viernes, 16 de octubre de 2026

¡A los árboles… ciudadanos!

De niño me pegaba al televisor cada vez que aparecían Félix Rodríguez de la Fuente o Jacques Cousteau. Podía quedarme absorto ante aquellos mundos que se abrían al otro lado de la pantalla: lobos, águilas, océanos, criaturas que vivían vidas completamente ajenas a la nuestra y que, sin embargo, despertaban en mí una fascinación difícil de explicar.

Mi amor por los animales y por la naturaleza estuvo ahí, desde muy pronto.

Luego llegó la juventud, y con ella esa peculiar seguridad que, a veces, tenemos cuando todavía sabemos muy pocas cosas. El mundo parecía mucho más sencillo entonces. Había causas justas y causas injustas. Lugares que debían conservarse y proyectos que había que detener. El gris todavía ocupaba muy poco espacio entre el blanco y el negro. Y yo quería estar en el lado correcto.

Así, terminé implicándome, activamente, en asociaciones ecologistas. Hubo manifestaciones, campañas, denuncias y, también, acciones directas. En alguna ocasión llegué a encadenarme a máquinas para intentar paralizar obras que considerábamos una amenaza para espacios naturales valiosos.

La defensa del valle del Tiétar. Las hoces del Cabriel. Los quejigos centenarios del Campichuelo. Los dragados del Cigüela… Nombres que ahora recupero de una época de mi vida en la que todavía conservaba intacta cierta ingenuidad. No me avergüenzo de ella.

Con los años descubrí que las causas justas también podían mezclarse con intereses menos claros, que las organizaciones estaban formadas por personas con sus grandezas y sus miserias, que la política podía contaminar aquello que, en principio, parecía limpio y que la realidad casi nunca cabía entera dentro de nuestras convicciones.

Pero perder la inocencia no significó dejar de amar aquello que había intentado defender. Simplemente cambió mi manera de hacerlo.

Durante largos años, décadas, la naturaleza se convirtió incluso en mi profesión. Trabajé en proyectos relacionados con el voluntariado y la educación ambiental. Ya no se trataba tanto de enfrentarse a una máquina como de intentar que otras personas descubrieran por qué merecía la pena conservar aquello que aquella máquina podía destruir.

Muchos años después llegarían también las abejas.

La apicultura me enseñó otra forma de relacionarme con la naturaleza.

Cuando tienes una colmena delante estás contemplando un libro abierto. Hay sequías, enfermedades, depredadores, cosechas buenas y malas, muerte y nacimiento. La naturaleza no es solamente hermosa. Tampoco es solo cruel. Simplemente es.

Y quizá por eso acabé sintiéndome cada vez más cómodo dentro de ella.

Mi padre también tuvo una relación profunda con la naturaleza. La suya fue diferente.

Mientras yo protestaba, él contemplaba. Mientras yo intentaba detener una obra, él podía detenerse ante un árbol, un río o una hoz y convertirlos en palabras.

Entre los poemas de Camino del despertar. Luces y sombras hay uno que siempre me resulta especialmente significativo: ¡A los árboles… ciudadanos!. Lo escribió para una campaña de la asociación que fundé y donde trabajaba: la Federación de clubes Conocer y Proteger la Naturaleza.

En aquellos versos imaginaba una ciudad sin árboles ni espacios verdes como un lugar triste, condenado al olvido.

¿Alienta con vigor ciudad alguna,

que no tenga un lugar verde y florido?
¿Alienta quien la viva enmudecido
deshecho en soledad, noche sin luna?
será presa de abrojos y de olvido,
fosa común, sepulcro enmohecido,
más triste y desolada que ninguna.
las ramas donde anida el ruiseñor.
No hay rumor de los duendes en la brisa,
ni el candor y la cálida sonrisa,
desnuda compañera del amor.

Si existe esa ciudad tan importuna,

Agoniza el albor, la luz no irisa

ni la suave caricia del frescor,

Cuando releo ése y otros poemas, comprendo que había algo que compartíamos sin necesidad de explicarlo demasiado. El paisaje. Los animales. Los árboles.

El asombro ante un mundo que estaba allí antes de nosotros y que seguirá estando —esperemos— cuando ya no estemos.

En La aurora, años después, mi padre volvió una y otra vez a esos paisajes. El Alto Tajo, el río Cuervo, el valle del Cambrón, las hoces, los pueblos de Cuenca. Y en Canto de juglar escribió sobre los vientos, los fríos, las piedras, los ríos y el pinar. Allí la naturaleza no era solamente paisaje: también era refugio.

La tierra podía ayudar a cerrar una herida. Tal vez eso también lo he entendido con los años. Porque yo nunca dejé, completamente, de buscar esa compañía.

La encontré en las abejas. En el monte. En los caminos. En Dina, Nana y Pachón, los tres perritos que, durante tantos años, formaron parte de mi vida y que ya no están.

Y ahora la vuelvo a encontrar cuando camino por algunos de estos lugares y me detengo a mirar. Entonces me pregunto qué queda de aquel muchacho que se encadenaba a las máquinas.

Inevitablemente, ya no veo el mundo del mismo modo.

He aprendido a desconfiar de las certezas demasiado cómodas. Sé que casi todo contiene contradicciones. Que podemos equivocarnos incluso cuando defendemos algo que creemos justo. Que la realidad suele resistirse a nuestras simplificaciones.

Pero aquel joven todavía me resulta reconocible.

Sigue apareciendo cuando me detengo ante un animal. Cuando un paisaje consigue que permanezca unos minutos en silencio. Cuando me indigna ver destruir algo que considero valioso.

Envejecer no consiste en dejar atrás a las personas que fuimos. Más bien en aprender a conversar con ellas. Decirles en qué se equivocaban. Agradecerles aquello que todavía conservamos…

Y seguir haciendo el camino.