lunes, 26 de octubre de 2026

Togo, Balto y los niños de Nome (relato breve)

Que los perros, en muchas ocasiones, salvan vidas es algo que no admite discusión. Perros de terapia, perros guía, perros de rescate en terremotos, inundaciones, y otros desastres naturales, perros policía…

A mí, mis perritos, Pachón y Nana, me han ahorrado alguna que otra consulta al psicólogo en las horas más bajas, como las separaciones y pérdidas, y me han acompañado en momentos difíciles, como la pandemia o el año en que cuidé a mi padre.

Por desgracia, muchas veces reciben como pago el desprecio y el abandono, por parte de personas sin alma. Esto lo he visto en mis años de voluntario en el refugio de Cuencanimal, y lo veo en multitud de noticias cotidianas. Por suerte, no todas las personas son así.

Mi amor por los perros me llevó a detenerme en esta historia, cuando la leí en el National Geographic, una ventana a las maravillas del mundo en mis años jóvenes y de ávida lectura.

Lo primero que me atrajo fue la fotografía de la estatua de bronce de un perro en pleno Central Park de Nueva York. Al pie, una placa que contaba su historia. Era Balto.

Aunque, realmente, la historia comienza con otro perro: Togo.

Todo había sucedido en Alaska, en el invierno de 1925. Nome era una pequeña población que quedaba aislada durante meses, cuando el hielo cerraba el puerto y la nieve hacía aún más difíciles las comunicaciones. Aquel enero comenzaron a enfermar algunos niños. Tenían fiebre, dolor de garganta y, en los casos más graves, dificultades para respirar. Se trataba de difteria.

Por aquel entonces, aquella palabra daba mucho miedo. Un niño podía morir en pocos días.

Necesitaban una antitoxina y apenas quedaba tiempo para conseguirla. Había reservas lejos de allí, pero hacerlas llegar a Nome, en pleno invierno, era una complicada misión. Por mar resultaba imposible y no podían contar con los aviones para volar en aquellas condiciones.

Así que idearon un transporte por relevos, con trineos tirados por perros. El suero llegaría en tren hasta Nenana y, desde allí, iría pasando de un equipo a otro, a lo largo de cientos de millas. La llamaron la Carrera de la Misericordia.

El viaje comenzó el 27 de enero. Los hombres se entregaban el recipiente con la antitoxina y continuaban su camino, procurando protegerlo del frío. Había ventiscas que borraban el rastro y temperaturas difíciles de imaginar. Algunos sufrieron congelaciones. Y también murieron perros.

Togo era el perro guía de Leonhard Seppala, un noruego con mucha experiencia conduciendo trineos. Tenía doce años y llevaba buena parte de su vida trabajando con él. Parecía un perro ya mayor para semejante esfuerzo, pero Seppala lo conocía bien. En un viaje así necesitaba un perro en el que pudiera confiar.

Seppala y su equipo hicieron el recorrido más largo y uno de los más peligrosos de aquella operación. Yo intentaba hacerme una idea de lo que supondría avanzar durante horas por la nieve, con el viento de cara, pendiente del cansancio de los animales y de no perder el rumbo. Me imaginaba, sobre todo, la responsabilidad de aquel hombre, sabiendo lo que llevaba en el trineo y quiénes lo estaban esperando.

En un momento del trayecto cruzaron Norton Sound, sobre el mar helado.

El hielo podía romperse o desprenderse de la costa. Seppala conocía aquel peligro, pero dar un rodeo suponía emplear un tiempo que los enfermos quizá no tenían. Decidió cruzar, con Togo al frente del equipo.

Hubo momentos en los que apenas podía ver por dónde avanzaban. Tuvo que dejar que el perro lo guiara.

El suero siguió pasando de un equipo al siguiente hasta llegar a Gunnar Kaasen. Balto iba al frente de sus perros y fue quien los condujo en la última parte del viaje, también en medio de una fuerte tormenta.

Kaasen apenas podía orientarse, pero Balto consiguió mantener el rumbo hasta Nome.

Intenté imaginar la llegada. El médico recibiendo por fin la antitoxina, las familias esperando noticias, los hombres ocupándose de los perros después de tantas horas de esfuerzo. Supongo que, en aquel momento, habría poco tiempo para celebraciones. Primero tendrían que atender a los enfermos.

Pero el suero había llegado a tiempo y pudieron contener la epidemia.

Balto se llevó la fama. Era el que había llegado a Nome. Su nombre apareció en los periódicos, lo fotografiaron, lo llevaron de un sitio a otro… Y ese mismo año le hicieron la estatua del Central Park.

Volví a mirar la fotografía. Ahora me detenía en detalles en los que antes no había reparado: las patas firmes sobre la roca, el arnés, la cabeza levantada.

Togo volvió con Seppala.

Por un momento me pareció injusto que el perro que había realizado el mayor esfuerzo quedara en segundo plano. Pero habían participado muchos hombres y muchos perros. Y casi todos quedaron fuera de la historia que se hizo famosa.

Yo daba por hecho que Balto habría tenido después una vida tranquila, con alguien que lo cuidara y lo dejara descansar. Nada más lejos de la realidad. Pasada la euforia, Balto y otros perros del equipo fueron vendidos. Acabaron en Los Ángeles, exhibidos como una atracción por la que la gente pagaba una entrada.

Me costaba entenderlo. Habían recorrido el país con ellos, habían contado su hazaña, les habían levantado un monumento. Y, al cabo de poco tiempo, habían terminado allí, en una especie de circo infame.

Un hombre los encontró y quiso sacarlos. Se organizó una colecta para comprarlos y llevarlos a Cleveland. Allí pasó Balto sus últimos años. Murió en 1933, con unos catorce años. Después disecaron su cuerpo, que todavía podía verse en un museo de la ciudad.

Pienso en Pachón y Nana. En lo que me acompañaron durante aquellos meses de encierro, en las separaciones y en el año de la enfermedad de mi padre. Entonces yo tenía muchas preocupaciones y ellos seguían necesitando salir, comer, estar conmigo. Cuánto bien me hizo tener que ocuparme también de esas cosas.

No tuvieron que atravesar Alaska para ayudarme. Les bastó con estar allí, haciendo sus cosas de perros. Y yo tuve la suerte de compartir con ellos catorce años de mi vida.