jueves, 24 de septiembre de 2026

Vuelta a la vida sencilla

Quedó atrás la resaca de las fiestas de San Mateo, de esos días en los que dejamos en pausa nuestros trajines y afanes cotidianos para entregarnos, simplemente, a la diversión y la alegría de compartir.

Quedó atrás, un año más, con todas las expectativas cumplidas: abrazos, reencuentros, algunas amistades nuevas, bailes, jarana y música. Y alguna cerveza de más.

Quedan también para el recuerdo las divertidas anécdotas de Javi Cendón y del resto del grupo de compañeros del instituto: Emilio, Santi, Josemi, Pilar y tantos otros. Y esa costumbre que empieza ya a convertirse en tradición, tan conquense para nosotros como la propia vaquilla: cerrar las fiestas cantando canciones de Perales en el bar.

Nos despedimos hasta el año próximo, cuando, si Dios quiere, todavía tendremos un día más de celebración con motivo del 850 aniversario de la conquista de Cuenca por Alfonso VIII.

Y ahora, recién estrenado el otoño, toca volver a la normalidad.

Volver, después de unos días aparentemente improductivos, alejados de las obligaciones cotidianas, a las actividades y rutinas que componen nuestros días.

A poco de marcharse, Javier, el marido de Pilar, me escribió para darme las gracias. Me decía que había sido muy gratificante ver a sus hijas y a Pilar sonreír, reencontrarse con sus amigos de toda la vida y recuperar unas tradiciones que lleva «grabadas a fuego en el corazón». Terminaba diciendo que aquellos días ya formaban parte de ellos.

Eso es lo que queda, después de unos días tan intensos, en los que suspendemos el reloj de lo ordinario. Nos acostamos tarde, comemos cuando podemos, aplazamos tareas, abandonamos horarios y nos abandonamos al más puro disfrute. Aparentemente no resulta nada productivo, y, sin embargo, pocas cosas pueden ser más productivas que volver a casa con un buen puñado de nuevos recuerdos de viejos amigos.

Inevitablemente, llegó el lunes, día de San Mateo. Y llegó el otoño.

Y, a continuación, regresamos al trabajo, a los proyectos pendientes, a retomar el ejercicio, a leer, a escribir, a ordenar la casa, a contestar mensajes, a pasear por los mismos lugares de siempre. Regresamos a las pequeñas cosas que justifican, sobradamente, una fiesta al año.

Mi padre escribió una vez, en un soneto titulado Barco sin norte:

En este breve espacio que me resta,

vuelva a la mar la calma y la bonanza,

vida sencilla y, por demás, honesta.

El poema nacía de un momento mucho más sombrío. Hay en él conciencia del paso avanzado del tiempo fugaz, desconcierto y hasta cercanía de la muerte. Volveré a esos temas en otro momento, porque a mi edad ya, poco a poco, empiezo a mirar hacia atrás más que hacia delante. Pero hoy me quiero quedar con que la calma le lleva, en sus versos, simplemente, a una vida sencilla y, por demás, honesta.

No es que necesitemos escapar de la rutina para sentir que estamos viviendo. Al menos, no en mi caso.

Disfrutamos la fiesta, por supuesto. Bailar, desgañitarnos con Perales, reencontrarnos con quienes llevábamos demasiado tiempo sin ver y regresar, durante unos días, a aquel adolescente que fuimos.

Pero luego hay que volver, discretamente, a nuestros ritmos. La fiesta tiene un último día, como lo tiene la propia fiesta de la vida.

Quedan las fotografías, las anécdotas que recordaremos durante meses y algún abrazo que llevaba demasiados años pendiente. Y regresamos a esa otra vida menos ruidosa en la que, al final, transcurre casi todo lo importante.

Una vida sencilla.