resulta
especialmente significativo: ¡A los árboles… ciudadanos!. Lo escribió para una
campaña de la asociación que fundé y donde trabajaba: la Federación de clubes
Conocer y Proteger la Naturaleza.
En aquellos
versos imaginaba una ciudad sin árboles ni espacios verdes como un lugar
triste, condenado al olvido.
¿Alienta con
vigor ciudad alguna,
que no tenga un lugar verde y florido?
¿Alienta quien la viva enmudecido
deshecho en soledad, noche sin luna?
será presa de abrojos y de olvido,
fosa común, sepulcro enmohecido,
más triste y desolada que ninguna.
las ramas donde anida el ruiseñor.
No hay rumor de los duendes en la brisa,
ni el candor y la cálida sonrisa,
desnuda compañera del amor.
Si existe esa
ciudad tan importuna,
Agoniza el
albor, la luz no irisa
ni la suave
caricia del frescor,
Cuando releo ése
y otros poemas, comprendo que había algo que compartíamos sin necesidad de
explicarlo demasiado. El paisaje. Los animales. Los árboles.
El asombro
ante un mundo que estaba allí antes de nosotros y que seguirá estando
—esperemos— cuando ya no estemos.
En La aurora,
años después, mi padre volvió una y otra vez a esos paisajes. El Alto Tajo, el
río Cuervo, el valle del Cambrón, las hoces, los pueblos de Cuenca. Y en Canto de
juglar escribió sobre los vientos, los fríos, las piedras, los ríos
y el pinar. Allí la naturaleza no era solamente paisaje: también era refugio.
La tierra
podía ayudar a cerrar una herida. Tal vez eso también lo he entendido con los
años. Porque yo nunca dejé, completamente, de buscar esa compañía.
La encontré
en las abejas. En el monte. En los caminos. En Dina, Nana y Pachón, los tres
perritos que, durante tantos años, formaron parte de mi vida y que ya no están.
Y ahora la
vuelvo a encontrar cuando camino por algunos de estos lugares y me detengo a
mirar. Entonces me pregunto qué queda de aquel muchacho que se encadenaba a las
máquinas.
Inevitablemente,
ya no veo el mundo del mismo modo.
He aprendido
a desconfiar de las certezas demasiado cómodas. Sé que casi todo contiene
contradicciones. Que podemos equivocarnos incluso cuando defendemos algo que
creemos justo. Que la realidad suele resistirse a nuestras simplificaciones.
Pero aquel
joven todavía me resulta reconocible.
Sigue
apareciendo cuando me detengo ante un animal. Cuando un paisaje consigue que
permanezca unos minutos en silencio. Cuando me indigna ver destruir algo que
considero valioso.
Envejecer no
consiste en dejar atrás a las personas que fuimos. Más bien en aprender a
conversar con ellas. Decirles en qué se equivocaban. Agradecerles aquello que
todavía conservamos…
Y seguir haciendo
el camino.