Los Callejones de Las Majadas tienen algo de laberinto, aunque sea un laberinto natural. Uno sabe que no va a perderse de verdad, que el recorrido está señalizado y que, antes o después, encontrará la salida. Pero entre las paredes de roca, los pasos estrechos y los recodos que esconden lo que viene después, permanece durante un rato el pequeño placer de no tener demasiado claro por dónde continúa el camino.
Mi padre
debió de sentir algo parecido cuando escribió sobre aquel lugar:
«Monumento rocoso en Las Majadas,
enigma en laberinto y callejones,
elevados picachos y crestones,
belleza y magia sobre roca alzadas.»
y tres veces volví sobre lo andado,
un barco sin timón en puerto anclado,
honda prisión impide que me vaya.»
para vivir, para soñar.»
Hay una
diferencia, claro, entre perderse allí y perderse en la vida. En Los Callejones
basta con volver unos metros hacia atrás si una abertura no conduce a ninguna
parte. Fuera de ellos las cosas suelen ser algo más complicadas, sobre todo
porque casi nunca sabemos, mientras estamos recorriendo un camino, si acabará
siendo el nuestro.
Después de mi
última ruptura de pareja tuve durante un tiempo esa sensación. No tanto la de
estar completamente perdido —creo que nunca lo estuve— como la de haber salido
de una vida que durante años había tenido una forma bastante definida y
encontrarme, de repente, sin saber muy bien cuál sería la siguiente. En aquella
época empecé a hacer cursos, formaciones y trabajos que poco tenían que ver con
lo que había hecho anteriormente. Probé cosas distintas, algunas bastante
alejadas entre sí, y seguramente, desde fuera, mi trayectoria debía de parecer
un poco desconcertante.
Ahora que ha
pasado el tiempo creo que entiendo mejor para qué sirvió todo aquello, aunque
no estoy seguro de que entonces me lo planteara así. Necesitaba mantenerme
ocupado, aprender cosas nuevas, tener proyectos delante y recuperar, poco a
poco, mi centro. Algunas de aquellas formaciones tuvieron después utilidad
profesional; otras, bastante menos. Algunas abrieron posibilidades y otras no
llegaron a ninguna parte. Pero quizá medirlas únicamente por aquello en lo que
desembocaron sería no entender bien lo que estaba ocurriendo.
Tendemos a
pensar que un camino sólo ha merecido la pena si nos ha llevado a algún sitio. Sin
embargo, no creo que la vida funcione de una manera tan contable.
No quisiera
convertir con esto cada desvío en una pieza secreta de un destino perfectamente
diseñado. Esa idea me resulta demasiado cómoda vista desde el presente. Hay
decisiones que, simplemente, no fueron buenas, cosas en las que insistimos más
de lo necesario y caminos que, si pudiéramos volver atrás con lo que sabemos
ahora, probablemente no tomaríamos.
Mi padre
escribió en el mismo poema de Los Callejones una expresión que me gusta
especialmente:
«sinrazón y
ventura emparejadas.»
Me parece una
combinación bastante más realista que pensar que todo sucede por alguna razón
que un día comprenderemos. En una vida se mezclan la sinrazón y la ventura con
bastante naturalidad. Decisiones equivocadas que terminan dejando algo bueno;
casualidades aparentemente insignificantes que cambian mucho más de lo
esperado; planes sensatos que fracasan y otros improvisados que, contra todo
pronóstico, encuentran su sitio.
También mi
padre reflexionó, desde circunstancias muy distintas de las mías, sobre esa
sensación de no encontrar inmediatamente la salida. En Desesperanza
escribió:
«Tres veces del umbral toqué la raya,
Siempre me
llama la atención ese «volví sobre lo andado». Hay momentos en los que avanzar
consiste precisamente en eso: probar, comprobar que por allí no es y regresar.
Lo difícil quizá sea aceptar que volver unos pasos atrás no borra el camino que
ya hemos recorrido.
En otro poema
se definió como un «barco sin norte, rumbo ni concierto» y, frente a ese
desconcierto, no pidió ninguna revelación extraordinaria. Deseó que regresaran
la calma, una vida sencilla, el amor, la paz y la esperanza.
En La Aurora,
mi padre escribió algo que parece contradecir esa necesidad de que todo sea
recto:
«Es preciso perder para ganar,
No sé si
siempre es preciso perder. Probablemente no. Hay pérdidas que habríamos
preferido evitar y errores de los que podríamos haber prescindido
perfectamente. Pero sí creo que podemos seguir viviendo después de ellos sin
considerar que todo lo anterior no vale para nada.
Puedo aceptar
que una relación tuvo sentido durante años y terminó. Que determinada elección
fue razonable para la persona que yo era entonces, aunque hoy eligiera de otro
modo. Que pasé por trabajos, cursos y proyectos que no se convirtieron en mi
profesión y que, aun así, formaron parte de una etapa en la que necesitaba
reconstruir algunas cosas.
Tal vez por
eso me gustan los laberintos de piedra de Las Majadas. No plantean demasiadas
exigencias. Si uno toma un paso que termina contra una pared, da media vuelta.
Si encuentra otra abertura, continúa. Simplemente sigue caminando.
Y quizá haya
algo de eso que podamos permitirnos también fuera de Los Callejones: reconocer
que no siempre sabemos hacia dónde vamos, cambiar de dirección cuando hace
falta y admitir, sin demasiado dramatismo, que alguna vez nos equivocamos.
Después de
todo, la vida puede contener al mismo tiempo bastante sinrazón y bastante
ventura. Y no siempre resulta fácil saber cuál de las dos estamos atravesando
mientras recorremos el laberinto.