viernes, 23 de octubre de 2026

Sinrazón y ventura

Los Callejones de Las Majadas tienen algo de laberinto, aunque sea un laberinto natural. Uno sabe que no va a perderse de verdad, que el recorrido está señalizado y que, antes o después, encontrará la salida. Pero entre las paredes de roca, los pasos estrechos y los recodos que esconden lo que viene después, permanece durante un rato el pequeño placer de no tener demasiado claro por dónde continúa el camino.

Mi padre debió de sentir algo parecido cuando escribió sobre aquel lugar:

«Monumento rocoso en Las Majadas,

enigma en laberinto y callejones,
elevados picachos y crestones,
belleza y magia sobre roca alzadas.»
y tres veces volví sobre lo andado,
un barco sin timón en puerto anclado,
honda prisión impide que me vaya.»
para vivir, para soñar.»

Hay una diferencia, claro, entre perderse allí y perderse en la vida. En Los Callejones basta con volver unos metros hacia atrás si una abertura no conduce a ninguna parte. Fuera de ellos las cosas suelen ser algo más complicadas, sobre todo porque casi nunca sabemos, mientras estamos recorriendo un camino, si acabará siendo el nuestro.

Después de mi última ruptura de pareja tuve durante un tiempo esa sensación. No tanto la de estar completamente perdido —creo que nunca lo estuve— como la de haber salido de una vida que durante años había tenido una forma bastante definida y encontrarme, de repente, sin saber muy bien cuál sería la siguiente. En aquella época empecé a hacer cursos, formaciones y trabajos que poco tenían que ver con lo que había hecho anteriormente. Probé cosas distintas, algunas bastante alejadas entre sí, y seguramente, desde fuera, mi trayectoria debía de parecer un poco desconcertante.

Ahora que ha pasado el tiempo creo que entiendo mejor para qué sirvió todo aquello, aunque no estoy seguro de que entonces me lo planteara así. Necesitaba mantenerme ocupado, aprender cosas nuevas, tener proyectos delante y recuperar, poco a poco, mi centro. Algunas de aquellas formaciones tuvieron después utilidad profesional; otras, bastante menos. Algunas abrieron posibilidades y otras no llegaron a ninguna parte. Pero quizá medirlas únicamente por aquello en lo que desembocaron sería no entender bien lo que estaba ocurriendo.

Tendemos a pensar que un camino sólo ha merecido la pena si nos ha llevado a algún sitio. Sin embargo, no creo que la vida funcione de una manera tan contable.

No quisiera convertir con esto cada desvío en una pieza secreta de un destino perfectamente diseñado. Esa idea me resulta demasiado cómoda vista desde el presente. Hay decisiones que, simplemente, no fueron buenas, cosas en las que insistimos más de lo necesario y caminos que, si pudiéramos volver atrás con lo que sabemos ahora, probablemente no tomaríamos.

Mi padre escribió en el mismo poema de Los Callejones una expresión que me gusta especialmente:

«sinrazón y ventura emparejadas.»

Me parece una combinación bastante más realista que pensar que todo sucede por alguna razón que un día comprenderemos. En una vida se mezclan la sinrazón y la ventura con bastante naturalidad. Decisiones equivocadas que terminan dejando algo bueno; casualidades aparentemente insignificantes que cambian mucho más de lo esperado; planes sensatos que fracasan y otros improvisados que, contra todo pronóstico, encuentran su sitio.

También mi padre reflexionó, desde circunstancias muy distintas de las mías, sobre esa sensación de no encontrar inmediatamente la salida. En Desesperanza escribió:

«Tres veces del umbral toqué la raya,

Siempre me llama la atención ese «volví sobre lo andado». Hay momentos en los que avanzar consiste precisamente en eso: probar, comprobar que por allí no es y regresar. Lo difícil quizá sea aceptar que volver unos pasos atrás no borra el camino que ya hemos recorrido.

En otro poema se definió como un «barco sin norte, rumbo ni concierto» y, frente a ese desconcierto, no pidió ninguna revelación extraordinaria. Deseó que regresaran la calma, una vida sencilla, el amor, la paz y la esperanza.

En La Aurora, mi padre escribió algo que parece contradecir esa necesidad de que todo sea recto:

«Es preciso perder para ganar,

No sé si siempre es preciso perder. Probablemente no. Hay pérdidas que habríamos preferido evitar y errores de los que podríamos haber prescindido perfectamente. Pero sí creo que podemos seguir viviendo después de ellos sin considerar que todo lo anterior no vale para nada.

Puedo aceptar que una relación tuvo sentido durante años y terminó. Que determinada elección fue razonable para la persona que yo era entonces, aunque hoy eligiera de otro modo. Que pasé por trabajos, cursos y proyectos que no se convirtieron en mi profesión y que, aun así, formaron parte de una etapa en la que necesitaba reconstruir algunas cosas.

Tal vez por eso me gustan los laberintos de piedra de Las Majadas. No plantean demasiadas exigencias. Si uno toma un paso que termina contra una pared, da media vuelta. Si encuentra otra abertura, continúa. Simplemente sigue caminando.

Y quizá haya algo de eso que podamos permitirnos también fuera de Los Callejones: reconocer que no siempre sabemos hacia dónde vamos, cambiar de dirección cuando hace falta y admitir, sin demasiado dramatismo, que alguna vez nos equivocamos.

Después de todo, la vida puede contener al mismo tiempo bastante sinrazón y bastante ventura. Y no siempre resulta fácil saber cuál de las dos estamos atravesando mientras recorremos el laberinto.