Ni palacios orientales
de seda persa alfombrados,
ni mil y un cuento inspirados
en leyendas ancestrales.
Ni edificios señoriales
de campiña circundados,
ni alazanes adiestrados
para los ocios campales.
Ni metal de plata y oro,
que, alhaja de fantasía,
labre cincel de joyero.
Sólo un pequeño tesoro
de pretendida poesía
con el lema de “te quiero”.