miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que no decaiga la fiesta

Hay personas a las que uno ve todas las semanas y otras con las que, curiosamente, parece bastar encontrarse una vez al año para que el tiempo intermedio desaparezca.

San Mateo tiene en Cuenca algo de eso.

Durante unos días de septiembre, la ciudad cambia de ritmo. Las peñas toman el casco antiguo, las calles se llenan de pañuelos, música, zurra, vaquillas y gente que sube y baja entre la Plaza Mayor y sus alrededores. Se come cuando se puede, se duerme menos de lo aconsejable y uno acaba encontrándose con personas a las que quizá no veía desde el San Mateo anterior.

Mi padre lo contó a su manera en una Trova juglaresca:

«Siguiendo la tradición,
que no conviene olvidar,
previo desfile de peñas,
de grande vistosidad,
el pregón del pregonero
de un ingenio singular,
y estallido del cohete,
que la fiesta va a empezar.»

Hay poemas de mi padre en los que buscaba la trascendencia, el sentido de la vida o lo que pudiera existir más allá de la muerte. En éste, sencillamente, quería que empezara la fiesta. Y me alegro.

San Mateo conserva, por supuesto, una memoria mucho más antigua. Cada septiembre Cuenca recuerda aquel 21 de septiembre de 1177 en que Alfonso VIII conquistó la ciudad, y alrededor de ese acontecimiento histórico ha crecido una celebración que, muchos siglos después, pertenece ya tanto a la historia como a la memoria sentimental de quienes vivimos aquí.

Pero para mí San Mateo significa también otra clase de historia. La de las personas que vuelven.

Uno de esos reencuentros tiene nombre propio: Javi Cendón. Compartimos pupitre durante buena parte de nuestra juventud, primero en el instituto y después en la facultad de Derecho. Si hago la cuenta, fueron nueve años. Nueve años son muchos años sentándose, a diario, al lado de alguien.

Durante ese tiempo uno cree que ciertas personas formarán inevitablemente parte del decorado permanente de su vida. Las ve cada mañana, comparte profesores, apuntes, exámenes, bromas y horas muertas. Resulta casi imposible imaginar que llegará un momento en que dejarán de verse con aquella naturalidad. Pero llega.

Cada uno toma su dirección. Aparecen el trabajo, las relaciones, la familia, las obligaciones, nuevos amigos y nuevas vidas. Lo que durante años fue cotidiano pasa a convertirse en recuerdo.

Y después, algunas veces, ocurre algo curioso: uno vuelve a encontrarse.

Con Javi, San Mateo se ha convertido en uno de esos lugares de regreso. Podemos haber pasado meses sin vernos y, sin embargo, es de esas relaciones que conservan una extraña facilidad para saltarse las presentaciones. No necesitan reconstruirse desde el principio. Continúan.

Quizá la amistad tenga también sus propios calendarios.

Este año, además, San Mateo tendrá para mí otro significado. Lo compartiré de una manera especial con Pilar y su familia.

A Pilar la conocí también en el instituto. Después, la vida nos mantuvo separados durante más de treinta años, que se dice pronto, hasta que volvimos a encontrarnos. Tres décadas deberían ser tiempo suficiente para convertir a dos personas en completos desconocidos y, sin embargo, hay veces en que el reconocimiento sucede con una facilidad desconcertante.

No se recuperan los años perdidos. Tampoco tendría sentido intentarlo. Cada uno ha vivido durante ese tiempo una vida que el otro apenas empieza a conocer. Pero algunas amistades permiten algo diferente: incorporar todo lo que ha ocurrido entretanto y continuar desde el presente.

Por eso me hace especial ilusión compartir con ella y con su familia estas fiestas. No porque San Mateo necesite proporcionar ninguna gran enseñanza. Bastará con estar allí. Ponerse el pañuelo. Encontrarse con los amigos. Subir hacia la Plaza Mayor entre la gente. Escuchar la música que sale de las peñas. Comer cuando corresponda —o bastante más tarde—, tomarse unas cervezas o unas zurras, reírse, contar historias repetidas, probablemente, más de una que todos conocen de memoria.

Mi padre continúa su trova:

«Plaza Mayor y aledaños
ven a la gente pasar,
las multicolores peñas
pronto quieren merendar,
copioso y rico festín,
y zurra por recalar.»

Las fiestas de San Mateo pertenecen a ese tipo de experiencias cuyo valor consiste, simplemente, en que nos hacen felices mientras suceden.

Una conversación con un amigo antiguo. Una carcajada. Una mesa llena de gente. Una canción conocida. El abrazo de alguien a quien hacía tiempo que no veíamos. El placer de comprobar que una relación sobrevivió al paso de los años.

Es momento, simplemente, de celebrar.

Y quizá eso explique, en parte, por qué las fiestas populares sobreviven durante siglos. Cambian las personas, cambian las peñas, cambian las músicas y –seguramente- también cambia la forma de divertirse, pero seguimos necesitando determinados momentos en los que la vida cotidiana quede temporalmente suspendida y podamos reunirnos.

San Mateo empezó recordando una conquista medieval y ha terminado acumulando millones de pequeñas historias que no aparecerán jamás en ningún libro de Historia.

Primeros amores. Amigos que regresan. Compañeros de juventud. Hijos que empiezan a participar en la fiesta que sus padres conocieron antes que ellos. Personas que se prometen verse más a menudo, y, probablemente, vuelven a dejar pasar otro año.

Eso también es una ciudad. No sólo sus edificios, sus monumentos o los grandes acontecimientos que aparecen grabados en las placas. Una ciudad es también la suma de los encuentros que suceden dentro de ella.

Quizá por eso me gusta pensar que, durante San Mateo, Cuenca practica cada año una especie de reencuentro consigo misma.

La ciudad recuerda a Alfonso VIII y 1177, el año de la Reconquista, pero nosotros recordamos otras fechas mucho más pequeñas. Un curso del instituto. Una facultad. Un pupitre compartido durante nueve años. Una amistad recuperada después de más de treinta.

Y durante unos días todas esas épocas caben juntas en las mismas calles.

Mi padre termina su poema después de haber hecho desfilar por él vaquillas, peñas, comida, zurra, toro de fuego y verbena. Antes de despedirse como «humilde juglar», deja una recomendación difícil de discutir:

«Que no decaiga la fiesta,
que no rige el madrugar.»

En esto, al menos, no tengo intención de llevarle la contraria.

Este San Mateo quiero encontrarme con los amigos que estaban entonces y con los que están ahora. Con quienes han recorrido a mi lado algunos tramos largos de la vida y con quienes han vuelto a ella después de muchos años. Quiero disfrutar y dejar, durante unos días, que Cuenca haga lo que lleva haciendo cada septiembre desde hace siglos: llenarse de ruido y de gente. Brindar por seguir aquí, seguir encontrándonos y tener todavía motivos para celebrar.

Que no decaiga la fiesta.