Yo era de los asiduos al mesón de Biasi, junto al Gran Canal, en el barrio
de Santa Croce.
Su sguazzetto tenía fama en toda Venecia. El local estaba casi
siempre lleno de gente que comía, hablaba a gritos y pedía más vino, obligando
al resto a levantar también la voz para hacerse oír de un extremo a otro de las
mesas.
Biasi atendía el mesón y tenía una carnicería en la misma casa. De allí
procedían las carnes del guiso y los embutidos que colgaban detrás del
mostrador. Era un hombre de pocas explicaciones, al menos en lo que se refería
a su oficio. Durante mucho tiempo intenté sonsacarle el secreto de aquella
salsa espesa, en la que reconocía el romero, el tomillo y la salvia, aunque
siempre quedaba un sabor que no conseguía identificar.
Yo lo atribuía al vino, o quizá a la manera de cocinar la carne, que se
desprendía del hueso sin necesidad de emplear el cuchillo. Él me escuchaba con
una sonrisa mientras recogía los platos y nunca me sacaba de dudas.
El día en que se descubrió todo, estaba comiendo en una mesa cercana a la
puerta. Recuerdo que había apartado un pedazo de pan para mojar en la salsa
cuando el hombre que se sentaba a mi lado dejó de masticar. Se llevó dos dedos
a la boca y sacó algo que depositó en el borde del plato. Era un huesecillo.
Al principio apenas le presté atención. El hombre lo examinaba, limpiándolo
con la servilleta, hasta que llamó a otro comensal para que lo mirase. Entre
los dos avisaron a un hombre que comía unas mesas más allá y que, según supe
después, trabajaba al servicio de la justicia.
Este se acercó a la ventana con el hueso en la mano. Lo estuvo mirando un
rato, antes de preguntar por Biasi.
Las conversaciones fueron apagándose. Algunos seguían comiendo, ajenos todavía
a lo que ocurría, y alguien pidió vino desde el fondo del mesón. Yo tenía
delante mi plato y el pan entre los dedos.
Se llevaron a Biasi a la parte trasera. Después llegaron más hombres y nos
hicieron salir. En la calle estuvimos esperando, sin saber muy bien qué
esperábamos, hasta que comenzaron a circular las primeras noticias de lo que
habían encontrado dentro.
Aquel hueso era parte de un dedo humano. Decían que de un niño. Un escalofrío
recorrió mi cuerpo y no pude quedarme a escuchar lo demás.
Durante los días siguientes se habló de cuerpos hallados en la casa, de
niños desaparecidos a los que sus familias llevaban mucho tiempo buscando.
Nadie sabía cuántos eran. Se preguntaba a los vecinos, a quienes habían
trabajado para él, a cualquiera que hubiera entrado alguna vez en la carnicería.
Yo había comido allí muchas veces. Eso era lo que me venía a la cabeza
cuando alguien mencionaba su nombre. Recordaba mi insistencia en conocer la
receta.
De su castigo supe lo que contaban por la ciudad: que lo habían arrastrado
hasta su establecimiento y le habían cortado las manos; que después lo habían
decapitado entre las columnas de San Marcos y habían repartido sus restos por
distintos lugares de Venecia.
La casa fue derribada. Durante un tiempo evité aquella ribera, aunque para
hacerlo tuviera que dar un rodeo.
De repente, alguien me puso una mano en el hombro.
Abrí los ojos. Uno de mis compañeros de clase estaba inclinado sobre mí.
Detrás de él, los demás esperaban junto al embarcadero. Tardé unos instantes en
reconocer el lugar y acordarme de que estábamos en Venecia, en el viaje de fin
de curso del instituto.
Me había quedado dormido mientras esperábamos el vaporetto, sentado en un
banco y con la cabeza apoyada contra la pared.
Nos habían comprado algo para comer. Me pasaron una porción de pizza
envuelta en una servilleta y estuve a punto de llevármela a la boca, antes de
ver los pequeños trozos de carne repartidos sobre el queso. Se la devolví a mi
compañero. No tenía hambre.
Mientras subíamos al vaporetto, miré el nombre de la parada. Riva de
Biasio.
Mientras nos alejábamos por el Gran Canal, recordé los versos que había
leído sobre aquel lugar, los de una madre que salía a pasear con su pequeño por
la ribera:
Sulla Riva de Biasio l'altra sera,
so andata col putelo a chiapar aria,
ma se m'à stretto el cuor a una maniera,
che la mia testa ancora se zavària:
me pareva che Biasio col cortelo
tagiasse a fete el caro mio putelo! (1)
(1) La otra tarde, en la Riva de Biasio,
fui con mi pequeño a tomar el aire,
pero se me encogió el corazón de tal manera
que todavía me desvaría la cabeza:
¡me parecía que Biasio, con el cuchillo,
cortaba en tajadas a mi querido pequeño!
Versos recogidos en los Canti del popolo veneziano, de
Foscarini. Traducción propia.