Que los perros, en muchas ocasiones, salvan vidas es algo que no admite discusión. Perros de terapia, perros guía, perros de rescate en terremotos, inundaciones, y otros desastres naturales, perros policía…
A mí, mis
perritos, Pachón y Nana, me han ahorrado alguna que otra consulta al psicólogo
en las horas más bajas, como las separaciones y pérdidas, y me han acompañado en momentos
difíciles, como la pandemia o el año en que cuidé a mi padre.
Por desgracia,
muchas veces reciben como pago el desprecio y el abandono, por parte de
personas sin alma. Esto lo he visto en mis años de voluntario en el refugio de
Cuencanimal, y lo veo en multitud de noticias cotidianas. Por suerte, no todas
las personas son así.
Mi amor por
los perros me llevó a detenerme en esta historia, cuando la leí en el National
Geographic, una ventana a las maravillas del mundo en mis años jóvenes y de
ávida lectura.
Lo primero
que me atrajo fue la fotografía de la estatua de bronce de un perro en pleno
Central Park de Nueva York. Al pie, una placa que contaba su historia. Era Balto.
Aunque,
realmente, la historia comienza con otro perro: Togo.
Todo había
sucedido en Alaska, en el invierno de 1925. Nome era una pequeña población que
quedaba aislada durante meses, cuando el hielo cerraba el puerto y la nieve
hacía aún más difíciles las comunicaciones. Aquel enero comenzaron a enfermar
algunos niños. Tenían fiebre, dolor de garganta y, en los casos más graves,
dificultades para respirar. Se trataba de difteria.
Por aquel
entonces, aquella palabra daba mucho miedo. Un niño podía morir en pocos días.
Necesitaban una
antitoxina y apenas quedaba tiempo para conseguirla. Había reservas lejos de
allí, pero hacerlas llegar a Nome, en pleno invierno, era una complicada misión.
Por mar resultaba imposible y no podían contar con los aviones para volar en
aquellas condiciones.
Así que
idearon un transporte por relevos, con trineos tirados por perros. El suero
llegaría en tren hasta Nenana y, desde allí, iría pasando de un equipo a otro,
a lo largo de cientos de millas. La llamaron la Carrera de la Misericordia.
El viaje
comenzó el 27 de enero. Los hombres se entregaban el recipiente con la
antitoxina y continuaban su camino, procurando protegerlo del frío. Había
ventiscas que borraban el rastro y temperaturas difíciles de imaginar. Algunos
sufrieron congelaciones. Y también murieron perros.
Togo era el
perro guía de Leonhard Seppala, un noruego con mucha experiencia conduciendo
trineos. Tenía doce años y llevaba buena parte de su vida trabajando con él.
Parecía un perro ya mayor para semejante esfuerzo, pero Seppala lo conocía
bien. En un viaje así necesitaba un perro en el que pudiera confiar.
Seppala y su
equipo hicieron el recorrido más largo y uno de los más peligrosos de aquella
operación. Yo intentaba hacerme una idea de lo que supondría avanzar durante
horas por la nieve, con el viento de cara, pendiente del cansancio de los
animales y de no perder el rumbo. Me imaginaba, sobre todo, la responsabilidad
de aquel hombre, sabiendo lo que llevaba en el trineo y quiénes lo estaban
esperando.
En un momento
del trayecto cruzaron Norton Sound, sobre el mar helado.
El hielo
podía romperse o desprenderse de la costa. Seppala conocía aquel peligro, pero
dar un rodeo suponía emplear un tiempo que los enfermos quizá no tenían.
Decidió cruzar, con Togo al frente del equipo.
Hubo momentos
en los que apenas podía ver por dónde avanzaban. Tuvo que dejar que el perro lo
guiara.
El suero
siguió pasando de un equipo al siguiente hasta llegar a Gunnar Kaasen. Balto
iba al frente de sus perros y fue quien los condujo en la última parte del
viaje, también en medio de una fuerte tormenta.
Kaasen apenas
podía orientarse, pero Balto consiguió mantener el rumbo hasta Nome.
Intenté
imaginar la llegada. El médico recibiendo por fin la antitoxina, las familias
esperando noticias, los hombres ocupándose de los perros después de tantas
horas de esfuerzo. Supongo que, en aquel momento, habría poco tiempo para
celebraciones. Primero tendrían que atender a los enfermos.
Pero el suero
había llegado a tiempo y pudieron contener la epidemia.
Balto se
llevó la fama. Era el que había llegado a Nome. Su nombre apareció en los
periódicos, lo fotografiaron, lo llevaron de un sitio a otro… Y ese mismo año
le hicieron la estatua del Central Park.
Volví a mirar
la fotografía. Ahora me detenía en detalles en los que antes no había reparado:
las patas firmes sobre la roca, el arnés, la cabeza levantada.
Togo volvió con
Seppala.
Por un
momento me pareció injusto que el perro que había realizado el mayor esfuerzo
quedara en segundo plano. Pero habían participado muchos hombres y muchos
perros. Y casi todos quedaron fuera de la historia que se hizo famosa.
Yo daba por
hecho que Balto habría tenido después una vida tranquila, con alguien que lo
cuidara y lo dejara descansar. Nada más lejos de la realidad. Pasada la euforia,
Balto y otros perros del equipo fueron vendidos. Acabaron en Los Ángeles,
exhibidos como una atracción por la que la gente pagaba una entrada.
Me costaba
entenderlo. Habían recorrido el país con ellos, habían contado su hazaña, les
habían levantado un monumento. Y, al cabo de poco tiempo, habían terminado allí,
en una especie de circo infame.
Un hombre los
encontró y quiso sacarlos. Se organizó una colecta para comprarlos y llevarlos
a Cleveland. Allí pasó Balto sus últimos años. Murió en 1933, con unos catorce
años. Después disecaron su cuerpo, que todavía podía verse en un museo de la
ciudad.
Pienso en
Pachón y Nana. En lo que me acompañaron durante aquellos meses de encierro, en
las separaciones y en el año de la enfermedad de mi padre. Entonces yo tenía
muchas preocupaciones y ellos seguían necesitando salir, comer, estar conmigo.
Cuánto bien me hizo tener que ocuparme también de esas cosas.
No tuvieron
que atravesar Alaska para ayudarme. Les bastó con estar allí, haciendo sus
cosas de perros. Y yo tuve la suerte de compartir con ellos catorce años de mi
vida.