Hay personas a las que uno ve todas las semanas y otras con las que, curiosamente, parece bastar encontrarse una vez al año para que el tiempo intermedio desaparezca.
San Mateo tiene en Cuenca algo de eso.
Durante unos días de septiembre, la ciudad cambia de ritmo. Las peñas toman
el casco antiguo, las calles se llenan de pañuelos, música, zurra, vaquillas y
gente que sube y baja entre la Plaza Mayor y sus alrededores. Se come cuando se
puede, se duerme menos de lo aconsejable y uno acaba encontrándose con personas
a las que quizá no veía desde el San Mateo anterior.
Mi padre lo contó a su manera en una Trova juglaresca:
«Siguiendo la tradición,
que no conviene olvidar,
previo desfile de peñas,
de grande vistosidad,
el pregón del pregonero
de un ingenio singular,
y estallido del cohete,
que la fiesta va a empezar.»
Hay poemas de mi padre en los que buscaba la trascendencia, el sentido de
la vida o lo que pudiera existir más allá de la muerte. En éste, sencillamente,
quería que empezara la fiesta. Y me alegro.
San Mateo conserva, por supuesto, una memoria mucho más antigua. Cada
septiembre Cuenca recuerda aquel 21 de septiembre de 1177 en que Alfonso VIII
conquistó la ciudad, y alrededor de ese acontecimiento histórico ha crecido una
celebración que, muchos siglos después, pertenece ya tanto a la historia como a
la memoria sentimental de quienes vivimos aquí.
Pero para mí San Mateo significa también otra clase de historia. La de las
personas que vuelven.
Uno de esos reencuentros tiene nombre propio: Javi Cendón. Compartimos
pupitre durante buena parte de nuestra juventud, primero en el instituto y
después en la facultad de Derecho. Si hago la cuenta, fueron nueve años. Nueve
años son muchos años sentándose, a diario, al lado de alguien.
Durante ese tiempo uno cree que ciertas personas formarán inevitablemente
parte del decorado permanente de su vida. Las ve cada mañana, comparte
profesores, apuntes, exámenes, bromas y horas muertas. Resulta casi imposible
imaginar que llegará un momento en que dejarán de verse con aquella
naturalidad. Pero llega.
Cada uno toma su dirección. Aparecen el trabajo, las relaciones, la
familia, las obligaciones, nuevos amigos y nuevas vidas. Lo que durante años
fue cotidiano pasa a convertirse en recuerdo.
Y después, algunas veces, ocurre algo curioso: uno vuelve a encontrarse.
Con Javi, San Mateo se ha convertido en uno de esos lugares de regreso.
Podemos haber pasado meses sin vernos y, sin embargo, es de esas relaciones que
conservan una extraña facilidad para saltarse las presentaciones. No necesitan
reconstruirse desde el principio. Continúan.
Quizá la amistad tenga también sus propios calendarios.
Este año, además, San Mateo tendrá para mí otro significado. Lo compartiré
de una manera especial con Pilar y su familia.
A Pilar la conocí también en el instituto. Después, la vida nos mantuvo
separados durante más de treinta años, que se dice pronto, hasta que volvimos a
encontrarnos. Tres décadas deberían ser tiempo suficiente para convertir a dos
personas en completos desconocidos y, sin embargo, hay veces en que el
reconocimiento sucede con una facilidad desconcertante.
No se recuperan los años perdidos. Tampoco tendría sentido intentarlo. Cada
uno ha vivido durante ese tiempo una vida que el otro apenas empieza a conocer.
Pero algunas amistades permiten algo diferente: incorporar todo lo que ha
ocurrido entretanto y continuar desde el presente.
Por eso me hace especial ilusión compartir con ella y con su familia estas
fiestas. No porque San Mateo necesite proporcionar ninguna gran enseñanza.
Bastará con estar allí. Ponerse el pañuelo. Encontrarse con los amigos. Subir
hacia la Plaza Mayor entre la gente. Escuchar la música que sale de las peñas. Comer
cuando corresponda —o bastante más tarde—, tomarse unas cervezas o unas zurras,
reírse, contar historias repetidas, probablemente, más de una que todos conocen
de memoria.
Mi padre continúa su trova:
«Plaza Mayor y aledaños
ven a la gente pasar,
las multicolores peñas
pronto quieren merendar,
copioso y rico festín,
y zurra por recalar.»
Las fiestas de San Mateo pertenecen a ese tipo de experiencias cuyo valor
consiste, simplemente, en que nos hacen felices mientras suceden.
Una conversación con un amigo antiguo. Una carcajada. Una mesa llena de
gente. Una canción conocida. El abrazo de alguien a quien hacía tiempo que no
veíamos. El placer de comprobar que una relación sobrevivió al paso de los
años.
Es momento, simplemente, de celebrar.
Y quizá eso explique, en parte, por qué las fiestas populares sobreviven
durante siglos. Cambian las personas, cambian las peñas, cambian las músicas y –seguramente-
también cambia la forma de divertirse, pero seguimos necesitando determinados
momentos en los que la vida cotidiana quede temporalmente suspendida y podamos
reunirnos.
San Mateo empezó recordando una conquista medieval y ha terminado
acumulando millones de pequeñas historias que no aparecerán jamás en ningún
libro de Historia.
Primeros amores. Amigos que regresan. Compañeros de juventud. Hijos que
empiezan a participar en la fiesta que sus padres conocieron antes que ellos. Personas
que se prometen verse más a menudo, y, probablemente, vuelven a dejar pasar
otro año.
Eso también es una ciudad. No sólo sus edificios, sus monumentos o los
grandes acontecimientos que aparecen grabados en las placas. Una ciudad es
también la suma de los encuentros que suceden dentro de ella.
Quizá por eso me gusta pensar que, durante San Mateo, Cuenca practica cada
año una especie de reencuentro consigo misma.
La ciudad recuerda a Alfonso VIII y 1177, el año de la Reconquista, pero
nosotros recordamos otras fechas mucho más pequeñas. Un curso del instituto.
Una facultad. Un pupitre compartido durante nueve años. Una amistad recuperada
después de más de treinta.
Y durante unos días todas esas épocas caben juntas en las mismas calles.
Mi padre termina su poema después de haber hecho desfilar por él vaquillas,
peñas, comida, zurra, toro de fuego y verbena. Antes de despedirse como
«humilde juglar», deja una recomendación difícil de discutir:
«Que no decaiga la fiesta,
que no rige el madrugar.»
En esto, al menos, no tengo intención de llevarle la contraria.
Este San Mateo quiero encontrarme con los amigos que estaban entonces y con
los que están ahora. Con quienes han recorrido a mi lado algunos tramos largos
de la vida y con quienes han vuelto a ella después de muchos años. Quiero
disfrutar y dejar, durante unos días, que Cuenca haga lo que lleva haciendo
cada septiembre desde hace siglos: llenarse de ruido y de gente. Brindar por seguir
aquí, seguir encontrándonos y tener todavía motivos para celebrar.